Sombras de plata (Cuatro Lunas 4) 14 #2
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Lo depositó sobre la butaca para recuperar los otros dos.

Tras asegurarse de que se hallaban en buenas condiciones, los colocó junto al primero.

Una sombra de tristeza veló su corazón al comprobar que aún faltaba uno, el huevo que aquel hechicero de la túnica negra se había llevado de su cueva cuatro meses atrás, y que ella aún no había sido capaz de recuperar.

Fue entonces cuando se preguntó dónde estaría el mago. Y justo cuando alzó la cabeza para mirar alrededor..., todo cambió.

M ilo y sus compañeros oyeron un rugido de ira y desespe ración y echaron a correr hacia la casa. Se habían aproximado en silencio y con cautela, pero ahora irrumpieron en el interior con las armas a punto, sin importarles ya si revelaban o no su presencia.

Sin embargo, en la estancia en la que entraron no hallaron ninguna amenaza.

Había una parte que parecía un almacén: junto a la pared se acumulaban varias jaulas que debían de haber contenido animales vivos, pero que ahora se encontraban vacías.

El otro extremo de la habitación era una vivienda sencilla que, además de un camastro y una butaca frente a la chimenea, incluía varios estantes abarrotados de libros.

Y en la pared del fondo, tras una cortina descorrida, colgaba un enorme espejo de cuerpo entero. Nivalan se encontraba allí, postrada en el suelo, contemplando su propio reflejo con gesto desconsolado.

Milo se apresuró a inclinarse junto a ella.

–¿Qué es, Nivalan? ¿Qué ha pasado?

–Estaban aquí... –murmuró la mujer dragón–. Mis huevos... Los he sacado de la bolsa y entonces... Entonces, ha aparecido ese mago de la nada y se los ha llevado...

–¿Adónde ha ido? –preguntó Milo.

Ella no respondió. Se limitó a señalar el espejo, impotente.

–¿A través del espejo? –quiso asegurarse Casio. Se inclinó hacia delante para examinarlo y, cuando lo tocó con la punta del dedo, el cristal reaccionó con un suave chisporroteo–. Es posible que lo haya hechizado para que se comporte como un portal –explicó entonces.

–¿Un portal adónde? –intervino Ulros, contemplando el espejo con recelo.

–No lo sé.

–Pero puedes volver a abrirlo, ¿verdad? –interrogó Milo–. Tenemos que seguir a Scorpius adondequiera que se haya marchado.

El aprendiz adoptó un gesto dubitativo.

–No estoy seguro –respondió–. Debería poder, en teoría, porque los portales se crean con magia acuática, que es la especialidad de la escuela donde estudio. Pero hace ya varios años que hice el examen del Libro del Agua, y desde entonces no he vuelto a...

Se interrumpió cuando Ulros posó la manaza sobre su hombro.

–Tú inténtalo –le dijo el hombretón–. Como mínimo, trata de averiguar adónde conduce, ¿de acuerdo?

Y el muchacho asintió y se sentó ante el espejo, dispuesto a arrancarle todos sus secretos.

Milo seguía centrado en Nivalan.

–¿Qué ha pasado exactamente? –le preguntó–. ¿Qué has visto al entrar? ¿Qué estaba haciendo Scorpius?

Ella negó con la cabeza.

–Nada. Él no se hallaba aquí, y tampoco ese horrible espejo ni las jaulas. Solo había una habitación corriente. Y el zurrón con los huevos.

Le relató en pocas palabras lo que acababa de experimentar.

–Creo que me engañó para que los sacara de la bolsa mágica, porque él no había podido acceder a ellos hasta ahora –gimió, devorada por la angustia–. Debería haber sospechado, pero estaba tan ansiosa por reunirme con ellos...

–No te tortures –intervino Casio, dedicándole una fugaz sonrisa–. Probablemente generó una ilusión para que te confiaras.

–Lo sé, pero debería haberla detectado. –Dejó escapar un gruñido de frustración–. Mi otro yo jamás se habría dejado confundir por la magia humana. Me habría dado cuenta...

–¿Por qué no te transformas? –preguntó Casio entonces. Cuando Nivalan alzó la cabeza hacia él con sorpresa, el aprendiz añadió–: Aquí ya solo estamos nosotros. Nadie más te va a ver y, por otro lado, cuando crucemos el portal te será muy útil tu otro cuerpo, si de verdad es inmune a la magia.

–No es del todo inmune, pero sí más resistente –respondió Nivalan despacio. Dirigió una mirada de reproche a Milo–. ¿Qué le has contado? –exigió saber–. Habíamos quedado en que no...

–¡No le he dicho nada, lo prometo! –se apresuró a responder el chico–. Me parece que lo ha deducido él solo. Igual que la maestra Viridia, ¿verdad?

El aprendiz asintió con gravedad.

–Queremos ayudarte –le aseguró a Nivalan–. Durante el viaje he estado leyendo información acerca de los Antiguos... Aún hay muchas cosas que no comprendo, pero sí sé que, por encima de todo, tienes que recuperar tus huevos. Te lo debemos.

Ulros los miraba con perplejidad.

–¿Qué me he perdido? –preguntó–. ¿Por qué es tan importante que Nivalan consiga esos huevos?

–Porque son suyos, Ulros.

–Eso ya lo he oído, pero no entiendo...

–No; queremos decir que son suyos de verdad –explicó Milo–. Que los puso ella. Y los estaba incubando cuando llegamos nosotros, asaltamos su nido y nos los llevamos. ¿Comprendes ahora?

El bárbaro se quedó mirándolo con los ojos muy abiertos.

Milo oyó una exclamación de sorpresa a su espalda y se volvió hacia Doria, que había estado curioseando entre los libros que Scorpius había abandonado en la vivienda.

La muchacha, sin embargo, no hizo ninguna pregunta; se limitó a contemplar a Nivalan con perplejidad.

Ulros negaba ahora con la cabeza.

–¿Quieres decir que la dama Nivalan es... como Silka? ¿Que es humana, pero también es otra cosa? ¿Una dragona? –Soltó una carcajada incrédula.

–No soy humana –replicó ella–, sino una dragona que ha cambiado de forma. –Vaciló un instante antes de añadir en voz baja–: Por ahora...

–No puede ser esa dragona –objetó el hombretón–. Atacamos el cubil y acabamos con los dos dragones. El Cazador se llevó...

–Ella sobrevivió –se apresuró a interrumpirlo Milo–.

Cayó por el precipicio junto al mago y no los vimos regresar, ¿recuerdas?

Pero él estaba vivo cuando se presentó en la posada a reclamar el huevo que te llevaste.

–Inspiró hondo–. Ella también –añadió–, cuando la encontré en el fondo del barranco.

Ulros retrocedió un paso, llevándose la mano a la empuñadura de su arma.

–Aunque estaba malherida, se las arregló para transformarse en humana –continuó el muchacho–.

Para ello, formuló un hechizo que nos vincula a ambos y nos obliga a permanecer juntos.

Nivalan solo podrá recuperar su verdadero cuerpo si nos separamos –añadió, respondiendo por fin a la pregunta de Casio.

Esto último era algo que, a pesar de todo el tiempo que llevaban viajando juntos, él no había descubierto hasta la noche anterior. Sin embargo, se abstuvo de mencionarlo.

–Si eso es cierto –murmuró el bárbaro, sin apartar la mirada de Nivalan–, ¿por qué la ayudas ahora? Si es una dragona, nos matará a todos en cuanto tenga la oportunidad.

–Debería haberlo hecho, sí –murmuró ella en voz baja–. Empezando por los mortales que asaltaron mi cueva, mataron a mi compañero y se llevaron mis huevos –añadió, dirigiendo a Ulros una mirada repleta de fría cólera–. Y continuando por el cachorro humano que los condujo hasta allí.

Milo desvió la vista, pero no replicó. Sabía que lo tenía merecido.

También sabía que, a pesar de todo, Nivalan no tenía intención de hacérselo pagar.

–¿Eres de verdad el dragón que habitaba en el Pico Brumoso? –preguntó Doria entonces en un susurro. Nivalan se volvió para mirarla, y ella dio unos pasos al frente con un libro entre las manos–. Cuando yo era niña –prosiguió–, Milo me llevó hasta aquella cueva...

–Tiene esa desagradable costumbre, sí –gruñó Nivalan.

–Tú nos saliste al encuentro. Nos ahuyentaste con rugidos y bramidos, nos perseguiste volando para asegurarte de que nos marchábamos. –Hizo una pausa y continuó con suavidad–: Pero no nos hiciste daño. Y jamás atacaste nuestro pueblo.

Ella bajó la cabeza.

–Está claro que cometí un error –masculló.

–Los dragones que nazcan de tus huevos –prosiguió Doria sin hacerle caso– ¿se volverán contra los humanos?

–Nacerán para protegernos –intervino Casio, volviéndose de nuevo hacia ellos–. Esa era la misión de los Antiguos.

–Si es Scorpius quien está presente cuando nazcan, lo harán para servir a sus intereses –murmuró Nivalan con amargura.

–¿Es verdad eso? –preguntó Milo con suavidad–. Gunter me dijo que los dragoncitos quedarían vinculados a la persona que los viese salir del cascarón, pero no estaba seguro...

–Es así –cortó ella bruscamente.

Nadie dijo nada durante unos instantes, mientras todos asimilaban aquella nueva información.

–En ese caso, no debemos perder más tiempo –declaró entonces Doria, y le tendió a Casio el volumen que había cogido de la biblioteca de Scorpius–.

¿Crees que esto te puede servir? Habla de portales interdimensionales, o eso creo.

Está escrito en un idioma que no conozco, pero tiene algunas ilustraciones interesantes.

El aprendiz lo recogió y lo hojeó con curiosidad.

–Sí –respondió después, más animado–. Recuerdo haber visto una copia de este libro en la biblioteca de la escuela. Tiene un capítulo sobre cómo hechizar espejos para convertirlos en portales, así que es muy posible que aquí esté el conjuro que ha utilizado Scorpius.

–¿Podrás abrir el portal, entonces? –preguntó Nivalan, esperanzada.

Casio le dedicó una amplia sonrisa.

–Sí –respondió sin más.