11
–¿Qu é está pasando ? –soltó Doria, estupefacta–. ¿Ha hechizado a la serpiente?
–No estoy seguro de que se trate de eso –respondió Casio con seriedad.
Cruzó una mirada con Milo, quien, una vez más, se preguntó cuánto sabía realmente el aprendiz.
–Y ahora, ¿qué? –murmuró el muchacho–. ¿Se va a marchar, sin más?
Nivalan seguía conversando con el monstruo marino; este mantenía la cabeza baja, aunque la sacudía de vez en cuando, como si no terminara de asimilar la situación.
–Pasa algo –dijo entonces Milo–. La serpiente no se ha sometido del todo.
La voz de la mujer dragón sonaba cada vez más impaciente y autoritaria. El monstruo la escuchaba con los ojos entornados y la boca entreabierta.
–No va bien –insistió Milo.
No lo pensó más: abandonó su escondite detrás del mástil y echó a correr hacia Nivalan.
Justo en aquel momento, la serpiente marina lanzó un pavoroso chillido y se arrojó sobre la mujer dragón, dispuesta a devorarla. Ella se quedó quieta en el sitio, incapaz de reaccionar; por alguna razón, no esperaba que la criatura desafiara su control.
–¡Nivalan! –gritó Milo.
Primero pensó que no llegaría a tiempo para salvarla. Después, se preguntó qué iba a hacer él exactamente contra una gigantesca serpiente marina.
Por fortuna, alguien alcanzó a la mujer dragón antes que el monstruo. Ulros se había precipitado hacia ella y le tiró del brazo con brusquedad, obligándola a retroceder. Esquivaron el ataque de la serpiente por muy poco y corrieron a trompicones para ponerse a salvo.
–¡Buscad refugio! –exclamó entonces la capitana–. ¡Nosotros os cubriremos!
Ulros echó una mirada por encima del hombro y vio que Silka, armada con un gran arpón, se interponía entre ellos y el monstruo. Dejó a Nivalan al cuidado de Milo, que los había alcanzado ya, y se volvió hacia la capitana.
–¿Qué diablos crees que estás haciendo? –le espetó.
–¡Este es mi barco! –replicó ella con rabia–. ¡Y voy a defenderlo! Quédate a pelear o ponte a cubierto, ¡pero no intentes detenerme!
Media docena de marineros se reunieron entonces a su alrededor, dispuestos a luchar también contra la serpiente marina. Ulros enarboló su arpón y exclamó, con una sonrisa de oreja a oreja:
–¡Me apunto!
La criatura chilló y embistió el barco, que, sin nadie al timón, comenzó a balancearse sin control, a merced del oleaje. Milo y Nivalan perdieron el equilibrio y cayeron al suelo. El muchacho trató de ayudar a su compañera a levantarse, pero ella apenas reaccionaba.
–No tendría que haber pasado así –murmuró–. Tendría que haberme escuchado.
–No hay tiempo para eso, Nivalan –le dijo Milo–. Vamos; hemos de ponernos a cubierto.
Como la mujer dragón no se movía, el chico tiró de ella con insistencia, hasta que logró ponerla en pie. Después se echó uno de sus brazos sobre los hombros y la cargó como pudo, alejándola del peligro.
En aquel momento, los marineros lanzaron gritos de victoria desde el otro extremo del barco: habían perdido de vista a la serpiente marina, que había desaparecido de nuevo bajo las aguas.
Casio y Doria se atrevieron entonces a salir al encuentro de sus compañeros, y entre los tres arrastraron a Nivalan hasta su escondite tras el mástil.
Pero, cuando llegaron, comprobaron con espanto que alguien los esperaba allí.
El monstruo no se había marchado, en realidad: su enorme cabeza escamosa emergía ahora por el otro costado del navío, y sus ojos los contemplaban con fijeza.
Casio lanzó una exclamación de horror y ejecutó un rápido hechizo de ataque, pero la serpiente se limitó a esquivarlo.
Ladeó la cabeza y clavó la mirada en Nivalan, y fue tan evidente que solo estaba interesada en ella que Milo comprendió que había abandonado la lucha contra los marineros solo para poder seguir a la mujer dragón hasta allí.
Nivalan lo contempló con cansancio.
– Kandurun... gok –murmuró.
La serpiente marina emitió un horrible chillido y su cuerpo formidable arremetió contra el barco, inclinándolo tanto que la mujer dragón y sus compañeros, incapaces de mantener el equilibrio, se precipitaron sobre la borda... y cayeron al agua.
Milo se encontró braceando con desesperación en medio del océano.
No sabía nadar; nunca había tenido ocasión de aprender y, desde luego, aquel tampoco parecía el mejor momento para empezar.
Sintió algo enorme que se deslizaba bajo sus pies, a través del agua, y pugnó por alejarse de allí, aterrorizado.
Lo último que vio antes de sumergirse por completo fue la figura de la capitana Silka saltando desde la borda del Tifón , y se preguntó vagamente por qué cometería semejante locura.
C uando Milo recuperó la conciencia, era ya de noche y una luna casi llena brillaba sobre él en un cielo cuajado de estrellas. Lo más destacable de la situación, aparte del hecho de que no estaba muerto, era que el suelo no se movía bajo su cuerpo: se encontraba en tierra firme.
Levantó la cabeza con precaución. Se hallaba tumbado en un suelo de roca dura y húmeda, y él mismo también estaba empapado. Se incorporó y miró alrededor, aturdido.
Localizó a Casio sentado a su lado, comprobando el estado de sus pertenencias. Su pelo y su túnica goteaban, pero tanto su morral como los libros que extraía de su interior parecían incongruentemente secos.
–¿Ya estás despierto? –preguntó el aprendiz–. Has tardado un poco en volver en ti; nos tenías preocupados.
Milo se incorporó un poco más, todavía confuso.
–¿Dónde estamos? –preguntó.
–En un islote. No es muy grande y no hay nada más que rocas y un par de matojos, pero la capitana dice que no debemos preocuparnos por nada, así que... –concluyó, encogiéndose de hombros.
Su amigo frunció el ceño.
–¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Había un monstruo marino... ¿O lo he soñado todo?
–No ha sido un sueño, te lo aseguro. Yo tampoco lo entiendo bien, pero lo importante es que estamos todos vivos y a salvo. Los que caímos al agua, al menos. No sé qué pasó con el Tifón ni con su tripulación.
Milo se puso en pie de un salto y miró alrededor.
El islote era, en efecto, un minúsculo pedazo de tierra en mitad del océano.
A unos veinte pasos de ellos divisó a Nivalan, que estaba sentada en la orilla y contemplaba la luna con aire desdichado.
Un poco más allá, Doria se dedicaba a lanzar guijarros al agua, aburrida.
A Ulros y a la capitana no se los veía por ninguna parte, pero quizá se encontrasen al otro lado, tras el montículo de roca que se elevaba en medio de la isla.
–Ah –dijo entonces Casio, muy aliviado–. Parece que mis cosas no han sufrido desperfectos. No lo daba por sentado, la verdad.
–¿No se mojaron tus libros cuando caímos al agua? –preguntó Milo, acuclillándose a su lado–. ¿Cómo es posible?
–Les apliqué un conjuro de impermeabilidad antes de embarcar –explicó él–. Para que repeliesen el agua, por si acaso. No es una magia complicada, pero nunca la había probado en situaciones tan extremas.
El muchacho sacudió la cabeza.
–Esto tiene que ser un sueño. No comprendo por qué estamos aquí y no en la panza de un monstruo marino.
El aprendiz lo miró de reojo.
–¿Qué es lo que recuerdas? –le preguntó.
Milo cerró los ojos para concentrarse. Evocó el aterrador momento en que había caído por la borda del Tifón , con el sinuoso cuerpo de la serpiente moviéndose bajo sus pies. Se acordó de haber visto después a la capitana Silka saltando tras ellos; luego, se había hundido en el mar...
Había otra imagen, pero no estaba seguro de si formaba parte de sus recuerdos o de algún extraño sueño: el rostro de una criatura gris de grandes ojos redondos que lo observaba bajo el agua...
Otros seres de la misma especie lo rodearon. Tenían aletas en lugar de manos y pies, cabezas redondeadas sin orejas visibles y morros adornados por bigotes similares a los de los gatos.
Y después..., oscuridad.
Sacudió la cabeza.
–No estoy muy seguro –respondió–. Vi unas criaturas bajo el agua, pero quizá lo he soñado todo.
–Las focas –respondió Casio sonriendo–. Las focas nos salvaron y nos trajeron hasta aquí.
–¿Focas? –repitió Milo.
–Son unos animales que viven en el mar. No respiran bajo el agua, creo, pero se las apañan muy bien en ella, como has podido comprobar.
–Pero... ¿y la serpiente marina?
–Perdió el interés en nosotros en cuanto caímos por la borda, quizá porque los marineros siguieron atacándola desde el barco para llamar su atención. –Arrugó el ceño, preocupado–. Las focas nos arrastraron lejos de allí, y no sé cómo acabó todo. Espero que estén todos bien.
Milo no tuvo ocasión de decir nada más, porque en aquel momento llegó Ulros, procedente del otro extremo del islote.
–¿Habéis visto a Silka? –les preguntó–. Estaba aquí hace nada.
Ellos negaron con la cabeza.
–¿Cómo es posible? –exclamó el bárbaro con perplejidad–. Este lugar no es tan grande; no puede haber desaparecido sin más.
–Te ayudaré a buscarla –se ofreció Casio.
Milo, por su parte, se acercó a Nivalan, que seguía sentada junto a la orilla, sumida en profundas reflexiones.
–Hola –saludó.
Ella no respondió, de modo que el chico se sentó a su lado.
–¿Qué te pasa? –le preguntó–. Tienes mala cara.
La mujer dragón se limitó a alzar la cabeza hacia la luna.
–Eso pasa –replicó–. Mis huevos están a punto de eclosionar y nosotros estamos atrapados en esta isla, sin posibilidad de escapar. –Suspiró–. No vamos a llegar a tiempo, cachorro. Mis hijos nacerán y yo no estaré allí para verlo.
Milo se quedó contemplándola, sin saber qué decir.
En el Anfiteatro se había enterado de que las crías de dragón quedarían irremediablemente vinculadas a la primera persona que vieran nada más romper el cascarón.
Incluso en el caso de que lograran recuperarlas después, su relación con su madre quedaría deteriorada para siempre.
Colocó una mano sobre el hombro de su compañera, tratando de reconfortarla.