14
La vegetación era tan tupida que la luz de la luna no pasaba a través de ella, por lo que Casio tuvo que utilizar su magia para alumbrarles el camino.
El grupo se abría paso por la espesura en silencio y con cierta aprensión; aquel lugar era muy diferente de los bosques que conocían, y los sonidos de las criaturas nocturnas no contribuían a tranquilizarlos.
–¿Creéis que falta mucho? –preguntó entonces Ulros en voz baja.
Milo iba a responder cuando Nivalan dijo inesperadamente:
–No. Nos estamos acercando ya.
Casio se volvió hacia ella con curiosidad.
–¿Cómo lo sabes?
Ella alzó la cabeza. Bajo el resplandor mágico de la esfera luminosa, Milo detectó una expresión anhelante y esperanzada que le pareció profundamente humana.
–Porque percibo la presencia de mis huevos –respondió la mujer dragón–. Están aquí, en alguna parte. –Dejó escapar un hondo suspiro–. No podemos permitir que huya con ellos otra vez. Si no los recuperamos esta noche, no tendremos tiempo de volver a alcanzarlos antes de que sea demasiado tarde.
–¿Por qué? –preguntó Ulros–. ¿Qué va a pasar si no lo conseguimos?
–Que van a eclosionar –contestó Milo por ella–. Nivalan tiene que recobrarlos antes de que eso suceda.
El bárbaro inclinó la cabeza, pensativo.
–Recuerdo que el Cazador dijo algo parecido cuando los encontramos en el cubil –comentó–. Que los dragones nacerían en cuatro lunas y que tendríamos que habernos deshecho de los huevos para entonces. –Movió la cabeza con perplejidad–. No puedo creer que hayáis venido hasta tan lejos para buscarlos.
–Y yo no puedo creer que solo hayan pasado cuatro lunas desde entonces –murmuró Milo, más bien para sí mismo.
–Silencio –intervino Doria, tensa.
Los demás callaron de inmediato. La muchacha, que iba en cabeza, se había detenido y escudriñaba la penumbra con inquietud.
–¿Qué es lo que pasa? –preguntó Casio en un susurro.
–Nos acechan –respondió ella en el mismo tono.
Sus compañeros se llevaron las manos a las armas y miraron alrededor.
–¿Quién? –murmuró Casio–. ¿Scorpius?
Doria no tuvo ocasión de responder. En aquel momento, sonó un rugido desde la oscuridad y todos dieron un respingo, sobresaltados.
–Allí –musitó Doria, pálida.
De entre las sombras emergió un enorme felino que se acercaba a ellos con la cabeza baja y los músculos en tensión.
La esfera mágica iluminó los rasgos del animal, sus ojos amarillentos y sus mortíferos colmillos.
Milo había visto una fiera similar en el Anfiteatro; tenían en común el pelaje salpicado de manchas, aunque la que ahora les cortaba el paso era de menor tamaño y lucía unos colmillos más cortos.
Aun así, era un oponente peligroso.
–Hay más –advirtió entonces Ulros.
Milo prestó atención y se dio cuenta de que el bárbaro estaba en lo cierto: los tenían rodeados. Oyó más gruñidos y vislumbró otros cuerpos moteados entre la espesura, moviéndose en torno a ellos, como si pretendiesen trazar un círculo a su alrededor.
El muchacho había aprendido con Gunter que los leopardos eran cazadores solitarios. No era normal, por tanto, que los acechasen en grupo de aquella manera.
Entonces Casio murmuró unas palabras mágicas, y una bola de fuego brotó entre sus dedos y salió disparada hacia el felino que les bloqueaba el paso.
El animal lanzo un bramido y se apresuró a apartarse de la trayectoria del proyec til, que aterrizó tras él.
La maleza estaba húmeda y no prendió de inmediato, pero acabó por brotar una llama que amenazaba con propagarse.
–¿Qué has hecho? –exclamó Doria, alarmada.
Casio no fue capaz de pronunciar palabra.
Parecía claro que los nervios le habían jugado una mala pasada, y ahora el escenario se había vuelto aún más imprevisible.
Los leopardos, furiosos y asustados, gruñían a su alrededor.
Milo y sus compañeros escudriñaban la espesura con las armas preparadas, mientras las llamas se expandían con lentitud.
A pesar del fuego, seguían sin poder distinguir a los felinos con claridad.
–¡No os distraigáis! –advirtió Ulros.
Cuando el primero saltó sobre ellos, los demás lo tomaron como una señal para atacar.
Los instantes siguientes resultaron confusos. Los miembros del grupo se defendieron como pudieron y, aunque su intención era mantenerse juntos, no tardaron en dispersarse por el bosque.
D oria se sentía más alterada de lo que trataba de aparen tar.
En circunstancias normales, un ataque como aquel la habría hecho transformarse de forma instintiva.
Pero ahora se había quedado clavada en el sitio, incapaz de reaccionar, hasta que Milo había tirado de ella para apartarla del peligro.
Después, en lugar de quedarse a ayudar a su compañero, Doria había escapado.
No lo había hecho a propósito, en realidad; se había visto tan vulnerable en su cuerpo humano, sin posibilidad de cambiar de forma, que había sentido que no tenía otra opción.
Se detuvo un momento, temblando. Oía las exclamaciones de Ulros un poco más allá, en el lugar donde sus compañeros luchaban por sus vidas.
En el fondo, quería regresar a ayudarlos, pero no se atrevía.
Aunque no se manejaba mal con las dagas, temía no resultar más que un estorbo.
Después de todo, ¿cómo iba a luchar si no podía transformarse en pantera?
Se descubrió a sí misma echando de menos aquel cuerpo musculoso, armado de mortíferas garras y afilados colmillos.
«¿No era esto lo que querías, ser una chica normal?
», se reprochó con amargura. «Pues enhorabuena: lo has conseguido».
Fue entonces cuando percibió un movimiento en las copas de los árboles, justo por encima de su cabeza. Alzó la mirada de inmediato, pero era demasiado tarde; con un profundo gruñido, uno de los leopardos se dejó caer sobre ella...
Algo la empujó a un lado de golpe, haciéndola caer sobre la maleza. Lanzó un grito, aterrorizada, convencida de que la fiera la había derribado; pero en aquel momento vio los ojos de Milo contemplándola con preocupación y comprendió que él acababa de salvarle la vida.
No tuvo ocasión de darle las gracias, sin embargo.
El muchacho se levantó de un salto y le dio la espalda para encarar al leopardo.
Después hizo algo extraño: alzó los brazos todo lo que pudo y los agitó con fuerza, lanzando gritos furiosos.
El animal se quedó observándolo con cautela.
Cuando Milo avanzó hacia él a grandes zancadas, aún vociferando y sacudiendo los brazos, el leopardo dio media vuelta y salió huyendo.
Doria se levantó, un tanto aturdida.
–¿Cómo...? –empezó.
–Me lo enseñó Gunter cuando cuidábamos de las fieras en el Anfiteatro –le explicó él–.
Si te comportas como una presa, te tratarán como tal.
Si les plantas cara y finges que eres más grande y fuerte que ellos, puede que no se arriesguen a enfrentarse a ti...
O puede que sí –añadió con una media sonrisa.
Ella no supo qué decir.
En aquel momento llegaron Ulros y Casio, alertados por los gritos. Ambos blandían sendas ramas encendidas a modo de antorchas.
–¿Estáis bien? –preguntó el bárbaro.
Milo asintió.
–Hemos ahuyentado a uno de los leopardos. ¿Qué ha pasado con los demás?
–Parece que sí los asusta el fuego, después de todo –respondió Ulros–. Hemos usado las antorchas para ponerlos en fuga; no creo que se atrevan a volver a atacarnos.
–Tampoco tenemos que preocuparnos por el incendio –añadió Casio–. Ya he apagado el fuego con mi magia.
Doria desvió la mirada, incómoda. Se sentía inútil, y hacía mucho tiempo que no experimentaba aquella sensación. Si hubiese podido metamorfosearse en pantera, tal vez...
–¿Dónde está Nivalan? –preguntó entonces Milo.
Sus compañeros miraron alrededor, pero no hallaron rastro de la mujer dragón.
–¿Creéis que le han dado caza los leopardos? –preguntó Casio, alarmado.
–No –respondió Milo. Lo sabía con total certeza, aunque no habría sido capaz de explicar por qué–. Ha ido en busca de sus huevos –concluyó.
N ivalan no había querido esperar a que terminara la refriega para seguir adelante. Sentía la presencia de sus hue vos muy cerca, en algún lugar, de modo que aprovechó que sus compañeros mantenían distraídas a las fieras para continuar avanzando, guiada por su instinto.
De ese modo, llegó hasta la pequeña choza de piedra construida al pie del volcán.
La puerta estaba abierta y el fuego crepitaba en la chimenea, pero no había nadie dentro; aunque a Nivalan la devoraba la impaciencia, no era tan estúpida para entrar sin comprobarlo.
Se deslizó en la vivienda, pues, y atravesó el saloncito con precaución.
Había una mesa, un taburete, una estantería con libros, una butaca ante la chimenea y un jergón en un rincón.
Nada más, aunque Nivalan percibía también un fuerte vestigio animal, como si se hallase en un establo.
Pero, si en algún momento otras criaturas habían ocupado el lugar, desde luego ya se habían marchado.
Olvidó todas aquellas consideraciones, sin embargo, en cuanto vio algo que pendía de un gancho en la pared: un zurrón que conocía muy bien, pues había cargado con él durante buena parte de su aventura como humana.
Dejó escapar un sollozo de alivio.
Sus huevos todavía se hallaban en el interior.
Se precipitó hacia el zurrón y lo abrió con ansiedad.
No se veía nada, como si acabara de asomarse a la boca de una caverna muy profunda.
Introdujo el brazo hasta el fondo y palpó una superficie fría, rugosa y redondeada.
Algo la golpeó con suavidad desde el otro lado, y el pecho de Nivalan estalló de amor y alegría.
Se apresuró a sacar el primer huevo y lo acunó entre sus brazos con cariño. Podía sentir el dragoncito removiéndose en su interior, listo para romper la cáscara y asomarse por primera vez al mundo. No había llegado demasiado tarde.