12
Ni valan alzó una ceja con curiosidad . Los demás retrocedieron, examinando a Silka con suspicacia.
–¿Eras... una foca? –profirió Ulros.
–Lo soy, algunas veces. –Silka frunció el ceño–. No me digas que tienes prejuicios contra la gente del mar, ¿eh, grandullón?
–¡Eres una fociántropa! –exclamó Casio con perplejidad.
–Preferimos el término «focimorfos», si no te importa.
–Pero... ¡te has quitado la piel! –casi gritó el bárbaro.
La capitana se llevó la mano al saquillo que contenía el pellejo de foca.
–Hombre, pues claro. ¿Cómo esperas que sea capaz de guiar un barco, si no lo hago?
¿Con las aletas? –Se echó a reír mientras ellos la contemplaban estupefactos–.
Habéis encendido una hoguera, ¿verdad? –continuó ella–.
He visto el resplandor desde lejos. Me vendrá bien secarme un poco; este cuerpo no es impermeable, ¿sabéis?
Nadie fue capaz de pronunciar palabra, de modo que Silka se abrió paso entre ellos, avanzó por la orilla hasta detenerse junto al fuego y extendió las manos para calentárselas.
El resto del grupo la siguió, aún observándola con precaución. Doria no apartaba la mirada de la bolsita que pendía del cinto de la capitana.
–De modo que te pones la piel y eres una foca –murmuró la chica–. Te la quitas y vuelves a ser humana.
–Es así como funciona, en efecto –asintió ella.
–¿Pero qué eres, exactamente? –gimió Ulros, desesperado–. ¿Una mujer? ¿Un animal?
–Soy lo que soy –replicó ella, dirigiéndole una mirada penetrante–. Y vosotros habéis tenido mucha suerte de viajar a bordo de mi barco y no de cualquier otro; de lo contrario, mi gente y yo no habríamos estado allí para salvaros cuando caísteis al mar.
–Entonces, las focas que nos trajeron a la isla... –dedujo Casio– ¿eran todas como tú?
–Así es. Pero con una diferencia: yo elegí vivir en tierra y por eso soy la capitana Silka; ellas, en cambio, prefieren seguir habitando en el océano.
–Os damos las gracias, entonces –dijo Milo–. Por habernos salvado la vida a todos.
Ella le dedicó una sonrisa fugaz.
–Sois mis pasajeros y, por tanto, mi responsabilidad –respondió con suavidad. Sacudió la cabeza–. Nunca había visto una serpiente marina en estas latitudes. Esos monstruos suelen avistarse mucho más lejos, en los confines del océano. No en la ruta habitual de los barcos, quiero decir.
–Estaba durmiendo en el fondo del mar –murmuró Nivalan con la vista baja–. Alguien la hizo despertar y le ordenó que nos atacase.
–¿Alguien? –repitió Casio–. ¿Te refieres a Scorpius? –Negó con la cabeza–. Necesitaría elaborar un conjuro muy complejo y no...
–Si ese monstruo es un animal, no habrá necesitado utilizar su magia –cortó Doria con impaciencia–. ¿Aún no lo entendéis? Todas las bestias obedecen a ese maldito hechicero, no importa lo enormes que sean.
Ulros había estado observando a Silka, aún tratando de digerir lo que acababa de descubrir acerca de ella, pero se obligó a sí mismo a apartar la vista y clavarla en Doria.
–¿Qué quieres decir? ¿Que el mago nos echó encima una serpiente marina a propósito? No tiene sentido. ¿Cómo podía saber que íbamos en ese barco, para empezar?
–Quizá ataque a todos los navíos que se acercan... –aventuró Silka, pensativa.
–No –cortó Milo–. Sabía que veníamos. Nosotros mismos lo pusimos sobre aviso.
Les contó brevemente lo que había sucedido con la esfera de cristal. A la capitana no le hizo gracia descubrirlo.
–Es decir, que perseguís a un hechicero para recuperar algo que os ha robado y, cuando estáis a punto de alcan zarlo, le hacéis señales mágicas para avisarlo –resumió–. ¿Habéis perdido la cabeza, o qué?
–No tenemos que preocuparnos más por eso –anunció Doria–. Perdí la esfera cuando caímos al agua; ahora mismo debe de estar en el fondo del océano, así que no puede volver a alertar a Scorpius de nuestra presencia.
Casio se animó un poco.
–Ah, tal vez crea que hemos naufragado de verdad –comentó–. Quizá esta vez sí podamos tomarlo por sorpresa.
–¿Y cómo pretendes que lo hagamos? Estamos atrapados en este pedazo de roca –hizo notar Doria con escepticismo–. ¿Sugieres que nos pongamos todos pieles de foca y nos vayamos nadando hasta la isla de Scorpius?
–No funcionaría con vosotros –señaló Silka.
Milo se volvió hacia ella.
–¿Qué ha sido del Tifón y sus tripulantes? –quiso saber–. ¿Sabes si pudieron escapar de la serpiente marina?
–Bueno, me alegro de que lo preguntes –dijo ella–.
Mi gente me ha informado de que los marineros están a salvo.
El barco continúa a flote y solo requerirá algunas reparaciones menores.
Perdimos dos hombres durante la pelea contra el monstruo, pero el resto han sobrevivido. Los heridos también se recuperarán.
Nivalan alzó la cabeza de inmediato.
–¿Podremos continuar con nuestro viaje, pues? –preguntó esperanzada.
Silka asintió.
–En cuanto terminen con las reparaciones, el Tifón pasará por aquí a recogernos –anunció–.
Si nada se tuerce, estará aquí al amanecer.
–Los náufragos cruzaron una mirada llena de alivio–.
Pero espero que tengáis algún plan para cuando vayáis a desembarcar en la isla, porque no parece que ese mago vaya a recibiros con los brazos abiertos.
–Ah, estábamos en ello –dijo Casio–. Habíamos pensado en generar una cortina de niebla para que nos oculte. ¿Qué opinas, Nivalan? Milo dice que puedes hacerlo.
La mujer dragón dio un pequeño respingo y le dirigió una mirada insegura.
–Tal vez –murmuró, pero su expresión y su actitud preocuparon más a Milo que si se hubiese negado en redondo a participar en aquel plan.
–Mientras esperamos al barco, os sugiero que descanséis un poco –dijo Silka entonces–. ¿Tenéis hambre? Me he acordado de vosotros y os he traído algo de comer.
A Milo se le iluminó la cara.
–¿De verdad?
La capitana asintió.
–He dejado la cena entre las rocas. Esperadme aquí; voy a buscarla.
Dio media vuelta y se alejó en la oscuridad. Como no tenían nada mejor que hacer, los otros tomaron asiento en torno a la hoguera.
–Bueno, pues... –empezó Casio, tras unos momentos de incómodo silencio–. Parece que las cosas empiezan a mejorar, ¿no?
Ulros murmuró algo por lo bajo y desvió la vista, aún turbado por la revelación acerca de la verdadera naturaleza de Silka.
Nivalan permanecía silenciosa y apagada, como si se limitara a asistir a los acontecimientos sin participar en ellos.
Doria, por su parte, se encogió de hombros con indiferencia.
–Sí, y me alegro por los marineros del Tifón –dijo Milo, en un intento de continuar la conversación–. Aunque sean piratas, no merecían acabar en la panza de un monstruo marino, y menos por nuestra culpa.
–Eso es verdad –coincidió Casio.
Puesto que no se les ocurrió nada más que decir y nadie más intervino, el grupo volvió a sumirse en el silencio. Permanecieron callados hasta que regresó Silka, cargada con una red que llevaba colgada del hombro.
–¡La pesca de hoy! –anunció, y la dejó caer junto a ellos. Estaba llena de peces de buen tamaño que aún coleaban con desesperación–. Servíos; hay bastantes para todos.
Como sus compañeros se quedaron contemplando el contenido de la red con perplejidad, la capitana soltó un suspiro exasperado y repartió ella misma los peces. A Milo casi se le escurrió el suyo entre las manos, pero logró sujetarlo en su regazo hasta que el animal dejó de moverse.
–¡Que aproveche! –exclamó Silka.
Y mordió con fruición su pescado, todavía vivo, ante el gesto desconcertado de los demás.
Milo examinó un momento su propia cena; después desenfundó su cuchillo, ensartó el pez en él y lo acercó al fuego para asarlo. Observó entonces a Doria con el rabillo del ojo. Ella advirtió su mirada y se la devolvió con cara de pocos amigos.
–¿Qué pasa? ¿Esperas que me lo coma crudo yo también?
–Es lo que hacen los gatos, ¿no? –bromeó él.
A ella no le hizo ni pizca de gracia el comentario.
–Yo no soy un gato –refunfuñó.
Pinchó su pescado con su propia daga para asarlo sobre la hoguera y lanzó a Milo una mirada desafiante, como retándolo a comentar algo al respecto.
Él no insistió, aunque se volvió para observar a Nivalan con curiosidad.
El resto de sus compañeros habían optado también por cocinar el pescado a la brasa, y el muchacho se preguntaba si la mujer dragón actuaría igual, puesto que había manifestado muchas veces su preferencia por la comida cruda.
La sorprendió contemplando su pez con cierta desgana para acabar colocándolo sobre el fuego ella también.
Milo recordó entonces lo que habían hablado momentos antes, y se preguntó con inquietud si aquel cambio en sus gustos culinarios se debía a una inevitable adaptación al entorno... o a algo más profundo.
Pronto, el aire se llenó de un delicioso olor a pescado asado. Silka arrugó la nariz.
–¡Qué manera de estropear unos buenos peces! –los regañó.
Pero sonreía con indulgencia, y el ambiente se relajó en cuanto todos saciaron su hambre por fin. Entonces Casio recordó que conocía un hechizo para purificar el agua, con lo que también pudieron aplacar su sed.
Después, aunque apenas quedaban algunas horas para el amanecer, los náufragos decidieron dormir un poco, para reponerse de las emociones pasadas.
Doria, sin embargo, fue incapaz de conciliar el sueño, pero no por estar tendida sobre un suelo de piedra húmeda y dura –había dormido en sitios peores–, sino porque no podía detener el flujo de pensamientos que inundaba su mente.
Al fin, renunció a seguir intentándolo y se levantó con la intención de pasear un poco por el reducido espacio de la isla.
Casi todos sus compañeros, incluido Ulros, que se revolvía murmurando en sueños, estaban durmiendo ya.
La única excepción era Silka, a quien Doria encontró algo más lejos, sentada sobre una roca con los pies en el agua.
La contempló un momento, dubitativa, y después se acercó hasta situarse a su lado.
–¿No puedes dormir, pisatierra? –le preguntó la capitana con una media sonrisa. Ella se encogió de hombros, pero permaneció en silencio–. ¿Qué? ¿Hay algo que quieras decirme?