Sombras de plata (Cuatro Lunas 4) 15
80%

15

Ca sio cerró por fin el libro , lo apartó a un lado y se puso en pie.

Sus compañeros lo observaron con expectación mientras se alzaba ante el espejo con las manos en alto y declamaba una letanía de palabras que ninguno de ellos entendió (salvo Nivalan, pero ella apenas lo escuchaba: su mirada estaba clavada en la imagen que les devolvía la superficie de cristal).

Cuando el joven aprendiz terminó de pronunciar el hechizo, Milo contempló su reflejo disolviéndose en ondas, como si estuviese hecho de agua.

Después, el cristal se ennegreció por completo. Casio contuvo el aliento un instante...

Y el espejo se volvió transparente y les mostró al otro lado un túnel tallado en la roca que avanzaba hasta perderse en la oscuridad.

–¡Es por allí! –exclamó Nivalan.

Y antes de que nadie pudiese detenerla, corrió hacia el portal y lo atravesó sin más.

Súbitamente, Milo se sintió como si alguien acabase de arrancarle el corazón del pecho. Trató de respirar, pero no podía. Como una marioneta a la que le hubiesen cortado las cuerdas, se desplomó en el suelo, desmadejado y pálido como la nieve.

Doria fue la primera en reaccionar. Se precipitó hacia él y se arrodilló a su lado, llamándolo por su nombre.

–¡No respira! –exclamó entonces con desesperación–. ¡Se le ha parado el corazón!

–¿Qué dices? –murmuró el bárbaro, confuso.

Casio se apresuró a inclinarse junto a ellos para emplear su magia curativa con su amigo. Pero él no reaccionaba.

–¡No puede estar muerto! –gritó Doria entre lágrimas.

–No comprendo –murmuró el aprendiz, anonadado–. ¿Cómo ha podido suceder?

A l otro lado del portal, Nivalan miró alrededor. Aquel lugar no era más que una galería de piedra iluminada por toscas antorchas y, sin embargo, le resultaba muy familiar. «Yo he estado antes aquí», pensó.

Y recordó.

No obstante, otro asunto reclamó su atención de inmediato: un vínculo que se rompía, como una cuerda al tensarla más de lo que podía resistir.

Sintió que algo regresaba a ella de golpe, una parte de su esencia que había deposi tado en otro cuerpo tiempo atrás.

Por primera vez en varios días, detectó su espíritu de dragón desperezándose en su interior.

Se le aceleró el corazón. ¿Sería posible que no fuese demasiado tarde, después de todo? ¿Sería capaz de transformarse otra vez?

Se miró las manos. A la luz de las antorchas, descubrió que una fina película de escamas plateadas comenzaba a recubrirle la piel.

«Puedo volver a ser yo», se dijo emocionada.

Y entonces comprendió por qué estaba sucediendo aquello.

L a superficie del espejo se onduló de nuevo y una figura se materializó en la estancia, pero Casio, Ulros y Doria no le prestaron atención. Estaban tratando desesperadamente de reanimar a Milo y se les agotaba el tiempo.

–Dejadme a mí –dijo entonces Nivalan.

Doria alzó hacia ella su rostro bañado en lágrimas.

–¡Se ha desplomado...! ¡En cuanto te has ido...! –trató de explicar con voz ahogada.

–Lo sé –respondió la mujer dragón.

Estaba seria y pálida, y a la muchacha se le encogió el corazón.

–¿No hay nada que puedas hacer por él? –susurró, temerosa de la respuesta que pudiese recibir de Nivalan.

Pero ella no contestó. Se arrodilló junto a Milo y colocó la cabeza del chico sobre su regazo.

–¿Sabes qué le ha pasado? –preguntó Casio. Nivalan asintió con lentitud–. ¿Puedes arreglarlo?

–Si todavía fuese una dragona, tal vez –murmuró ella–. Pero ya no estoy segura de que mi poder sea capaz de sanarlo.

Había estado a punto de transformarse, sin embargo. Eso quería decir algo, ¿verdad?

Reflexionó a toda prisa. No tenía sentido volver a hechizar a Milo para vincularlo a ella de la misma manera. Aquello no solo no curaría al muchacho, sino que probablemente extinguiría cualquier hálito de vida que albergase en su interior.

Había otra posibilidad, sin embargo.

Nivalan inspiró hondo. Había pasado mucho tiempo desde la última vez y aún no había recuperado todos sus poderes de dragón. Quizá no funcionara.

No obstante, tenía que intentarlo, porque Milo no dispondría de otra oportunidad.

Colocó las manos sobre el pecho del muchacho. Su corazón ya no latía, pero aún no era demasiado tarde para revertirlo..., si su magia no fallaba.

Una parte de ella protestó; no estaba preparada para realizar un conjuro semejante, no lo había pensado con detenimiento, se trataba de una decisión que no se podía tomar a la ligera...

Acalló aquella voz con autoridad. Fueran cuales fuesen las consecuencias, estaba dispuesta a cargar con ellas.

Respirando lenta y profundamente, Nivalan buscó en su interior su esencia de dragón...

y la encontró. Cuando abrió los ojos, sus compañeros reprimieron una exclamación de sorpresa; ella les devolvió la mirada desde unas pupilas verticales, de reptil, antes de inclinar la cabeza sobre el cuerpo inerte de Milo.

Inspiró de nuevo y exhaló su aliento sobre él, una vaharada de hielo que cubrió de escarcha la piel del muchacho.

Milo respiró entonces; cuando inhaló el hálito de la mujer dragón, su corazón volvió a latir con fuerza.

Nivalan se echó hacia atrás con un suspiro de cansancio. Cerró los ojos; al abrirlos, volvían a ser humanos.

El cuerpo de Milo se estremeció. El chico tosió y abrió los párpados con lentitud.

–Hola, cachorro –susurró Nivalan con una suave sonrisa.

Doria ahogó un grito de alegría y se arrojó sobre Milo para abrazarlo. Él sonrió un poco, confundido.

Casio pestañeó. Tenía los ojos llenos de lágrimas, y se las secó con la manga de la túnica antes de dirigirse a Nivalan.

–¿Qué le ha pasado? –preguntó.

Ella desvió la vista, avergonzada.

–Mi inconsciencia, eso es lo que le ha pasado –reconoció–. El portal me ha llevado tan lejos de aquí que el vínculo que me ataba a Milo se ha roto de golpe.

–¿Quieres decir que casi se muere por tu culpa? –preguntó Ulros, frunciendo el ceño.

–No ha sido culpa suya –intervino Milo. Se incorporó un poco, aún algo aturdido–. No se ha dado cuenta de lo que hacía.

–Pero fue ella quien te hechizó hace tiempo, ¿no es así? –insistió el bárbaro.

–Sí, para poder convertirse en humana. Pero ya está, ¿no lo veis? Ha restaurado el vínculo. Estaremos bien.

Sus palabras no solo tenían como objetivo tranquilizar a sus amigos, especialmente a Doria, que temblaba entre sus brazos, sino también intentar que Nivalan se sintiera un poco menos culpable.

Pero la mujer dragón negó con la cabeza.

–No es el mismo hechizo –respondió–. Este es un vínculo diferente. A partir de ahora, no hará falta que estemos juntos todo el tiempo. Tu cuerpo ha sanado por completo y no caerá enfermo aunque nos separemos.

Él la miró sin comprender.

–En ese caso, ¿por qué sigues siendo humana? Tendrías que haberte transformado en dragona, ¿no es así?

–Sí –respondió ella a media voz. Se puso en pie y desvió la mirada con brusquedad–. Si ya estamos listos, deberíamos seguir adelante. Casi no nos queda tiempo.

A pesar de lo que había dicho Nivalan, no se arriesgaron a cruzar el portal por separado. Ella y Milo lo atravesa ron juntos, y el resto del grupo los siguió de inmediato.

Se reunieron en el túnel y miraron alrededor. No parecía haber nadie por las inmediaciones y tampoco se escuchaba ningún ruido, aparte del crepitar de las antorchas.

–Adelante –dijo Nivalan, y todos la siguieron en silencio a través del pasadizo.

A Milo le recordaba a las galerías que habían recorrido bajo la montaña con los enanos; quizá estaban de regreso en las inmediaciones de Umbar Mat, la ciudad subterránea abandonada. No obstante, cuando la había visitado con Nivalan, ella no se había mostrado tan intranquila como ahora.

Sintió la mano de Doria en la suya y se volvió para mirarla. Los ojos verdes de la muchacha estaban repletos de inquietud, pero le dedicó una sonrisa alentadora.

–¿Adónde conduce este pasadizo? –musitó él entonces–. ¿Hacia el corazón del volcán?

–Sí, pero no se trata del mismo volcán –respondió Nivalan. Ante la confusión de sus compañeros, explicó–: Estamos muy lejos de la isla..., de regreso en el continente, si no me equivoco.

–¿Tan lejos? –se sorprendió Casio–. El portal fue creado con una magia poderosa, aunque no particularmente compleja. Me resulta difícil creer que haya podido mantenerlo estable durante tanto tiempo...

–Estos dos puntos estaban vinculados ya –dijo la mujer dragón–. Tal vez Scorpius llegó aquí desde la isla, o quizá fuera al contrario; el caso es que, una vez reabierta la conexión, no necesita grandes cantidades de energía para permanecer activa.

–¿Pero dónde nos encontramos exactamente? –quiso saber Ulros.

–Bajo la cordillera de la Niebla.

Sus compañeros intercambiaron miradas repletas de confusión. Casio frunció el ceño.

–Si no me equivoco, ese lugar se encuentra en el confín meridional del Reino Frondoso –empezó–. Recuerdo haberlo visto en algún mapa....

–Lo que digan los mapas es irrelevante –cortó ella–. Lo que importa de verdad es el secreto que se oculta debajo de la montaña y que ningún mortal, ni siquiera los enanos, debería haber desvelado jamás.

–¿Quieres decir que nosotros no deberíamos seguir adelante? –preguntó Milo con inquietud.

Nivalan se volvió hacia ellos.

–Si no detenemos a Scorpius, todo eso ya no importará –respondió con seriedad–. Ya no se trata solo de mis huevos. Si se sale con la suya, todo vuestro mundo estará en peligro.

–¿Si se sale con... la suya? –repitió Casio, perplejo–. ¿A qué te refieres?

Pero la mujer dragón no contestó.

Siguieron adelante, descendiendo hacia las entrañas de la tierra.

Un poco más abajo, el corredor se ampliaba hasta transformarse en una enorme galería de altísimos techos.

Las antorchas se espaciaban a partir de allí, creando claroscuros que dejaban en penumbra las gigantescas formaciones de roca que se alineaban a ambos lados de la caverna.

En aquel momento, Ulros dejó escapar una exclamación de asombro cuyo eco resonó por todas partes.

De inmediato, sus compañeros se volvieron hacia él con gesto de reproche.