10 #2
–Peor –murmuró Casio–. Me parece que Scorpius ha detectado la presencia de Doria al otro lado... y ha cortado la comunicación con ella. No está interesado en volver a contactar.
Doria desvió la mirada con un resoplido que revolvió los mechones de su flequillo.
–Me pregunto por qué –masculló con sarcasmo.
Milo sacudió la cabeza.
–Si eso es verdad, acabamos de cometer un grave error –opinó–. Porque, si él no estaba al tanto de que Doria seguía viva, ahora, desde luego, ya lo sabe.
–No solo eso –apuntó Casio–: también es muy posible que haya descubierto que vamos de camino.
Los tres jóvenes cruzaron una mirada. Milo tragó saliva.
–¿Se lo decimos a Nivalan? –preguntó.
–No podemos estar seguros de eso –se apresuró a replicar Doria–. Se irrita con facilidad cuando las cosas no salen como ella quiere, ¿verdad? No tiene sentido molestarla con suposiciones.
–Pero, si Casio está en lo cierto, hemos perdido la ventaja que teníamos –insistió Milo–. Llegaremos a esa isla y Scorpius nos estará esperando. Quizá nos dirijamos a una trampa.
–No nos pongamos nerviosos –murmuró Casio–. En teoría, no divisaremos la isla hasta el atardecer, ¿no es así? Tenemos tiempo de pensar en algo. Si no se nos ocurre nada, lo hablaremos con los demás.
–De todas formas, si es verdad que Scorpius está allí, nos verá acercarnos –señaló Doria. Los dos se volvieron para mirarla, y ella añadió–: ¿Qué pasa? ¿No se os había ocurrido a ninguno?
–Ah, bueno... No nos habíamos parado a pensar en ello todavía –reconoció Milo.
Lo cierto era que en su momento había creído que, puesto que aún tenían un largo viaje por delante, contarían con tiempo de sobra para elaborar un plan sobre la marcha. Aún le costaba asimilar el hecho de que estuviesen tan cerca de su objetivo por fin.
P asaron las horas siguientes debatiendo acerca de distintos planes de acción.
Todos ellos incluían que Casio uti lizase su magia de una manera o de otra, pero los hechi zos que Doria y Milo proponían estaban muy por encima del nivel de su amigo.
Así, no podía teletransportarlos a todos a la isla, porque era un lugar que él no había visi tado nunca.
Tampoco sería capaz de hacer invisible el barco y a su tripulación, ni de invocar una nube para que los ocultara.
–Nivalan sabe generar niebla –recordó entonces Milo–. Quizá pueda crear una bruma lo bastante densa para ocultarnos.
Sus compañeros se volvieron hacia él.
–Pues no es mala idea –comentó Casio–. ¿Puede mantenerla durante mucho rato? Porque el problema de los conjuros atmosféricos es que requieren mucha energía y se disipan en cuanto el mago se agota.
Milo recordó la niebla eterna que cubría el Pico Brumoso.
–Durante años, si es necesario –respondió con una sonrisa–. Aunque, ahora que lo pienso, Scorpius podría aclararla con su magia. Ya lo hizo una vez, de hecho.
–Hum –murmuró Casio, pensativo–. Bueno, no perdemos nada por probar.
Pero, antes de que tuviesen ocasión de poner a Nivalan al corriente del plan, uno de los marineros entró en el camarote en busca del aprendiz.
–La capitana te necesita arriba, hechicero –le dijo–. No sopla ni gota de viento.
Casio suspiró resignado y se puso en pie, dispuesto a cumplir con su tarea. Sus amigos lo acompañaron hasta la cubierta, donde encontraron a Silka contemplando el velamen con desconcierto.
–Se ha detenido el viento de repente –comentó–. Como si alguien lo hubiese cortado con un cuchillo.
El Tifón todavía avanzaba con lentitud, aunque cada vez más despacio. A su alrededor, el océano parecía una balsa de aceite.
En aquel momento, el vigía anunció que divisaba tierra en el horizonte.
Milo y sus compañeros se precipitaron hacia la borda para comprobarlo, pero no vieron nada hasta que la capitana se reunió con ellos, les prestó su catalejo y les indicó hacia dónde debían mirar.
A través del instrumento, descubrieron entonces una lejana mancha oscura que sobresalía del mar.
–¿Es la isla que viste en la esfera? –le preguntó Milo a Doria.
–Desde esta distancia, no puedo estar segura –respondió ella–. Pero parece que tiene una montaña similar a la que recuerdo.
Le tendió el catalejo a Nivalan, pero ella no lo cogió; permanecía en silencio junto a ellos y, extrañamente, no parecía interesada en el pedazo de tierra al que se dirigían.
–Va a pasar algo –dijo de pronto, tensa.
Tenía la vista fija en la superficie del mar y escudriñaba las aguas con gesto impenetrable.
–Está ahí abajo –añadió.
–¿El qué? ¿Qué hay ahí abajo? –preguntó Milo.
En aquel momento, un marinero lanzó una exclamación de alarma. Algunos de sus compañeros se apresuraron a reunirse con él junto a la borda. El chico se puso de puntillas para escudriñar el lugar que llamaba tanto su atención, pero no vio nada en un principio.
–¡Allí! –exclamó entonces Doria, señalando con el dedo.
Milo descubrió una ligera ondulación en la superficie del agua. Los tripulantes permanecían atentos, en tensión.
La onda se movía, advirtió el muchacho. Detectó algunas más avanzando hacia ellos, formando una figura serpenteante. Seguía sin soplar ni una brizna de brisa.
Fue entonces cuando Milo comprendió, sin aliento, que aquellos rizos en el agua no pertenecían a varias criaturas, sino a una sola. Alzó la cabeza para tratar de distinguir el lugar donde la ondulación acababa y no fue capaz de hacerlo.
Casio también se había dado cuenta.
–¿Cómo de grande es esa cosa? –preguntó casi sin voz.
–No puede ser un pez –añadió Doria con perplejidad.
En aquel momento, algo golpeó el casco del barco y lo hizo oscilar con fuerza. Milo se aferró a la borda y cruzó con sus amigos una mirada llena de inquietud.
–¿Qué es esto? –preguntó entonces Ulros, acercándose a grandes zancadas–. ¿Hemos chocado con algo?
Silka se volvió hacia él, dubitativa. Pero, cuando la criatura submarina volvió a zarandear el navío, reaccionó con un grito de guerra:
–¡A las armas! ¡A las armas! ¡Coged los arpones, las redes y las lanzas! ¡Defended el barco!
Después salió corriendo sin aclarar nada más, seguida de su contramaestre.
El bárbaro se reunió con sus compañeros, aún desconcertado.
–¿Qué es esto? –repitió–. ¿Nos atacan? No se ve ningún otro barco en el horizonte...
En aquel momento, la criatura sacudió el casco por tercera vez y algo emergió de las aguas. Los cuatro corrieron a la borda para ver qué era.
Solo distinguieron un enorme lomo escamoso, cubierto de limo, con una hilera de espinas que lo recorría longitudinalmente. Después, el monstruo volvió a sumergirse, pero los pasajeros del Tifón ya se habían hecho una idea de sus dimensiones.
–Parece una serpiente –murmuró Milo con inquietud.
–Una serpiente del tamaño de un dragón –añadió Ulros, frunciendo el ceño.
–¡Es un tipo de monstruo marino! –gimió Casio–. He visto ilustraciones en los libros. Pensaba que habitaban en los confines de los océanos...
–En las profundidades, más bien –murmuró Doria–. Me pregunto qué le habrá hecho salir.
–No puede ser tan grande como parece, ¿verdad? –preguntó Milo, cada vez más preocupado.