12 #2
La muchacha se mostró sorprendida.
–¿A qué te refieres?
–He visto que no le quitas ojo a mi piel –respondió ella, colocando posesivamente la mano sobre su saquillo–. ¿Te perturba de alguna manera?
Doria sacudió la cabeza.
–No. Quiero decir, me parece extraño, pero lo de la piel es lo de menos, en realidad.
Silka le dirigió una mirada intrigada.
–Siéntate –la invitó.
La chica lo hizo, pero no se descalzó para meter los pies en el agua, como la capitana, sino que mantuvo las piernas recogidas sobre la roca.
–Te transformas en animal –observó. No era una pregunta, puesto que la naturaleza de su interlocutora ya había quedado clara para todos.
–Sí. ¿Y...?
La muchacha desvió la mirada, incómoda.
–Has dicho que hay más... como tú. Pero algunos eligen ser humanos y otros... se quedan en el mar.
–Así es.
–Y esos otros... ¿son tu familia?
–Algunos sí, otros no. Somos el pueblo de las olas y vivimos entre ambos mundos. ¿Qué es lo que quieres saber, exactamente?
Doria alzó la cabeza para mirarla a los ojos.
–¿Por qué sois así? –preguntó por fin–. ¿Se debe a una maldición o algo por el estilo? ¿Sois todos iguales, o algu nos nacen sin capacidad para transformarse? ¿Hay alguna manera de...?
–Un momento –la interrumpió Silka, riendo–.
Son muchas preguntas al mismo tiempo, pero ya veo qué es lo que te preocupa.
Somos así por naturaleza, y es un don, no una maldición.
Nuestros hijos pueden cambiar la piel, igual que nosotros, incluso en el caso de que procreemos con humanos.
–Le sonrió con simpatía–. ¿Por qué lo preguntas?
¿Acaso el resto de tu familia no puede transformarse igual que tú?
Doria dio un respingo.
–¿Cómo sabes...?
–Ulros me lo ha contado. –Silka alzó la mirada hacia la luna con un suspiro–.
Me advirtió sobre ti cuando te estaban buscando para recuperar lo que les habías robado.
Me dijo que tenías la capacidad de convertirte en una fiera salvaje.
–Se rio–. Me pareció muy divertida la forma en que lo dijo, como si fuera algo extraordinario.
–En el lugar del que yo vengo sí que es algo extraordinario –murmuró Doria.
«Desde que descubrí cómo soy realmente, no ha habido un solo día que no haya deseado ser igual que todos los demás», pensó, pero no lo dijo en voz alta.
De hecho, todas las decisiones que había tomado, desde escaparse de casa hasta robar aquellos malditos huevos, habían tenido como objetivo tratar de revertir la maldición de alguna manera.
De todas las personas a las que había consultado, solo Scorpius había sido capaz de asegurarle que conocía una cura para ella.
Y Doria le había creído porque, después de todo, aquel condenado hechicero también había demostrado que podía someter su lado animal.
Se estremeció al recordarlo.
–Bueno. Entonces, tu don te convierte en alguien muy especial entre los tuyos, ¿no es así? –dejó caer la capitana, conociendo de antemano la respuesta.
Doria negó con la cabeza.
–Me convierte en un monstruo –se limitó a contestar.
Silka se encogió de hombros.
–A mí no me parece que tus amigos te miren como si fueses un monstruo –opinó.
–No son mis amigos.
–Por otro lado, si no les hubieses robado, probablemente tendrían una mejor opinión de ti –continuó la capitana sin inmutarse.
–¡Mira quién fue a hablar! –se indignó Doria–. ¡Tú eres una pirata!
–Bueno, pero mi caso es diferente.
–¿Y por qué, si puede saberse?
–Porque a mí no me importa lo que otras personas opinen de mí.
Doria desvió la mirada, molesta.
–¿Y crees que a mí sí?
–Por supuesto; de lo contrario, no renegarías de tu naturaleza solo para caerles mejor.
–Esa no es la razón –masculló la muchacha, un tanto ofendida.
–¿Y cuál es? Ah, ¿te cuesta controlar tus cambios?
–creyó comprender ella entonces, dirigiendo una breve mirada a la luna que brillaba sobre sus cabezas–.
Tengo entendido que algunos zoomorfos se transforman en contra de su voluntad.
Se cuentan historias escalofriantes sobre pobres desgraciados que se vuelven bestias asesinas las noches de plenilunio...
–No tiene nada que ver con la luna, en mi caso –se apresuró a aclarar la muchacha–. Aunque es cierto que al principio no podía controlarlo; sucedía cuando me asustaba o me enfurecía, lo quisiera o no. –Inspiró hondo–. Ahora, sin embargo, ya soy capaz de decidir cuándo cambiar.
«O, al menos, lo era», se dijo abatida. El veneno de Scorpius no había eliminado su parte animal por completo, pero la había dañado lo suficiente para que ella ya no pudiese invocarla a voluntad.
Había intentando convencerse de que con aquello le bastaba, pero sabía en el fondo que la bestia se recuperaría tarde o temprano.
Y quizá entonces, como represalia, tratase de tomar el control sobre su cuerpo, como hacía cuando ella no era más que una niña asustada incapaz de comprender qué le estaba sucediendo.
–Entonces, ¿dónde está el problema? –preguntó Silka.
«El problema está en que jamás admitirían en el Gremio de Cazadores a una de las criaturas a las que el propio Gremio se dedica a cazar». A Doria le parecía una obvie dad, pero no se molestó en explicarlo. Por el contrario, sacudió la cabeza y se limitó a responder:
–No lo entenderías.
–Pues no, no lo entiendo –replicó la capitana, perpleja.
Doria dejó escapar un suspiro exasperado y se puso en pie.
–Gracias por la charla –dijo con cierta brusquedad–. Voy a intentar dormir un poco.
–De nada –respondió Silka. Antes de que la chica se alejase demasiado, sin embargo, añadió un último comentario–. Piensa en esto: al menos, tú no necesitas una piel para cambiar. Si yo pierdo la mía, o si me la roban, no podré volver a transformarme. En cambio, tu poder solo depende de ti.
Doria pensó entonces en la pócima de Scorpius y, no por primera vez, maldijo su propia inconsciencia.
–No estoy tan segura –murmuró.
Pero no dio más explicaciones, y Silka tampoco se las pidió.
C uando los náufragos despertaron a la mañana siguiente, la silueta del Tifón ya se distinguía en el horizonte. Sus tripulantes enviaron un par de botes a rescatarlos, y el grupo los saludó desde el islote con alegría.
Antes de que los botes los alcanzaran, sin embargo, Silka se volvió hacia sus compañeros.
–Ni una palabra sobre lo que guardo aquí, ¿de acuerdo? –les advirtió, llevándose la mano al saquillo que contenía su piel de foca.
Ulros se mostró sorprendido.
–¿Quieres decir que tus hombres no saben...?
–He dicho que ni una palabra –cortó ella–. De lo contrario, os arrojaré por la borda y, en esta ocasión, no enviaré a nadie a salvaros.
Doria alzó una ceja y le dirigió una mirada socarrona, pero la capitana no se molestó en añadir nada más.
Los esquifes alcanzaron el islote y los miembros del grupo se acomodaron en ellos, encantados de abandonar aquel lugar desolado.
Cuando subieron por fin al Tifón , el contramaestre los recibió con el ceño fruncido, pero a Milo no le importó; estaba tan feliz de hallarse a bordo que hasta se alegró de volver a ver al arisco marino.