13
Se habían alejado tanto de la isla de Scorpius que ya no la veían en el horizonte, aunque Silka les aseguró que en unas horas volverían a divisarla.
No obstante, los pasajeros pronto descubrieron que la tripulación del Tifón no estaba dispuesta a continuar en aquella dirección.
Su encuentro con la serpiente ma rina los había convencido de que aquel lugar estaba maldito y de que más les valía pasar de largo sin desembarcar.
–Pero nosotros tenemos que ir allí –insistió Milo cuando la capitana les comunicó las novedades–. Esa es la razón por la que nos hemos embarcado contigo.
–Y te hemos pagado bien el viaje –señaló Nivalan, ceñuda.
Silka suspiró.
–Lo sé, pero no estoy segura de que los monstruos marinos estuviesen incluidos en el precio. No obstante –añadió, antes de que los pasajeros pudiesen protestar–, se me ha ocurrido que os podemos prestar un bote para que desembarquéis vosotros, ¿eh?
Milo y sus compañeros permanecieron un instante en silencio, valorando la propuesta.
–En el caso de que aceptáramos, ¿a qué distancia de la isla nos dejarías? –preguntó entonces Ulros, arrugando el entrecejo.
–No muy cerca –reconoció Silka–. Mis hombres no quieren arriesgarse a que vuestro mago nos envíe otra de sus abominaciones.
Casio y Milo cruzaron una mirada de reojo; parecía claro que no había sido buena idea compartir sus sospechas con la capitana, aunque en aquel momento no fuesen conscientes de las consecuencias.
–Podríamos aproximarnos más –continuó ella– si lo hacemos por la noche o si conjuráis la niebla para que nos oculte, como habéis sugerido.
Milo se volvió hacia Nivalan, pero ella adoptó una expresión dubitativa.
–Tenemos que hablarlo –respondió el chico.
–Muy bien, pero daos prisa; en cuanto divisemos la isla, si no tenemos garantías de que podremos seguir acercándonos sin ser detectados, pasaremos de largo.
De modo que el grupo se reunió en el camarote para decidir cómo actuar. Casio declaró que él mismo sería capaz de invocar una bruma mágica para ocultar el esquife, pero llamaría la atención si el resto de la superficie del océano estaba despejada.
–Necesitaríamos que la niebla ocupase una extensión mucho más amplia, para que parezca natural –añadió–. Una única burbuja de niebla que se desplace hacia la isla resultará sospechosa, aunque sea de noche. Hoy habrá luna llena.
Nivalan alzó la cabeza. Milo se dio cuenta de que parecía profundamente preocupada.
–¿Crees que puedes intentarlo, al menos? –le preguntó con suavidad.
Ella pareció dudar un instante.
–Por supuesto –asintió al fin–, aunque no sé cuánto tiempo podré mantenerla. Quizá mi poder nos falle a mitad de trayecto y nos quedemos al descubierto.
Milo inclinó la cabeza, pensativo. Después tomó una decisión.
–Habrá que intentarlo –dijo–. No tenemos otra opción.
Se dio cuenta de que Doria le dirigía una mirada reflexiva. Pero ella no hizo comentario alguno, y Milo se alegró de que no pusiera ninguna objeción.
Compartieron sus planes con la capitana, y ella ordenó entonces arriar las velas y echar el ancla para detener el navío. Los pasajeros y la tripulación aguardaron inquietos a que el sol se pusiera por el horizonte, y solo cuando ya había oscurecido reanudaron la marcha en dirección a la isla.
Su oscura silueta emergió en el horizonte poco después, recortada contra la luz de la luna y las estrellas. Silka mantuvo la dirección todo lo que pudo hasta que detectó que sus hombres comenzaban a ponerse nerviosos. Entonces, llamó a los viajeros y les dijo:
–Ha llegado el momento. Vamos a bajar el bote y, a partir de aquí, tendréis que remar vosotros hasta vuestro destino.
Milo observaba la isla a través del catalejo.
–Aún parece estar demasiado lejos –murmuró con preocupación.
–Tenéis la corriente a favor –lo tranquilizó Silka–. Tardaréis menos de lo que piensas. La noche es clara y el mar está en calma; si vais a desembarcar, tenéis que marcharos ya. No se presentará otra ocasión mejor.
–No se presentará otra ocasión, ni mejor ni peor –dijo Nivalan a media voz.
Los marineros prepararon el esquife, y Milo, Casio y Nivalan se acomodaron en él sin dudar. Doria, por el contrario, lo observó con desconfianza.
–Lo cierto es que a mí no se me ha perdido nada en esa isla... –dejó caer.
Silka carraspeó.
–No tienes elección, pisatierra. Una vez os desembarquemos, nosotros seguiremos nuestro viaje hacia los escondrijos piratas del continente meridional.
A nadie que no sea de los nuestros le está permitido poner un pie en ellos, así que las únicas opciones que tienes son montar en ese bote con tus amigos, jurar nuestra bandera o saltar por la borda para ser pasto de los peces.
–Le dedicó una deslumbrante sonrisa–. Esto último, por cierto, es lo que te sucederá también si te unes a nuestra tripulación y se te pasa por la cabeza traicionar nuestro juramento por cualquier motivo.
No somos indulgentes con los tramposos, ¿sabes?
Doria torció el gesto, pero no replicó. Gruñendo por lo bajo, montó en el esquife y se acomodó junto a Casio con expresión adusta.
Ulros era el único que faltaba por embarcar. Mantenía la vista fija en la enorme extensión de agua que los separaba de la isla y, cuando Silka le llamó la atención, se volvió para mirarla.
–¿Tú también tienes dudas? –le preguntó ella con picardía–. Si quieres unirte a nosotros, es el momento de decirlo. De lo contrario, no hagas perder más tiempo a tus amigos.
El bárbaro mantuvo la vista fija en ella, muy serio.
–Ni siquiera puedo considerar tu propuesta, Sil. No mientras no vuelva a ser el hombre que fui.
Y antes de que la capitana pudiese responder, Ulros le tomó el rostro con las manos y la besó. Ella se mostró sorprendida en un principio, pero le devolvió el beso con pasión.
Milo desvió la mirada hacia Doria y descubrió con cierta sorpresa que ella también tenía los ojos clavados en él. Los dos se ruborizaron y apartaron la vista, cohibidos.
Ulros y Silka se habían separado ya, pero aún se miraban con emoción.
–Cuando esté curado, volveré a buscarte –le prometió él.
Ella sonrió.
–¿Y qué harás entonces, pisatierra? –bromeó–. ¿Enrolarte en mi tripulación?
–Y seguirte hasta las profundidades del mar, si fuese necesario.
A la capitana se le borró la sonrisa. Contempló aturdida al bárbaro mientras este subía al esquife.
–Estamos listos –anunció Milo.
Silka volvió a la realidad. Tras dirigir una última mirada pensativa a Ulros, ordenó a sus hombres que arriaran el bote.
Instantes después, el grupo se alejaba sobre la superficie de un mar liso como un espejo.
Ulros se había hecho cargo de los remos y los impulsaba en dirección a la isla.
Sus ojos, sin embargo, seguían clavados en el Tifón , donde la capitana Silka, apoyada en la borda, los observaba con gesto impenetrable.
A pesar de que ya había anochecido, no necesitaron encender ninguna luz: la luna y las estrellas brillaban sobre ellos con tanta intensidad que Milo empezó a preocuparse.
–No tardarán en descubrirnos desde la isla –murmuró.
Doria le dirigió una mirada escéptica.
–¿Piensas que Scorpius no tiene otra cosa mejor que hacer a estas horas que espiar el mar con un catalejo?
–No necesita ningún catalejo; es un mago –respondió Casio–. Es posible que la isla tenga salvaguardas, y en ese caso será mejor que se lo pongamos difícil.
Milo se volvió hacia Nivalan.
–¿Crees que serás capaz de conjurar la niebla? –le preguntó.
Ella cerró los ojos durante unos instantes; cuando los volvió a abrir, relumbraban extrañamente en la penumbra, y sus pupilas se habían vuelto verticales. Doria, que la estaba mirando en aquel momento, lanzó una exclamación de sorpresa.
–Creo que sí –respondió Nivalan sin prestarle atención.
Con una enigmática sonrisa, sacó las manos fuera de la borda y colocó las palmas sobre la superficie del agua.
Del océano surgieron entonces pequeñas espirales de bruma que se elevaron hacia el cielo, envolviendo el esquife.
Doria miró alrededor con aprensión, pero Ulros adoptó una curiosa expresión pensativa.
Cuando la bruma era ya tan espesa que no veían nada alrededor, Casio comentó:
–Es impresionante. No estoy seguro de que los magos que conozco sean capaces de generar algo así o, al menos, no por mucho tiempo.
–Clavó la mirada en Nivalan, sin mostrarse intimidado ante los ojos luminosos de la mujer dragón–.
Este poder tuyo... ¿es similar a tu dominio sobre el hielo?
¿Algo innato y no relacionado con la magia tal como la conocemos?
Ella parpadeó con lentitud y el brillo de sus ojos se apagó.
–Sí –respondió sin más.
No dio más detalles, y Casio no siguió preguntando.
–Yo he visto en otra ocasión una niebla como esta –murmuró entonces el bárbaro–, cuando fuimos a cazar al dragón.
Toda la montaña donde se encontraba su guarida estaba envuelta en una bruma de lo más siniestra, como si nos hubiésemos adentrado en el mundo de los espíritus.
–Se volvió para observar a Nivalan con suspicacia–.
Viajas en busca de esos huevos, pero nunca has llegado a explicar qué relación tienes con ellos.
Eres capaz de generar la misma niebla que ocultaba al dragón...
y no puedo evitar preguntarme quién eres exactamente, señora.
Nivalan alzó la cabeza y dirigió a Ulros una mirada desafiante, pero no dijo nada.
–No es momento para hablar de esto –intervino Milo–. Debemos centrarnos en llegar a la isla cuanto antes; la niebla podría disiparse en cualquier momento.
El bárbaro no insistió. Miró alrededor y aferró con fuerza los remos, inquieto.
–Ya no se ve el barco –murmuró–. Ni tampoco la isla. ¿Cómo vamos a orientarnos ahora?
Apenas se distinguían unos a otros, de hecho, porque la bruma había ocultado también la luz de la luna y las estrellas.
–Puedo encender una luz mágica –se ofreció Casio.
–Y entonces echarás a perder el camuflaje que nos proporciona la niebla, genio –gruñó Doria.
–Bueno, y entonces, ¿qué hacemos?