Sombras de plata (Cuatro Lunas 4) 11 #2
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–No estamos tan lejos de nuestro destino –le recordó–. Vimos la isla de Scorpius justo antes de que nos atacase la serpiente marina, ¿no te acuerdas? Quizá el Tifón logró escapar y nosotros podamos hacerles una señal para que vengan a buscarnos. No debemos rendirnos todavía.

Nivalan le dedicó una media sonrisa, pero no respondió.

–Siempre puedes alcanzarla volando, ¿no es así? –añadió entonces el muchacho a media voz.

–¿Qué quieres decir?

–Transfórmate en dragón, alza el vuelo y déjame atrás –propuso él–.

Quizá me ponga enfermo, pero tus huevos son más importantes, y a lo mejor consigues volver a tiempo, antes de que sea demasiado tarde para mí.

O podrías llevarme contigo sobre tu lomo –añadió, recordando las ilustraciones que había visto en el libro de Casio–.

No sé si lo has hecho alguna vez y probablemente no te haga especial ilusión, pero...

Nivalan se echó a reír. Era una risa cansada y amarga, la risa de quien ya ha perdido toda esperanza.

–Ay, cachorro –le dijo–. ¿No lo has entendido todavía? No puedo transformarme a voluntad. Necesito alejarme de ti lo bastante para que nuestro vínculo se debilite, y solo entonces podría intentar recuperar mi cuerpo de dragón.

Él la miró anonadado.

–¿Qué? Pero yo pensaba... Me hiciste creer...

–Sí, te engañé para tenerte controlado; pensabas que en cualquier momento podría convertirme en dragona y devorarte, ¿verdad?

–Se rio de nuevo sin alegría–. Bueno, pues no era así.

Solo sería capaz de hacerlo si nos separásemos, y en esta isla no hay mucho espacio para ello, me temo.

Por otro lado –añadió abatida–, tampoco estoy segura de que lo consiguiese en otras circunstancias.

Milo estaba aún asimilando aquella revelación sobre su compañera; le molestaba saber que le había mentido todo aquel tiempo, pero no fue capaz de enfadarse con ella porque nunca la había visto tan triste y derrotada.

–¿A qué te refieres? –le preguntó en un susurro.

La mujer dragón hundió el rostro entre las manos. Temblaba un poco, como si estuviese conteniendo las ganas de llorar.

–Mis poderes están fallando, ¿no lo has visto? Mi hielo no logró atrapar a Scorpius en Puerto Calamidad, y en cuanto a la serpiente marina...

Milo recordó entonces la extraña escena que había presenciado a bordo del Tifón .

–¿Qué sucedió con ella? ¿Intentaste hechizarla y no funcionó?

Nivalan hizo una mueca.

–No necesito hechizar a una serpiente marina para que me obedezca –replicó con cierta arrogancia–.

Esas criaturas se someten a los dragones de forma natural.

Somos superiores a ellas y lo saben. Y esta debería haberme escu chado, debería haberse marchado cuando se lo ordené.

Si no lo hizo, fue... porque no me reconoció como dragón.

–Bueno, eso no es tan extraño, puesto que ahora tienes un cuerpo humano... –empezó Milo; intentaba animarla, pero ella le dirigió una mirada profundamente ofendida.

–Debería haber sabido quién soy, de todas formas –insistió–. Si se atrevió a hacerme frente no se debió a mi cuerpo humano, sino a que yo... estoy dejando de ser yo. Y no estoy segura de que eso tenga vuelta atrás –concluyo con angustia.

Su compañero se quedó mirándola mientras trataba de comprender lo que implicaban aquellas palabras.

En aquel momento llegaron Ulros y Casio. Parecían inquietos y desconcertados, y Milo se dio cuenta de que no traían buenas noticias.

–Hemos recorrido toda la isla y no hemos encontrado a Silka por ninguna parte –dijo el bárbaro.

–¿Estáis seguros de que estaba aquí? –preguntó Milo a su vez.

–Por supuesto que sí. Todos hemos hablado con ella, ¿verdad? –replicó Ulros, paseando la mirada por sus compañeros–. ¿Qué piensas? ¿Que me lo he imaginado todo?

–¿La capitana se ha marchado? –exclamó entonces Doria, acercándose a ellos con gesto alarmado–. ¿Cómo, nadando? ¿Y adónde se ha ido?

–¿Y si no se ha marchado por voluntad propia? –planteó el bárbaro, cada vez más preocupado–. ¿Y si alguien la ha secuestrado?

–¿Quién? –interrogó Casio.

–Scorpius, por ejemplo...

Los náufragos cruzaron una mirada llena de incertidumbre. Doria se frotó los brazos en un intento de entrar en calor. También ella, como los demás, tenía la ropa mojada.

–¿Qué va a ser de nosotros ahora? –se preguntó–. ¿Cómo vamos a salir de aquí?

–¿Puedes teletransportarnos a otro sitio, Casio? –dijo Milo–. ¿A bordo del Tifón , por ejemplo?

El aprendiz negó con la cabeza.

–No si está en movimiento –respondió–. Y si al final resulta que se hundió y se encuentra en el fondo del mar... En fin, puede que trasladarnos allí no sea una idea muy inteligente.

–Pero puedes devolvernos a Puerto Calamidad –dijo Doria de pronto–. ¿Verdad que sí?

–Podría, sí, pero estamos tan lejos que solo sería capaz de llevar a uno cada vez, y tendría que descansar entre viajes...

–Ni hablar –intervino Nivalan con rotundidad–. Estamos muy cerca de nuestro destino; no vamos a volver atrás.

–Habla por ti –masculló Doria enfurruñada–. Me habéis traído aquí a la fuerza, y la verdad es que yo preferiría encontrarme en cualquier otra parte.

–No retrocederemos –insistió la mujer dragón.

–Muy bien –suspiró entonces Milo–. No sabemos dónde está la capitana ni qué ha sido del resto de la tripulación, pero quizá podamos hacer alguna clase de señal, ¿no? Si el Tifón sigue por aquí cerca, a lo mejor conseguimos que nos vea.

–Muy buena idea –se animó Casio–. ¿En qué estás pensando? ¿Luces de colores, quizá?

–En algo más sencillo, como una hoguera, tal vez. He visto que crecen algunas hierbas en este lugar; si no están demasiado húmedas, quizá podamos prenderles fuego. –Se estremeció–. Y nos vendrá bien secarnos un poco, por otro lado.

C ombinando la hojarasca que recogieron con un poco de la magia ígnea de Casio, lograron encender un fuego bastante decente y se apiñaron alrededor para entrar en calor.

Se sintieron algo mejor cuando sus ropas comenzaron a secarse, pero entonces los asaltó una necesidad no menos acuciante: empezaban a tener hambre y sed, y en aquel islote no había nada que comer ni tampoco agua potable.

–Podrías haber salvado algunas provisiones, en lugar de esos libros tuyos –gruñó Doria.

–¡Los libros son muy valiosos! –se defendió Casio.

–Es posible, pero no se pueden comer.

–Tú tenías una buena biblioteca en la casa de tu familia –rememoró Milo–. En aquel entonces, te gustaban mucho los libros.

Casio miró a la muchacha con curiosidad, pero ella se limitó a encogerse de hombros.

–Eso fue hace mucho tiempo –respondió.

Nivalan se tensó de pronto, con los ojos muy abiertos y expresión alerta.

–Alguien viene –dijo.

Sus compañeros se miraron unos a otros. Estaban todos reunidos en torno al fuego. ¿Quién podría estar acechándolos en la oscuridad?

Ulros, Milo y Doria se llevaron la mano al cinto, buscando sus armas. Casio se incorporó y escudriñó las sombras, inquieto.

Oyeron entonces unos chapoteos en la orilla, no lejos de donde ellos se encontraban, y se aproximaron a comprobar de qué se trataba, con precaución.

Milo temió por un momento que la serpiente marina los hubiese seguido hasta allí; pero la criatura que emergía del agua, fuera lo que fuese, parecía mucho más pequeña.

Los tres detectaron al fin una figura sinuosa que se movía sobre las rocas. Casio pronunció las palabras de un hechizo e hizo aparecer ante ellos una esfera luminosa. El resplandor mágico bañó los rasgos de un curioso animal de piel lisa, grandes ojos redondos y largos bigotes.

Milo lo reconoció: se trataba de una de las criaturas que había visto bajo el agua, tras el ataque de la serpiente marina.

–Solo es una foca –exclamó Casio, aliviado.

–Una foca muy grande –observó Doria con cierta inquietud.

Como si los hubiese entendido, el animal les dirigió una mirada de reproche.

Después sacudió la cabeza, se irguió sobre su cola e hizo algo extraño con las aletas, frotándose el cuerpo como si tratara de despojarse de su propia piel.

Milo no sabía nada acerca de las focas, pero tenía la sensación de que aquel no era un comportamiento normal en ninguna clase de criatura.

Porque, en efecto, la membrana que la cubría comenzó a desprenderse de su cuerpo para caer en pliegues a sus pies. Y ante el estupor de los náufragos, de debajo de la piel de foca emergió un cuerpo humano... Un cuerpo femenino.

Por fin, la capitana Silka se alzó ante ellos, vestida con su ropa habitual y completamente empapada.

Con total naturalidad, se inclinó para recoger el pellejo del suelo, lo dobló con mimo y lo guardó en uno de sus saquillos.

Después, retorciéndose la trenza para eliminar el exceso de agua, dirigió a sus compañeros una sonrisa socarrona.

–¡Bueno, bueno, bueno! –exclamó–. ¿Qué hay, pisatierras? ¿Me habéis echado de menos?