10
El día transcurrió con total normalidad , hasta el punto de que el recuerdo del abordaje llegó a pa recerles fruto de su imaginación.
Ulros habló del tema en privado con Silka y ambos mantuvieron una con versación acalorada que terminó con el bárbaro profunda mente decepcionado.
Cuando sus compañeros le preguntaron al respecto, él respondió:
–Dice que, de las Islas Salobres hacia el norte, el Tifón es un simple barco mercante, pero que, en aguas meridionales, ella y su tripulación se dedican a la piratería. –Sacudió la cabeza con disgusto–. No me parece bien, pero Silka dice que es la vida que ella ha escogido y no la va a cambiar.
–Bueno, ¿por qué tendría que hacerlo? –replicó Doria con indiferencia–. Como si el mundo le debiese alguna cosa...
–No está bien apoderarte de cosas que no son tuyas –apuntó Milo.
–Porque, además, sus legítimos dueños podrían estar interesados en recuperarlas, y se les podría ocurrir..., no sé, hacerte pagar tu impertinencia –añadió Nivalan con frialdad–. De muy variadas y dolorosas maneras –dejó caer.
Doria no replicó.
–Silka ha añadido que, si no estamos contentos con el servicio, podemos desembarcar pasado mañana en Puerto Arrecife –concluyó Ulros–. Pero se va a quedar con las pertenencias de Doria de todas formas, por las molestias.
El grupo debatió entonces lo que debían hacer a continuación.
Tanto Milo como Nivalan se mostraron dispuestos a seguir adelante de todos modos, pues temían que, si abandonaban el Tifón , no serían capaces de encontrar otro barco que los llevase hasta su destino antes de que se cumpliera el plazo.
Casio abogaba por intentarlo, al menos; al fin y al cabo, argumentó, Puerto Arrecife era una gran ciudad con mucho tráfico marítimo.
Doria, por su parte, declaró que a ella no se le había perdido nada a bordo y que prefería desembarcar y seguir su camino en solitario.
–Tu opinión no cuenta, robahuevos –replicó Nivalan, ceñuda–. Harás lo que nosotros decidamos.
La muchacha gruñó por lo bajo, pero no se molestó en contradecirla.
–¿Qué dices tú, Ulros? –preguntó entonces Milo–. ¿Intentamos buscar otro barco más respetable?
El hombretón se había cruzado de brazos y reflexionaba con el ceño arrugado. Por fin, alzó la cabeza y dijo:
–Yo voto por seguir el viaje en el Tifón .
Y no hubo más que hablar.
D os días más tarde, el barco atracó en Puerto Arrecife, la ciudad más importante del Reino Insular.
Llegaron temprano por la mañana y apenas tardaron unas horas en car gar todo lo necesario para continuar el viaje.
No tenían previsto pernoctar allí, pero a los marineros no pareció importarles.
Sus acciones estaban revestidas de cierta urgencia, y Milo se preguntó si no tendría algo que ver el barco que habían asaltado unos días atrás.
La escala, de hecho, fue tan breve que la capitana no permitió desembarcar a sus pasajeros si tenían intención de continuar el viaje con ella.
–Es vuestra última oportunidad –les dijo–. Si vais a abandonar el Tifón , debéis hacerlo ahora. Pero, si bajáis a puerto, ya no podréis volver a embarcar.
Los compañeros cruzaron una mirada.
–Continuamos –declaró entonces Nivalan con firmeza.
Mientras el barco se alejaba del muelle, rumbo a aguas desconocidas, Milo se preguntó si habían tomado la decisión correcta.
Desde la conversación que Ulros había mantenido con Silka, nadie había vuelto a mencionar el hecho de que los tripulantes del Tifón fuesen también piratas.
Parecía claro que, superada la irritación que le había causado la pérdida temporal de su preciado saquillo, Silka no tenía nada en contra de sus pasajeros y estaba todavía dispuesta a cumplir su parte del trato.
Y, de todas formas, aunque Milo o alguno de sus compañeros albergase dudas al respecto, ya no había nada que pudiesen hacer, salvo confiar en su palabra.
R eanudaron la travesía sin novedad y, para alivio de los pasajeros, sin más abordajes por parte de los piratas.
Pronto se sumieron todos en la rutina que ya conocían, aunque Nivalan se mostraba más inquieta a medida que se acercaban a su objetivo.
Lo primero que hacía al subir a cubierta cada amanecer era dirigirse a la capitana y preguntarle:
–¿Cuánto falta para llegar?
A lo que ella seguía contestando:
–Un poco más.
Sin embargo, una mañana la respuesta fue diferente:
–Con viento favorable, dos días.
Nivalan no se lo esperaba. Se quedó mirando a Silka como si no hubiese oído bien.
–¿Dos días para alcanzar la isla donde vive el mago? –quiso asegurarse.
–Dos días para llegar hasta la isla que me habéis descrito –confirmó ella–. No sé si es donde vive el mago que estáis buscando, y tampoco me importa. No es mi problema; yo me limitaré a cumplir lo acordado y ya está.
Nivalan frunció el ceño, escéptica.
–¿Cómo puedes saber dónde estamos? –la cuestionó–. No he visto mapas en tu camarote.
–No los necesito –replicó la capitana sin volverse.
La mujer dragón sacudió la cabeza con incredulidad.
Una de las cosas que más echaba de menos de su antigua vida era la capacidad para orientarse.
A ras de suelo no podía ver el mundo desde arriba y, por tanto, le costaba calcular las distancias y situar los lugares de referencia.
Descubrir la existencia de los mapas y aprender a interpretarlos le había facilitado mucho su viaje, y le había parecido perfectamente lógico que los capitanes de navío empleasen cartas náuticas, además de sus conocimientos sobre la posición de los astros.
No lograba comprender cómo era posible, pues, que Silka renunciase a ellas por propia voluntad.
–He viajado otras veces en barco y sé que los marinos utilizan mapas –insistió.
–Yo no los necesito –reiteró la capitana.
Dado que no parecía dispuesta a continuar la conversación, Nivalan dio media vuelta para compartir la noticia con sus compañeros. Antes de alejarse, sin embargo, y tras dudar un instante, dijo:
–Gracias.
Silka se limitó a asentir sin apartar la mirada del horizonte, y la mujer dragón no añadió nada más.
A quel día discurrió tranquilo y sin incidentes, pero, a lo largo de la jornada siguiente, y a medida que se aproximaban a su destino, los acontecimientos se precipitaron.
Todo comenzó cuando Casio subió a toda prisa a la cubierta en busca de sus compañeros. Halló primero a Milo, que holgazaneaba sentado sobre la borda, con los pies descalzos colgando sobre el agua.
–¿Qué pasa? –preguntó el muchacho al ver el gesto alarmado de su amigo–. ¿Hay algún problema?
–No sé si es un problema, en realidad –respondió el aprendiz–. Mira.
Extrajo del bolsillo de su túnica una pequeña bola de cristal que destellaba con un brillo rojizo y pulsante, como un pequeño corazón luminoso.
–Es la esfera que le confiscamos a Doria –siguió explicando–. Ha empezado a hacer esto de repente.
–No es normal, ¿verdad? –quiso asegurarse Milo.
–Que yo sepa, no. Se supone que se trata de un artefacto de comunicación; no debería estar emitiendo ningún tipo de señal.
–¿Eso es lo que hace? ¿Emitir una señal?
–Es lo que parece, sí. Y no sé qué significa.
–Tal vez Doria tenga alguna idea al respecto –sugirió Milo.
Casio le dirigió una mirada dubitativa.
–¿Crees que podemos confiar en ella?
–No –respondió él–, pero no se me ocurre a quién más podríamos preguntar.
–¿Nivalan tampoco podría orientarnos? –preguntó Casio. Cuando Milo alzó la cabeza para mirarlo, añadió–: Sé que tiene alguna clase de poder mágico, pero nunca me habéis aclarado cuál es su naturaleza.
–No se trata de... magia al uso, como ya sabes. No creo que ella tenga muchos conocimientos acerca de artefactos mágicos creados por los hechiceros. Su poder sobre el hielo es... innato.
–Ah. Es curioso, ¿sabes? –reflexionó Casio–. En el libro que estoy leyendo, el de los dragones, se menciona que los dorados vomitaban fuego por la boca, pero los plateados... atacaban con vaharadas de hielo.
–Vaya –murmuró Milo–. No tenía ni idea.
El aprendiz se quedó mirándolo unos instantes, pero él no ofreció más detalles.
Casio tampoco los pidió, de todas formas, y el muchacho se preguntó qué era lo que sabía.
No tenía la menor duda de que ya sospechaba algo acerca de la naturaleza de Nivalan, pero ignoraba si se trataba de certezas o tan solo de alguna conjetura.
–Preguntemos a Doria, pues –accedió entonces Casio–. Quizá pueda decirnos algo útil, después de todo.
L a chica se mostró ligeramente sorprendida cuando le enseñaron la esfera iluminada, pero Milo tuvo la sensación de que no era la primera vez que presenciaba aquel fenómeno.
–Es una llamada –les dijo a sus compañeros–. O una alerta. O quizá las dos cosas.
–¿Qué quieres decir con eso? –inquirió Casio con perplejidad.
Ella se rascó la nuca, pensativa.
–Esto es lo que hacía la esfera cuando Scorpius necesitaba ponerse en contacto conmigo con urgencia..., pero también cuando nos acercábamos el uno al otro. Él posee un artefacto como este, que reacciona de la misma manera si los dos se aproximan lo suficiente.
–¿Eso significa que nos encontramos cerca de nuestro objetivo? –preguntó Milo, esperanzado.
–O que tiene algo importante que decirme. Cosa que me extrañaría, la verdad, puesto que intentó matarme y seguramente piensa que estoy muerta.
–¿Entonces...?
Doria frunció el ceño.
–Vamos a comprobarlo –dijo, y alargó la mano hacia Casio para que le entregase la esfera.
El joven dudó un instante, pero al fin la depositó sobre la palma de la chica. Ella la sostuvo con precaución, como si le quemase los dedos, y se tomó un momento para inspirar hondo antes de fijar la mirada de sus ojos verdes en el cristal.
–Hola, Scorpius –dijo entonces, con una sonrisa torcida–. ¿Te acuerdas de mí? Tengo una cuenta pendiente contigo.
La luz del artefacto titiló un par de veces... y se apagó sin más. Doria lo alzó para examinarlo de cerca, buscando alguna señal en su superficie. Pero la esfera permaneció muda.
–¿Qué has hecho ahora? –preguntó Milo–. ¿La has estropeado?