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–Eh, chicos, bajad la voz. Hemos llegado –informó Doria en un susurro.
Milo levantó la mirada y vio que habían encallado entre unas rocas que sobresalían del agua. Un poco más allá se extendía una pequeña playa de piedras.
Mientras Ulros maniobraba para llevar el bote hasta la orilla, Casio y Milo cuidaron de Nivalan hasta que ella abrió los ojos por fin.
–Estoy cansada –fue lo primero que dijo, con un hilo de voz.
–Ya falta poco, Nivalan –la consoló su compañero–. Hemos llegado a la isla.
Ulros saltó del esquife y lo arrastró varios metros playa adentro para que las olas no se lo llevaran. Los demás bajaron a tierra firme también y miraron alrededor.
Aún era de noche, pero la luna y las estrellas proporcionaban suficiente claridad para distinguir la masa de bosque que se extendía ante ellos, más allá de la línea de la costa.
–Supongo que habrá que atravesar la selva –murmuró Ulros.
Milo sostenía a Nivalan, que aún se encontraba demasiado aturdida para caminar por su cuenta, y le preguntó:
–¿Podrás continuar?
Ella asintió sin una palabra. Estaba pálida, pero su rostro exhibía una expresión de férrea determinación.
–¿Adónde queréis que vayamos, exactamente? –preguntó entonces Doria–. ¿Exploramos la isla, sin más? Siento decirlo, pero no parece que viva nadie aquí.
–Sí vive alguien –dijo entonces una voz conocida a su espalda.
Se dieron la vuelta y descubrieron a la capitana Silka encaramada sobre una roca. Estaba empapada, con la trenza chorreando sobre su hombro.
–¡Sabía que eras tú! –exclamó Ulros, encantado.
Ella le dedicó una deslumbrante sonrisa.
–En cuanto vi que lo llenabais todo de niebla, comprendí que tendríais problemas para orientaros. Habríais necesitado una brújula, pero, como yo no utilizo esos artefactos, de todos modos tampoco os la habría podido prestar...
–¿Habías dicho que aquí vive alguien? –cortó entonces Nivalan con impaciencia, y Milo se alegró de verla mostrar aquel atisbo de su vieja personalidad.
–Sí, he subido a aquel promontorio y he visto una luz entre los árboles, a los pies del volcán. –Señaló la dirección–. Debe de tratarse de una casa, así que yo buscaría allí en primer lugar.
Ellos le dieron las gracias, recogieron sus cosas y se dispusieron a internarse en la espesura. Pero Ulros se volvió hacia Silka antes de continuar.
–¿No vienes con nosotros?
Ella negó con la cabeza. Parecía amedrentada; era la primera vez que Milo la veía arrugarse ante cualquier circunstancia, y no lo consideró una buena señal.
–He hecho cuanto he podido por vosotros, pero ya no voy a seguir adelante. Debo volver a mi barco; mi tripulación necesita a su capitana.
Ulros asintió.
–Lo comprendo. Cuando todo esto termine, búscame en Puerto Calamidad –le dijo entonces–. Si todo ha ido bien, te estaré esperando allí.
–Muchas gracias por todo –añadió Casio.
Silka les dirigió una amplia sonrisa y desapareció entre las rocas. Momentos después, la oyeron zambullirse en el agua, y luego, nada más.
Ulros suspiró.
–Andando –dijo simplemente.
Y se adentraron en la selva, dejando la playa atrás.
Un cárabo los observaba desde lo alto de una rama, pero ellos no le prestaron atención.
El ave alzó el vuelo entonces y se elevó por encima de las copas de los árboles hasta que adelantó al grupo, que seguía avanzando a través del boscaje.
Voló sin descanso hasta alcanzar una pequeña construcción de piedra junto a la montaña y se posó en el alféizar de la ventana abierta. Después ululó con apremio.
Había una persona en el interior de la estancia, leyendo un grueso volumen junto al fuego de la chimenea. Ante la llamada del cárabo, alzó la cabeza con interés.
–¿Cómo? No es posible. ¿Están vivos, después de todo? –El ave respondió brevemente–. ¿Y la mujer de cabello plateado también?
El ave parpadeó varias veces. En el rostro de Scorpius se dibujó una amplia sonrisa.
Al enviar a la serpiente marina a detener a los intrusos, había descubierto que Nivalan viajaba también a bordo de aquel barco.
Le había ordenado entonces al monstruo que se la llevase viva, pero aquella extraña mujer debía de ser capaz también de ejercer alguna clase de control mental, pues había estado a punto de volver a su criatura contra él.
No lo había conseguido, por fortuna, pero había enfurecido al monstruo y este la había atacado hasta hacerla caer al mar.
Después, aquella bestia estúpida la había dado por muerta.
Dedicó una breve mirada al zurrón mágico que colgaba de un gancho en la pared.
Había comprobado que funcionaba tal como Doria le había explicado.
Lo utilizaba ahora para guardar el huevo que le había arrebatado al bárbaro cuatro meses atrás, pero no había sido capaz de extraer de él los otros tres que, según la muchacha, se hallaban ocultos en su interior.
A pesar de que había probado con todos los conjuros de revelación que conocía, la bolsa los mantenía fuera de su alcance.
No obstante, si el cárabo tenía razón y Nivalan seguía viva...
–Perfecto –murmuró complacido–. Habrá que darles la bienvenida que merecen.