Sombras de plata (Cuatro Lunas 4) 10 #3
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–Lo suficiente para hacer zozobrar el barco, si se lo propone –respondió Doria–. O, al menos, eso cuentan las leyendas.

Ulros palideció.

En aquel momento regresaron la capitana y el contramaestre, seguidos de un grupo de marineros. Iban todos armados con cuerdas y arpones de buen tamaño; traían de más, de hecho, y se apresuraron a repartirlos entre sus compañeros.

El bárbaro se unió a ellos y tomó un arpón. Entretanto, Silka, sin dejar de impartir órdenes, corría hacia el puente de mando para sustituir al timonel. Cuando el monstruo se alzó de nuevo entre las olas, arrastrando al barco, la capitana aferró el timón con fuerza y luchó por controlarlo.

Una gigantesca cabeza llena de dientes y cubierta de escamas se elevó sobre el Tifón . La criatura clavó la mirada en las personas que la contemplaban con estupor desde la cubierta y lanzó un chillido inhumano que les heló la sangre.

Una vaharada de aliento fétido se abatió sobre ellos. A Milo le temblaron las piernas y tuvo que sujetarse de las cuerdas para no caerse.

Los marineros reaccionaron deprisa. Un coro de gritos de batalla resonó por todo el navío, mientras sus tripulantes atacaban al monstruo arrojándole lanzas y arpones.

Algunos resbalaron sobre su cuerpo cubierto de limo, pero otros consiguieron abrir un hueco entre sus escamas.

La serpiente se sacudió con irritación y chilló de nuevo.

–No podremos derrotarla –murmuró entonces Casio, aterrorizado–. Es demasiado grande.

–¿No puedes hacer algo con tu magia? –le espetó Doria–. Lánzale una bola de fuego o conviértelo en una cucaracha, o lo que quiera que sepas hacer.

–No es tan sencillo –se defendió el aprendiz–. Además, tiene el cuerpo demasiado húmedo; no creo que le afecten los proyectiles ígneos.

Milo se preguntó si Nivalan sería capaz de congelar al monstruo. Dado que este mantenía buena parte del cuerpo bajo el agua, quizá a la mujer dragón le resultaría sencillo inmovilizarlo con su poder.

La criatura se abalanzó sobre los marineros que la atacaban desde la cubierta. Algunos continuaron arponeándola con valentía; otros retrocedieron entre alaridos horrorizados. Los que se mantuvieron firmes aguardaron hasta el último momento antes de apartarse de la trayectoria de las mandíbulas.

Hubo uno que no fue bastante rápido. La serpiente marina lo atrapó entre sus dientes y alzó la cabeza para engullirlo de un bocado.

Los gritos de espanto del desdichado marinero resonarían en las pesadillas de sus compañeros durante mucho tiempo.

–¡Atrás! ¡Atrás! –gritó el contramaestre.

El monstruo chilló otra vez y embistió el barco, zarandeándolo con violencia. Silka lanzó una exclamación y trató de enderezar el timón.

Milo comprendió que, si no hacían algo pronto, la serpiente marina acabaría por hundir el navío y devorarlos a todos. Miró alrededor en busca de Nivalan porque se dio cuenta de pronto de que ya no se encontraba junto a ellos.

Y vio a la mujer dragón avanzando por la cubierta, en dirección al lugar donde los marineros combatían a brazo partido contra el monstruo.

Caminaba descalza sobre los tablones mojados, con la vista fija en la criatura, a la que observaba como si estuviese a punto de regañarla por su mal comportamiento.

–¡Nivalan! –exclamó el muchacho–. ¡Ten cuidado!

–¿Se ha vuelto loca? –preguntó Doria con perplejidad–. ¿Adónde va?

–Déjala –intervino Casio–. Parece que sabe lo que hace.

En efecto, Nivalan mostraba gran seguridad en sí misma; al parecer, no la impresionaban ni el tamaño del monstruo ni sus dientes letales. Silka la vio desde el timón y le gritó:

–¡Eh! Eh, ¿qué haces? ¡Ponte a cubierto!

Pero ella no la escuchaba. Esquivó a un marinero que retrocedía para alejarse de la bestia y continuó adelante, abriéndose paso entre los arponeros. Algunos se volvieron para mirarla con sorpresa.

–Es peligroso seguir adelante, señora –le dijo uno.

–No para mí –replicó ella–. Dejadme continuar.

Los marineros cruzaron una mirada y se encogieron de hombros.

–Como quieras –respondió el primero–. Pero no nos hacemos responsables de tu seguridad.

Nivalan no se molestó en responder a eso. Siguió avanzando sin inmutarse hasta que se situó ante la serpiente marina. Al principio, esta no reparó en ella, pues estaba concentrada en los tripulantes que la atacaban. Pero, entonces, la mujer dragón gritó:

–¡Criatura de las profundidades! ¡Escúchame!

El monstruo ladeó un poco la cabeza, como si la hubiese oído pero no la considerase lo bastante interesante para prestarle atención. No obstante, Nivalan continuó, y lo hizo en un idioma que nadie más fue capaz de entender:

– ¡Kanzrak mangul surun! ¡Draek-Nivalan kandurun gok!

Y ante la sorpresa de todos los presentes, la serpiente marina se volvió hacia ella y la contempló con asombro, como si hubiese detectado su presencia por primera vez.

– ¡Kandurun gok, mit kanzrak! –insistió la mujer dragón, con una voz profunda que no parecía suya.

El monstruo vaciló un instante. Después, lentamente, se separó del barco e inclinó la cabeza ante Nivalan.