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No obstante, no necesitaban más para espiar, de modo que se apelotonaron en torno a la burbuja mágica.
A través de ella, Milo observó a los marineros del Tifón saltar al abordaje con dagas y sables en alto.
Durante los momentos siguientes, ambas tripulaciones pelearon con fiereza; algunos combatientes cayeron al agua, muertos o heridos.
Pero los asaltantes superaban en número y pericia a sus contrarios, y pronto los ocupantes del barco atacado arrojaron las armas y se rindieron.
Silka fue generosa con ellos. Los hizo amarrar y los mantuvo con vida mientras sus hombres saqueaban el barco y requisaban todas las armas que pudieron encontrar.
Después, la capitana del Tifón se despidió de sus víctimas con una burlona reverencia, y ella y sus hombres regresaron a su propia embarcación.
Milo y sus compañeros contemplaron en silencio el navío atacado mientras se alejaba a la deriva. Se preguntó si sus tripulantes serían capaces de liberarse por sí solos y recuperar el control del barco o si, por el contrario, Silka los estaba condenando a morir de hambre y sed.
Obtuvo la respuesta apenas unos instantes después, cuando vio que los marineros, pequeñas figuras ya apenas distinguibles en la distancia, se ponían de nuevo manos a la obra sobre la cubierta. Enderezaron las velas y pusieron rumbo al horizonte, alejándose del Tifón todo lo deprisa que pudieron.
Ulros carraspeó entonces.
–Bueno, pues... parece que sí viajamos a bordo de un barco pirata, al fin y al cabo.
–¿Qué va a pasar ahora? –murmuró Casio, preocupado–. Si hemos descubierto su secreto..., ¿nos matarán para que no podamos contarlo?
Doria y Milo le dirigieron una mirada alarmada. Ulros sacudió la cabeza con incredulidad.
–Silka no sería capaz... –empezó, pero el resto de las palabras que iba a pronunciar murieron en sus labios.
En todo caso, puesto que estaban atrapados, lo único que podían hacer era esperar.
No tardaron en percatarse de que, a pesar de que el abordaje había sido exitoso, las cosas no marchaban del todo bien en el Tifón .
Los gritos de Silka resonaban con fuerza desde la cubierta, vociferando órdenes y mascullando maldiciones.
Se oían también pasos apresurados que corrían de un lado a otro.
–¿Qué ocurre ahí arriba? –se preguntó Casio con desconcierto.
Las burbujas mágicas se habían desvanecido ya, pero, antes de que pudiese decidir si valía la pena conjurar más, la puerta se abrió de golpe y la propia capitana Silka entró en el camarote hecha una furia.
–¡Vosotros! –ladró–. ¿Me habéis robado?
Los cinco pasajeros la contemplaron con perplejidad. Milo comprobó que del cinto de la capitana aún pendían sus dagas y uno de sus saquillos, pero que el otro, el más pequeño, había desaparecido.
Ulros dio un paso al frente y se cruzó de brazos ante ella.
–Nosotros hemos estado aquí encerrados mientras tu gente saqueaba otro barco, Sil –acusó.
Ella no le prestó atención. Había centrado su mirada en Doria, que la observaba indiferente, como si nada de aquello fuese con ella.
–¡Has sido tú! –exclamó–. Eres una experta ladrona, ¿verdad? ¡Devuélveme lo que me has robado!
La muchacha dio un respingo y le dirigió una mirada suspicaz.
–¿Qué estás diciendo? ¡Yo no te he robado nada!
–Te haré hablar, por todos los engendros de las profundidades –amenazó Silka, avanzando hacia Doria a grandes zancadas–. Y si tú no...
–Un momento.
Ulros se interpuso entre ambas con firmeza. La capitana trató de sortearlo, pero el enorme corpachón del bárbaro la mantuvo separada de su objetivo.
–No te metas en esto –gruñó ella.
Él no tuvo ocasión de responder, porque en aquel momento llegó corriendo uno de los marineros, que buscaba a su capitana con urgencia. Silka se volvió para mirarlo con gesto irritado.
–Y ahora, ¿qué?
–Lo hemos encontrado –dijo su subordinado, casi sin aliento–. Estaba detrás del palo mayor; probablemente se te cayó durante el abordaje.
Le tendió un saquillo de piel que ella recuperó de inmediato, reprimiendo un suspiro de alivio.
–Hemos tenido suerte de que no lo perdieras mientras peleábamos en el otro barco –añadió el marinero–, porque, en ese caso, no lo habrías vuelto a ver.
–¿Eso piensas? –replicó ella–. Os habría hecho dar media vuelta y perseguir a esos infelices hasta volver a capturarlos. ¿No me crees? Vuelve a insinuar que yo sería capaz de dejar atrás una de mis pertenencias más preciadas y te juro...
Siguió perorando un rato más, mientras el pobre marinero aguantaba el chaparrón con la cabeza baja.
Milo se compadeció de él; obviamente, no tenía la culpa de que Silka hubiese extraviado su bolsa.
Tal vez la capitana estuviese más enfadada consigo misma que con el resto del mundo, pero en aquel momento había optado por desahogarse con el mensajero, aunque le hubiese traído buenas noticias.
Al fin, el hombre asintió y se despidió con una excusa cualquiera. Silka dio media vuelta para seguir sus pasos, pero Doria la retuvo:
–¿No crees que me debes una disculpa?
La capitana la miró por encima del hombro.
–Hoy no estoy de humor, pisatierra. Inténtalo de nuevo mañana y a lo mejor lo considero.
Y se marchó con un portazo, dejando a la muchacha con la palabra en la boca.
Pero ella no se molestó. Llevaba un rato preguntándose qué podía contener aquel saquillo que fuese tan valioso para Silka.
A quella noche, los piratas del Tifón celebraron el éxito del pillaje bebiendo y cantando hasta altas horas de la madrugada.
Tuvieron la deferencia de bajarles la cena a sus pasa jeros, pero volvieron a situar el tonel encima de la tram pilla para que no pudiesen subir después.
Cuando Ulros casi logró levantarla de todos modos, se limitaron a colocar un segundo tonel, y ya no hubo nada que ellos pudiesen hacer.
–Si alguien se atreve a utilizar sucios trucos de magia esta noche –les advirtió el contramaestre, mirando a Casio con fijeza–, le cortaremos los dedos uno a uno para que no se le ocurra volver a intentarlo. ¿Queda claro?
El joven asintió, cohibido, pero Milo preguntó:
–¿Qué somos, entonces? ¿Prisioneros?
El pirata lanzó una carcajada.
–Solo por esta noche, muchacho, solo por esta noche. Yo os lanzaría por la borda sin remordimiento, pero la capitana se ha comprometido a llevaros hasta vuestro destino, y eso es lo que vamos a hacer... mañana.
Cuando los dejó a solas, Casio se volvió hacia sus compañeros y preguntó con preocupación:
–¿Creéis que cumplirá su palabra?
Ulros sacudió la cabeza, abatido.
–Ya no sé qué pensar –murmuró.
–Esperemos hasta mañana –sugirió Milo–. Si no cambian las cosas, ya decidiremos cómo actuar.
Miró de reojo a Nivalan, preguntándose qué opinaría de aquella situación. La mujer dragón se había mantenido extrañamente silenciosa durante el saqueo del barco, y también después, cuando la capitana había bajado a preguntarles por la bolsa que había perdido.
Ella le devolvió la mirada y se encogió de hombros.
–Me da igual lo que pase, siempre que continuemos adelante. Y hemos vuelto a enderezar el rumbo en la dirección correcta.
A l día siguiente, al amanecer, todo estaba igual que siempre: los barriles ya no bloqueaban la escotilla y los marine ros se ocupaban de sus quehaceres habituales.
La enseña del Tifón volvía a ser blanca y azul; de aquella bandera sangrienta que lo identificaba como un navío pirata no quedaba ni rastro.
El grupo se despertó, de hecho, porque la capitana entró en el camarote sin previo aviso para exigir la presencia de Casio en la cubierta, pues el viento no les era favorable y necesitaban su magia para continuar avanzando.
Cuando Milo subió tras su amigo, muy desconcertado, llegó a preguntarse si no habría soñado todo lo sucedido la tarde anterior; los feroces piratas se mostraban ahora como amigables marineros, y la capitana Silka estaba de un humor excelente.
De hecho, los saludó con alegría y le guiñó un ojo a Ulros en cuanto este asomó la cabeza por la escotilla.
Y aunque el bárbaro se sentía confundido y un tanto receloso, ocupó su puesto en la tripulación sin hacer preguntas.
–No entiendo lo que está pasando –le dijo Milo a Doria cuando se reunió con él.
Ella entornó los ojos.
–Yo tampoco –respondió–, pero no me cabe duda de que nuestra capitana oculta más secretos de lo que pensábamos –añadió, clavando la vista en la figura de Silka, que se encontraba de nuevo tras el timón..., y en el saquillo que pendía junto a su cadera.