Sombras de plata (Cuatro Lunas 4) 9
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En los días siguientes , navegaron hacia el sur a toda vela con un ritmo constante, favorecido por la magia del viento invocada por Casio.

A medida que avanzaban, el tiempo se volvía más benigno, hasta el punto de que Milo y sus compañeros tuvieron que desechar la ropa de abrigo que habían encontrado tan práctica en Cabofrío.

–¿Cómo es posible que haga tanto calor en esta época del año? –se preguntó el muchacho, muy desconcertado.

–El clima es más cálido en estas latitudes –respondió Casio–. ¿No lo sabías?

Milo negó con la cabeza. Estaba al tanto de que el reino de los elfos vivía sumido en una eterna primavera, pero desconocía el hecho de que en otras partes del mundo el ciclo de las estaciones tampoco funcionaba igual.

A pesar de que el Tifón se desplazaba a buena velocidad, a Nivalan la consumía la impaciencia. Todas las mañanas subía a la cubierta a ver a la capitana, que perma necía al timón con la vista fija en el horizonte, y le preguntaba:

–¿Cuánto falta para llegar?

–Un poco más –respondía Silka invariablemente.

Ulros, por su parte, se había reintegrado en la tripulación y trabajaba duro cada día. El esfuerzo físico parecía ayudarlo a conciliar el sueño; aunque apenas dormía a ratos, y se trataba de cabezadas ligeras e inquietas, al menos le servía para no derrumbarse de agotamiento.

Doria permanecía bajo la cubierta, en el camarote que todos compartían, y pocas veces salía al exterior.

Estaba recuperándose poco a poco, sin embargo; Milo apreciaba que tenía mejor aspecto.

No obstante, se mantenía apartado de ella, porque tenía la impresión de que ya no les quedaba nada de que hablar.

Una tarde, para sorpresa del muchacho, fue ella quien acudió a su encuentro. Milo estaba acodado en la borda, contemplando el océano, y Doria se situó a su lado sin pronunciar palabra. Él la miró de reojo y dijo:

–Hola.

–Hola –respondió la chica a media voz. Hizo una pausa y continuó–: He venido a darte las gracias.

Milo se volvió hacia ella con perplejidad.

–¿Cómo has dicho?

–Por salvarme la vida el otro día. No voy a repetirlo –masculló ella.

Él se quedó mirándola, sin saber cómo responder. Al fin, se encogió de hombros y dijo:

–De nada.

Y desvió de nuevo la vista hacia el horizonte.

Doria se mostró un poco sorprendida. Quizá esperaba que Milo le sonriera, o que se alegrara al menos de que ella estuviese dispuesta a descongelar las cosas entre los dos. Pero la indiferencia del muchacho la había pillado desprevenida.

«Me da igual lo que piense», se dijo, a la defensiva.

No obstante, sabía en el fondo que aquello no era verdad.

Abrió la boca para decir algo, cualquier cosa, cuando un grito del vigía los puso sobre aviso. Alzaron la cabeza hacia la cofa y lo vieron gesticular con urgencia.

–¿Habremos llegado ya? –se preguntó Milo en voz alta.

No parecía probable, pues tenía entendido que el barco debía hacer escala en el Reino Insular antes de continuar su ruta hacia el continente meridional. Oteó el horizonte, pero fue incapaz de divisar aquello sobre lo que les alertaba el vigía.

No obstante, la tripulación reaccionó en consecuencia.

Milo y Doria contemplaron con curiosidad la creciente actividad a su alrededor, mientras todos corrían de un lado a otro de forma perfectamente organizada, siguiendo un guion mil veces ensayado.

Esto les indicó que, fuera lo que fuese lo que sucedía, no era nada por lo que ellos debieran preocuparse.

Además, se percibía cierta emoción en el ambiente, como si los marineros anticipasen que algo bueno estaba por llegar.

Sin embargo, la capitana se reunió con ellos entonces y les dijo:

–Bajad al camarote y no salgáis de allí hasta que yo os avise.

–¿Por qué? ¿Qué está pasando? –quiso saber Milo.

Los ojos de Silka relucieron de ira.

–Primera condición, muchacho: no se cuestionan las órdenes de la capitana. No quiero ver un solo pisatierra en cubierta hasta que todo haya terminado. ¿Me habéis entendido?

Doria y Milo no discutieron más y se dirigieron a la escotilla para ponerse a cubierto, como ella les había indicado.

Antes de descender por los escalones, el chico echó un vistazo por encima del hombro.

Descubrió entonces que los tripulantes del Tifón habían arriado la bandera blanca y azul que era enseña del navío para sustituirla por otra roja como la sangre, pero no sabía qué significaba aquello.

Ulros bajó tras ellos, no menos desconcertado.

–Me han dicho que vuelva al camarote yo también –les explicó–. No lo entiendo; van a virar el barco, y no les vendría mal otro par de brazos.

–¿Van a virar el barco? –repitió Milo–. Eso quiere decir que cambiamos de dirección, ¿verdad?

Ulros asintió.

–Hay otro navío en el horizonte. Creo que la tripulación está maniobrando para acercarse, pero no han querido explicarme por qué.

La escotilla se cerró sobre sus cabezas y alguien arrastró un pesado barril hasta colocarlo justo encima, para impedirles que salieran. Con una exclamación ahogada, Doria volvió sobre sus pasos y trató de levantar la trampilla, sin éxito.

–Y ahora, ¿qué? –protestó–. ¿Estamos prisioneros?

Ulros sacudió la cabeza.

–Vamos con los demás –propuso–. Quizá ellos entiendan lo que está pasando.

El barco giró de golpe, haciéndoles perder el equilibrio y arrojándolos contra uno de los costados. Milo se apoyó como pudo y aprovechó para asomarse por el ojo de buey; divisó entonces un velero en el horizonte, al que el Tifón se aproximaba a toda velocidad.

–¿Quiénes son y por qué avanzamos hacia ellos? –se preguntó.

En aquel momento se abrió la puerta del camarote y Casio sacó la cabeza con expresión preocupada.

–¿Os habéis enterado de lo que ocurre? –preguntó con inquietud.

Los demás se reunieron con él y con Nivalan en el interior de la estancia. La mujer dragón se había pegado al ojo de buey y observaba ansiosa lo que sucedía en el exterior.

Milo les contó lo poco que había averiguado. Cuando mencionó el cambio de bandera, el rostro de Doria se ensombreció.

–¿Estás seguro de que era roja? –interrogó.

–Sí, claro. ¿Por qué?

Ella dudó un poco antes de responder.

–He leído historias sobre barcos que navegan bajo ese pabellón. Y no son cuentos agradables.

Ulros se volvió a ella de inmediato.

–¿Qué quieres decir?

Casio lo entendió entonces.

–¿Te refieres a... barcos piratas?

La muchacha asintió con gravedad. El bárbaro la miró un instante y después se echó a reír a carcajadas.

–¡Eso es absurdo! La capitana Silka es una honrada comerciante. Si ella y su tripulación se dedicasen a actividades tales como asaltar otros navíos, nosotros lo sabríamos. Esta es la segunda vez que embarcamos con ellos, ¿no?

–Pero es la primera ocasión en que los acompañamos hasta los mares meridionales –apuntó Casio, pensativo–.

Aguas que todos los navíos mercantes deben atravesar para comerciar con las islas del sur.

Y más allá hay un continente inexplorado con fondeaderos que, como la propia capitana dijo, solo conoce la «gente del mar».

Ulros seguía negando con la cabeza.

–No puede ser –insistió–. Tenéis que estar equivocados.

Milo se había unido a Nivalan y contemplaba el exterior en silencio junto a ella. El barco desconocido estaba cada vez más cerca.

–¿Qué crees que va a suceder cuando lo alcancemos? –preguntó el muchacho a media voz.

–No lo sé, y tampoco me importa –respondió la mujer dragón en el mismo tono–. Lo único que me preocupa es que nos hemos desviado de nuestro objetivo, así que, sea lo que sea, espero que acabe rápido.

Sus compañeros se reunieron con ellos junto al ojo de buey, y los cinco se apiñaron como pudieron para mirar a través del cristal.

En aquel momento, el Tifón viró de nuevo con brusquedad, maniobrando para aproximarse al otro navío, cuyos tripulantes, conscientes ya de lo que se les venía encima, habían desplegado una segunda vela para poder escapar a mayor velocidad.

Pero el barco de la capitana Silka era más rápido.

–No parece que los otros tengan ganas de quedarse a saludar –observó Doria.

Milo echó un vistazo de reojo a Ulros; estaba muy serio y masticaba pensativo el remedio contra el mareo, sin apartar la mirada de la embarcación a la que perseguían.

Sobre la cubierta, los marineros del Tifón lanzaban gritos de batalla, enardecidos.

Cuando los dos barcos acortaron la distancia que los separaba lo suficiente para iniciar el abordaje, la potente voz de la capitana Silka sonó desde el puente de mando, y un enjambre de arpones salió disparado hacia el navío atacado.

Sus tripulantes respondieron con una salva de flechas, pero los ganchos ya se habían aferrado a la borda y los asaltantes tiraban con fuerza de las cuerdas para unir las dos embarcaciones.

Cuanto más se acercaban ambas, tanto más difícil les resultaba a los prisioneros observar lo que sucedía en la cubierta del barco atacado. Casio formuló entonces un hechizo y una curiosa burbuja flotante se materializó ante ellos.

–¿Qué es eso? –preguntó Milo con curiosidad.

–Ahora lo verás –respondió su amigo.

Pronunció más palabras mágicas y la burbuja se dividió en dos. La primera permaneció levitando en el camarote, pero la otra atravesó el ojo de buey y se elevó hacia la cubierta hasta que la perdieron de vista.

Entonces, como si de un periscopio se tratase, la burbuja original les mostró una imagen clara de lo que sucedía en el exterior.

–¡Es un buen truco, este! –comentó Ulros con admiración.

–Se trata del conjuro a partir del que se desarrollaron las esferas de comunicación, pero es muy limitado y tampoco es permanente –se disculpó él.