13 #2
Hablaban en susurros, como si Scorpius fuese a escucharlos desde la isla. Milo escudriñó las brumas, tratando de encontrar alguna señal que los ayudase a localizar su objetivo.
–La capitana dijo que las corrientes nos ayudarían a llegar –recordó.
–En ese caso, ¿nos dejamos llevar? –sugirió Ulros–. ¿O sigo remando?
–¿Y en qué dirección vas a remar? –hizo notar Doria–. Si no sabemos...
–Silencio –dijo entonces Milo.
Todos callaron y prestaron atención. Se oían unos chapoteos muy cerca del bote.
–¿Qué es eso? –susurró Casio.
Nadie respondió, aunque a todos se les ocurrieron varias posibilidades, ninguna de ellas tranquilizadora.
Cuando Milo trataba de convencerse de que, fuera lo que fuese lo que los seguía, parecía demasiado pequeño para tratarse de una serpiente marina, la criatura desconocida se colgó del borde del esquife y lo hizo bambolearse.
Doria lanzó una exclamación de alarma y Ulros atacó al animal a ciegas con un remo, casi golpeando a Milo en el intento.
La cosa se soltó y volvió a caer al agua con una salpicadura.
–¿Le has dado? –murmuró Casio con ansiedad.
–No –respondió Ulros.
Oyeron ruidos en el otro extremo del bote. El aprendiz, incapaz de contenerse, murmuró las palabras de un hechizo y una pequeña esfera de luz iluminó la escena. El grupo se asomó a la borda con aprensión... y un rostro de largos bigotes les devolvió la mirada desde el agua.
–¡Es una foca! –exclamó Casio con alivio.
El animal les dirigió una sonrisa socarrona.
–¿Silka? –preguntó Ulros con perplejidad.
La foca les hizo un gesto con la cabeza y comenzó a nadar en torno a ellos, apremiante. Milo no sabía si se trataba realmente de la capitana del Tifón ; quizá fuese alguno de sus parientes, aunque parecía claro que no se trataba de un animal cualquiera, pues estaba intentando comunicarse con ellos.
–Quiere que la sigamos –comprendió.
–¿Podrá guiarnos hasta la isla? –se preguntó Doria, dubitativa.
–¡Pues claro, eso es! –exclamó Ulros, encantado–. Apaga la luz, Casio; ya no la vamos a necesitar.
El aprendiz obedeció y el grupo volvió a sumirse en las tinieblas. Aunque ya no veían a la foca, sí la oyeron chapotear un poco más lejos. Milo sabía que las focas podían nadar bajo el agua y desplazarse sin hacer ruido, pero aquella en concreto parecía esforzarse en dar a conocer su posición.
Ulros lo comprendió también.
–Por allí –dijo, y empuñó los remos otra vez.
Aunque los manejaba con cierta torpeza, era el más fuerte del grupo con diferencia y todos sabían que sería capaz de cubrir el trayecto hasta la isla sin apenas cansarse.
Tardó un poco en enderezar el bote en la dirección en la que sonaba el chapoteo, pero aquello no supuso ningún problema, puesto que la foca los estaba esperando.
Cuando por fin la alcanzaron, el animal se puso en marcha de nuevo, orientándolos entre las brumas.
Avanzaron en silencio durante un rato, en medio de la oscuridad, guiados solo por el sonido de las salpicaduras a través de la niebla.
Milo se estremeció. El frío lo entumecía y la humedad empezaba a calarle hasta los huesos.
No tenían modo de saber cómo de lejos estaban de su destino ni cuánto tardarían en alcanzarlo.
Habían dado por supuesto que aquella foca era Silka o alguno de sus congéneres, pero...
¿y si se trataba de un animal corriente que solo quería jugar?
En ese caso, tal vez estuviesen dando vueltas sin rumbo por el océano.
Quizá se hubiesen alejado de la isla. Era posible que...
Sacudió la cabeza, tratando de no pensar en ello. Estaban ya muy cerca de su objetivo; no debían dejarse vencer por el desaliento.
El trayecto se prolongó durante más de una hora, o tal vez fueran dos; no tenían forma de medir el paso del tiempo entre la niebla y la oscuridad. Milo estaba muerto de frío y sentía que, a su lado, Doria tiritaba también.
–No debe de faltar mucho –murmuró Casio entonces–. Si hemos avanzado en la dirección correcta, deberíamos estar a punto de llegar.
–No podemos saberlo sin puntos de referencia –replicó Doria en el mismo tono. Suspiró–. No sé qué demonios hago aquí. Debería haberme unido a los piratas...
Milo esperó que Nivalan interviniese para señalar que, si la joven no hubiese robado aquellos huevos que no le pertenecían, desde luego, no se hallaría ahora en aquella situación. Pero la mujer dragón permanecía extrañamente silenciosa, y el muchacho se volvió para mirarla.
En aquel momento se dio cuenta de que volvía a distinguir las siluetas de sus compañeros con cierta facilidad, y alzó la vista hacia el cielo, donde fue capaz de ver el resplandor de la luna sobre ellos.
–La niebla se está aclarando –murmuró.
–¿Cómo? –exclamó Casio–. ¿Eso quiere decir que ya hemos llegado?
–No veo nada delante, está todo oscuro –dijo Doria.
Tampoco se oían ya los chapoteos de la foca, advirtió Milo entonces.
–Nivalan, ¿qué pasa con la niebla? –preguntó–. Está...
No terminó la frase porque su compañera se desplomó sobre la borda del esquife. Ahogando una exclamación de alarma, el muchacho se precipitó hacia ella para sostenerla.
De pronto, el bote chocó contra algo y sus pasajeros se sujetaron donde pudieron para mantener el equilibrio.
–¿Qué está pasando? –quiso saber el bárbaro, volviendo la cabeza.
–Creo que hemos llegado –anunció Doria; se había incorporado sobre el banco y estiraba el cuello para mirar más adelante.
Milo no le prestó atención, porque Nivalan se había desmayado. La sostuvo entre sus brazos, tan preocupado que no se dio cuenta de que la niebla se había disipado por completo a su alrededor.
–¿Qué le pasa? –preguntó Casio, inclinándose hacia ellos.
–Ha perdido el conocimiento –explicó Milo–. No sé por qué. Quizá se ha quedado sin fuerzas después de generar niebla durante tanto rato...
–A los magos nos pasa también, a veces, si gastamos más energía mágica de la que disponemos. Pero a ella no debería sucederle.
Milo se volvió para mirarlo.
–La montaña donde ella vivía estaba siempre envuelta en niebla –le contó en voz baja–.
La llamábamos el Pico Brumoso por esa razón.
No recuerdo un solo día en que se despejara por completo, ni siquiera en verano, y he habitado en esos valles toda mi vida.
Hace poco descubrí que lo que generaba esa niebla... era el poder de Nivalan.
Casio inclinó la cabeza, pensativo.
–¿Quieres decir que está perdiendo sus poderes? ¿Pero por qué?
–No lo sé.