Sombras de plata (Cuatro Lunas 4) 8 #2
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–Sí, eso es lo que contenía el frasco que bebiste ayer, entre otras cosas –le informó Casio–. Como puedes ver, hemos estado haciendo nuestros deberes mientras tú te recuperabas.

El rostro de Doria se tiñó de un tono verdoso. La muchacha giró sobre sus talones y se encerró en la habitación con un portazo. Los demás la oyeron vaciar el escaso contenido de su estómago en la palangana.

–Se lo tiene bien merecido, por robahuevos –declaró Nivalan, ceñuda.

Casio la observó de reojo, pero no dijo nada.

–Bien –dijo entonces Ulros–. Con esta nueva información, me parece que ya tenemos claro lo que hay que hacer, ¿verdad?

Sus compañeros lo miraron sin entender. El cansancio de piedra que lo torturaba desde hacía semanas se mostraba claramente en sus facciones y, sin embargo, el bárbaro les dedicó una deslumbrante sonrisa cuando aclaró:

–Hablar con la capitana Silka, por supuesto.

– ¿Otra vez vosotros? –se quejó ella cuando los vio llegar.

Se encontraba en el muelle, supervisando el cargamento de su navío, que se preparaba para zarpar, pero se detuvo un momento para observarlos–.

Vaya, aquí tenemos a la señorita Prisas, ¿eh?

–comentó al reconocer a Doria–. ¡Tanto correr, tanto correr, y al final te han alcanzado!

Echó la cabeza atrás y soltó una franca carcajada. La muchacha farfulló algo entre dientes y desvió la mirada, molesta.

–¿Recuerdas lo que hablamos anoche, Sil? –preguntó Ulros.

–Sí, y la respuesta sigue siendo no –replicó ella, ceñuda–. Te aprecio mucho, pisatierra, pero no puedo llevaros hasta el continente meridional. Y es mi última palabra.

–Estamos buscando una isla, en realidad –intervino Milo–. Cuéntaselo, Doria –le pidió a su compañera.

Ella mantuvo un silencio obstinado hasta que Nivalan le dio un codazo en las costillas.

–¡Ay! –se quejó la chica–. Ni siquiera estoy segura de que esa isla exista de verdad –admitió a regañadientes, encogiéndose de hombros–. La vi a través de una esfera de cristal.

–¿Ah, sí? –La capitana alzó una ceja con escepticismo–. Cuéntame más.

Doria se la describió todo lo detalladamente que pudo. A medida que hablaba, el gesto incrédulo de Silka se fue difuminando de su rostro. Ulros, que no le quitaba ojo, dijo al final:

–Conoces ese lugar, ¿verdad?

–Conozco una isla que podría parecerse a la que buscáis, sí –admitió ella.

–¿Cerca del continente meridional? –quiso asegurarse Casio.

–En efecto.

–Llévanos hasta allí –ordenó Nivalan.

Silka la miró de arriba abajo.

–¿Disculpa?

–Podemos pagar –insistió la mujer dragón; le arrebató la mochila a Doria, ignorando las protestas de ella, y se la tendió a la capitana–. Toma, puedes quedarte con todo lo que haya aquí dentro.

–¡Eh, ni hablar! –se quejó su propietaria–. ¡Devuélveme eso!

–Devuélveme tú los huevos que me robaste –cortó Nivalan con voz gélida, lanzándole una mirada tan envenenada que Doria se quedó sin respiración–. Adelante, es tuyo –invitó a Silka, que las contemplaba con perplejidad–. A cambio de que nos lleves hasta esa isla.

Ella negó con la cabeza, pero tomó la mochila de todas formas y se puso a rebuscar en el interior.

–No creo que sea buena idea... –empezó; sacó entonces una copa de oro adornada con piedras preciosas, que relumbraron bajo los rayos del amanecer, y dejó esca par un silbido de admiración–.

Bueno –rectificó–. Me quedo con esto a cambio de llevaros en mi barco, siempre que el mago y el grandullón trabajen a bordo con la tripulación.

Ulros se irguió, con una sonrisa de oreja a oreja.

–¡A la orden, capitana! –exclamó.

Casio contemplaba el cáliz de oro con perplejidad.

–¿De dónde has sacado eso? –le preguntó a Doria.

Pero ella desvió la mirada, enfurruñada, y se negó a responder.

–Lo robó de los aposentos de Solmán, en el Anfiteatro –contestó Milo con indiferencia–. No le pertenece a ella tampoco, así que te lo puedes quedar, Silka.

Doria le disparó una mirada irritada. La capitana la observó con un nuevo interés y después se colgó la mochila al hombro.

–Pensándolo bien, me quedo con todo –decidió.

–¿Qué? –protestó Doria–. Pero...

–Nos parece correcto –cortó Milo–. ¿Nos llevarás hasta la isla?

–Si es la que yo creo, sí. Pero con dos condiciones. La primera –comenzó, alzando el dedo índice ante ellos– es que os dejaré allí y seguiré mi ruta. Y ya os las arreglaréis para volver.

–Tal vez... –empezó Casio, dudoso, pero Nivalan le interrumpió:

–De acuerdo. ¿Y la segunda condición?

Los ojos grises de la capitana relucieron con un brillo singular.

–Que, cuando yo ordene que os refugiéis bajo la cubierta, lo hagáis de inmediato y sin discutir, y no volváis a salir hasta que yo lo diga. ¿Queda claro?

–¿Por qué..? –empezó Milo.

–He dicho «sin discutir», pisatierra.

El muchacho tragó saliva.

–Sí, capitana –murmuró.

Cuando se disponían a subir a bordo, Doria se quedó quieta sobre el muelle.

–No tengo por qué acompañaros –dijo.

–Pues vas a hacerlo, lo quieras o no –bufó Nivalan–. Navegaremos hasta esa isla y comprobaremos si mis huevos están allí. Y si no es así, nos ayudarás a encontrarlos.

–¿Qué? ¡Pero yo no tengo ni idea de...!

–Pues piensa un poco más. Cuanto antes recupere lo que es mío, antes podrás marcharte.

La expresión de Doria se ensombreció.

–De modo que soy una prisionera... –murmuró.

–¿Qué otra opción tienes? –planteó Milo–. ¿Vas a quedarte aquí sola, sin blanca y convaleciente?

–Sabré arreglármelas, muchas gracias.

–No me cabe duda. Pero seguro que te resultará más fácil si nos acompañas.

Ella suspiró con resignación. Echó un vistazo alrededor y se dio cuenta de que el mago y el bárbaro le cerraban el paso, de modo que no lo tendría sencillo para escapar, si se decidiese a intentarlo.

Tampoco estaba segura de que sus piernas fuesen capaces de sostenerla en una carrera. Aún se encontraba débil y el corazón le latía a veces a un ritmo extraño, como desacompasado.

Y había perdido el contacto con la bestia.

Doria sabía que seguía allí, agazapada en algún lugar de su alma.

El brebaje no la había eliminado del todo, aunque aquel pérfido mago le había prometido que lo haría.

Y, a pesar de ello, se veía incapaz de invocarla, como si se hubiese quedado sin voz o como si la pantera ya no pudiese escucharla.

Sumida en oscuros pensamientos, acompañó al grupo a bordo del Tifón .

Comprobó con cierta sorpresa que algunos marineros los saludaban con alegría, especialmente al enorme bárbaro, que al parecer les había servido bien con anterioridad.

Doria detectó, sin embargo, la mirada sombría que el contramaestre dirigió a la capitana.

Y comprendió que no todo el mundo en el barco estaba de acuerdo con su decisión de aceptar pasajeros en aquel viaje.