Sombras de plata (Cuatro Lunas 4) 8
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– Cl aro que hay puertos en el continente salvaje –dijo Silka con una carcajada–.

Fondeaderos donde recalan los barcos de los aventureros y la gente...

del mar –añadió con un gesto ambiguo–. Pero son secretos; solo unos pocos elegidos sabemos dónde están y, desde luego, jamás traicionaríamos a los nuestros revelando su ubicación a otras personas.

La habían hallado en la taberna; ella les había contado que su barco zarparía de nuevo al día siguiente con destino al Reino Insular, y Milo se había apresurado a preguntarle acerca de las misteriosas tierras meridionales.

–Necesitamos que nos lleves allí –replicó entonces Nivalan sin alterarse.

La capitana se quedó mirándola.

–¿No has oído lo que acabo de decir?

–Sí, pero me da igual. Necesitamos que nos lleves allí –repitió.

Silka entornó los ojos, sin tener claro si estaba hablando en serio o no. Milo tomó del brazo a su compañera y la hizo retroceder un paso, en un intento por calmar un poco los ánimos.

–Creemos que la persona a la que estamos buscando se oculta en algún lugar del continente meridional –le explicó a la capitana–. Por eso tenemos que ir allí.

Ella se echó a reír.

–¿Te refieres a la chica que os robó vuestras pertenencias? Dudo mucho que haya llegado tan lejos.

–No –respondió Milo–. A Doria ya la hemos encontrado..., demasiado tarde. Ha entregado su botín al mago con el que estaba compinchada, y este se ha esfumado de la ciudad. Tenemos razones para pensar que se encuentra en el continente salvaje.

–Es el mismo mago que me estropeó la cabeza –intervino Ulros con seriedad–. Ya te he contado lo que me hizo.

Silka le dirigió una mirada pensativa.

–Ya veo –murmuró–. Entiendo lo que dices, y sí, es posible que exista algún hechicero lo bastante loco para perderse en esa selva maldita..., pero yo no sabría por dónde empezar a buscarlo y, como he dicho, tampoco os voy a llevar hasta allí.

Por mucho que insistieron, la capitana no dio su brazo a torcer. Nivalan aceptó aquella derrota con un suspiro de cansancio, y Milo la miró de reojo, un poco preocupado.

–No pasa nada –dijo–. Seguiremos preguntando; ya encontraremos a alguien que pueda ayudarnos.

Silka negó con la cabeza.

–Te dirán lo mismo que yo, me temo. Lo máximo que puedo hacer es llevaros hasta Puerto Arrecife, en el Reino Insular. Tal vez allí encontréis algún capitán dispuesto a traicionar su juramento..., o tal vez no –concluyó, encogiéndose de hombros.

–Lo pensaremos –respondió Milo–. Gracias de todos modos.

R egresaron a la posada de madrugada, agotados y decepcionados.

No habían conseguido más información y, para colmo de males, habían estado merodeando sin saberlo por un barrio poco recomendable y se habían topado en una taberna con un grupo de individuos a los que no les habían gustado nada sus preguntas.

Solo la presencia del enorme bárbaro había impedido que la cosa fuera a mayores, pero, tras salir de allí a toda prisa, los tres habían decidido de común acuerdo que sería mejor continuar su búsqueda a la luz del día.

–No entiendo por qué a Silka le gusta tanto esta ciudad –murmuró Ulros durante el trayecto de regreso a la posada–. Está llena de gente de mala catadura.

–La congelaría hasta los cimientos –masculló Nivalan–. Exhalaría mi aliento de hielo sobre todos y cada uno de los edificios de este agujero infecto hasta que sus habitantes me suplicaran clemencia. Y entonces los devoraría a todos.

–No –respondió Milo con suavidad–, no lo harías.

–¿No me crees capaz? –lo retó ella–. Puedo demostrarte...

–Sé que podrías –interrumpió él–. Y también sé que no lo harías.

La mujer dragón no respondió. Se encerró en un silencio abatido, y Milo se sintió aún más preocupado.

No era propio de ella hablar de aquella manera delante de personas que, como Ulros, aún desconocían su verdadera identidad.

Sin embargo, en los últimos tiempos Nivalan parecía desafiar la prudencia más elemental, como si no le importase que el mundo la descubriera o, peor aún, como si necesitase en el fondo que todos supiesen quién era en realidad.

El bárbaro los observaba con curiosidad, sin intervenir.

Milo no pudo deducir si sospechaba algo acerca de la naturaleza de Nivalan o si, por el contrario, creía que estaba loca.

En todo caso, Ulros se abstenía de hacer preguntas al respecto.

Era consciente de que no contaba con las simpatías de su compañera de viaje y, aunque no acertaba a comprender por qué, se mantenía a una distancia prudente de ella, por si acaso.

Cuando llegaron a la posada, Milo comprobó con alivio que Doria continuaba dormida en su camastro.

Temía que se hubiese vuelto a escapar, aunque ya no había nada que pudiese robarles y tampoco parecía que tuviese nada más que decirles.

Una parte de él deseaba separarse de ella de forma definitiva, para dejar de torturarse con historias de tiempos pasados.

Otra, por el contrario, aún se atrevía a soñar que las cosas pudiesen arreglarse entre los dos de alguna manera.

Aunque esta última esperanza se había extinguido ya casi por completo, y el muchacho dudaba que aquella llama pudiera reavivarse.

Al fin y al cabo, había pasado mucho tiempo desde aquel único beso que habían compartido en su aldea natal, y los dos habían cambiado demasiado para que valiese la pena recordarlo.

Casio cabeceaba sentado en una silla con un libro sobre el regazo, pero se despertó de inmediato cuando entraron.

–¿Alguna novedad? –preguntó.

Milo negó con la cabeza, desalentado.

–Id a dormir –sugirió Ulros–. Yo me quedaré de guardia. De todos modos, no podría pegar ojo.

Dado que Doria ocupaba la cama de Nivalan, la mujer dragón se echó sobre la de Milo sin molestarse en pedirle permiso. El chico no se lo tomó a mal; se limitó a tumbarse en la cama del bárbaro, que no la había utilizado todavía, y se quedó dormido casi de inmediato.

L as primeras luces de la alborada se colaban ya por la ventana cuando Ulros despertó a Milo, sacudiéndole el hombro.

–Arriba, zagal; tu amiga tiene algo que contarnos.

El muchacho se incorporó, intrigado. Doria se hallaba de pie junto a la puerta que comunicaba ambas habitaciones y los contemplaba con gesto adusto, cambiando el peso de una pierna a otra, como si desease encontrarse en cualquier otro lugar.

Tenía mejor aspecto, comprobó Milo, aunque aún se la veía un poco pálida.

–¿Y bien? –le preguntó Nivalan con brusquedad.

Doria le dirigió una breve mirada y después centró su atención en Casio.

–Tú eres mago, ¿verdad? –le preguntó.

–No del todo; solo soy un aprendiz –puntualizó él.

La muchacha se encogió de hombros.

–Para el caso, es lo mismo. ¿Sabes algo acerca de artefactos mágicos?

–Algunas cosas, sí.

–¿Qué tiene que ver eso con mis huevos? –gruñó Nivalan con impaciencia.

Doria se mordió el labio inferior, indecisa, antes de responder:

–Ayer me preguntasteis si tenía alguna idea de cómo localizar a Scorpius. Lo cierto es que él nunca me dio ninguna pista acerca de dónde podría encontrarlo, pero la primera vez que contactamos a través de la bola de cristal que me entregó..., vi algo.

–¿Ah, sí? –preguntó Casio–. ¿Qué es lo que viste?

Ella inspiró hondo y respondió:

–Una isla. De una tierra de color muy oscuro, casi negro, con una extraña montaña en el centro. Tenía un pico truncado por el que salía un poco de humo, como si fuese una chimenea.

Milo la contempló con escepticismo, pero Nivalan entornó los ojos.

–Podría ser un volcán –murmuró Casio, pensativo–. Nunca he visto ninguno, aunque he leído sobre ellos en los libros. A veces estallan y expulsan ríos de fuego desde la cumbre.

–Te lo estás inventando –soltó Milo con perplejidad.

–Yo tampoco había visto nunca nada parecido –admitió Doria–, por eso pensé que me lo había imaginado. Sin embargo, ahora no puedo evitar preguntarme si la esfera me mostró un lugar real, después de todo.

–Hum –dijo Casio–. Es posible que las dos esferas intercambiasen esa información al establecer la primera conexión. Scorpius podría haber tomado precauciones al respecto, pero quizá en aquel momento no lo consideró necesario, o tal vez no se dio cuenta de lo que sucedía.

–O puede que ella esté mintiendo –señaló Nivalan.

Doria dejó escapar una risa amarga.

–No tengo razones para mentir –replicó–. Scorpius y yo teníamos un trato y él no cumplió su parte. No me importa lo que le pase; si al final lográis dar con él, por mí como si lo lanzáis de cabeza al mar para que se lo coman los tiburones.

–No solo no cumplió su parte, sino que además intentó matarte –observó Milo–. ¿Es posible que quisiera deshacerse de ti porque sabía que podías localizarlo?

Doria desvió la vista.

–Ni siquiera lo habría intentado –murmuró–. Si él hubiese cumplido lo que prometió, me habría marchado muy lejos y lo habría dejado en paz.

–¿Qué te prometió? –preguntó Ulros con curiosidad; pero ella le disparó una mirada irritada.

–No es asunto tuyo –replicó.

Milo sacudió la cabeza.

–Nos resulta muy difícil confiar en tu palabra, Doria. Y no ayuda en nada que sigas guardando secretos, ¿sabes?

–Yo no te he pedido que confíes en mí –le espetó ella con brusquedad.

–Oye, señorita –la regañó el bárbaro, cruzando los brazos ante el pecho–: el muchacho aquí presente te salvó la vida ayer, ¿no lo recuerdas? Si no hubiese sido por él, habrías muerto entre horribles estertores en ese desván polvoriento. Creo que lo mínimo...

–Déjalo, Ulros –interrumpió Milo–. No tenemos tiempo para discutir. Deberíamos investigar lo de la isla, ¿no os parece? Si es verdad que Scorpius se encuentra allí, nos ahorraríamos tener que explorar un continente entero.

–Pero el océano es inmenso también –objetó Casio–. ¿Cómo vamos a saber dónde buscar ese lugar? Podría estar en cualquier parte.

–No puede encontrarse lejos del continente meridional, ¿verdad? Después de todo, el veneno de sapo que utilizó contra Doria procede de allí.

–¿Veneno de sapo? –repitió ella, palideciendo.