7 #2
–¿Es eso lo que te dio a cambio de los huevos?
¿Un frasco con veneno? No me parece un buen negocio.
–Ella no contestó–. Escucha, no nos queda mucho tiempo.
Hemos de encontrar a Scorpius cuanto antes, así que, si tienes alguna idea de cómo localizarlo, habla de una vez.
Si no me cuentas a mí todo lo que sabes –añadió–, vendrá Nivalan a hacerte un par de preguntas. Y no será tan paciente como yo.
Doria alzó la mirada hacia él con cierta sorpresa.
La voz de Milo sonaba fría y severa, y ella no pudo hallar rastro de compasión en su gesto.
No la esperaba, de todos modos, porque era consciente de que no la merecía.
Pero, por algún motivo, había dado por sentado en el fondo que él siempre se lo perdonaría todo. Le dio la espalda, confundida.
–No sé mucho, en realidad –murmuró.
Si se decidió a hablar, no fue porque la asustara la amenaza de Milo, sino porque no le debía nada a aquel hechicero traidor; más bien al contrario.
–Tengo entendido que es un mago peculiar –prosiguió–. No lleva la túnica roja como los demás. Y puede controlar a los animales. Ellos entienden lo que dice cuando les habla. Obedecen sus órdenes como si... como si...
–¿Como si los hubiese hechizado?
–No, es algo más profundo. Lo reconocen como su líder natural y por eso le hacen caso. No sé explicar cómo es posible, pero lo he visto con mis propios ojos y es así como sucede.
Guardó silencio un instante, temiendo que Milo atase cabos y acabase por comprender qué era lo que la había mantenido vinculada a Scorpius en el pasado. Pero, por fortuna, el muchacho estaba más interesado en el paradero del mago y no siguió indagando por esa vía.
–Os citasteis aquí, en Puerto Calamidad, para hacer el intercambio. ¿Por qué? ¿Sabes si vive en la ciudad o en alguna de las Islas Salobres?
–No tengo ni idea de dónde vive, aunque sí sé con certeza que no es aquí –respondió ella–. Mencionó que quería encontrarse conmigo en un terreno neutral; quizá temía que pudiese seguirlo después hasta su escondite...
–Pero tenía intención de asesinarte –hizo notar Milo–. Si hubieses muerto envenenada, tal como él pretendía, ¿cómo ibas a rastrearlo después?
Doria cerró los ojos.
–No lo sé –murmuró.
Estaba agotada. El corazón le latía muy deprisa, como si acabara de echar una carrera. Inspiró hondo varias veces, hasta que notó que se calmaba.
Después, se quedó dormida.
M ilo salió de la habitación y cerró la puerta a su espalda. Ulros y Nivalan alzaron la cabeza para mirarlo.
–¿Y bien? ¿Qué te ha contado? –quiso saber la mujer dragón.
–No mucho. Parece dispuesta a colaborar, pero no sabe gran cosa sobre Scorpius.
–Así que la hemos salvado para nada... –comentó ella, contrariada.
–Bueno, yo no diría tanto –opinó el bárbaro–. Aunque no te caiga bien, habría estado feo dejarla morir sin más.
Milo no tuvo ocasión de responder, porque en aquel momento oyeron que alguien subía con prisas por las escaleras. Poco después, Casio entró en la habitación casi sin resuello.
–¿Dónde te habías metido? –le espetó Nivalan–. Te necesitamos para que hechices a la robahuevos.
El aprendiz pestañeó con perplejidad.
–¿Hechizarla? ¿Para qué?
–Para que nos diga la verdad sobre su compinche. Milo ya la ha interrogado y no le ha sacado nada útil.
–Ah..., no estoy seguro de saber hacer eso –replicó Casio con precaución–. Pero he averiguado otras cosas sin necesidad de hechizar a nadie.
–¿Ah, sí? –se animó Milo–. ¿De qué se trata?
El joven inspiró hondo y empezó:
–Como la curandera dijo que el brebaje que había ingerido Doria estaba elaborado con veneno de sapo, he buscado por toda la ciudad hasta dar con un brujo que pu diese ofrecerme más información.
Tras examinar los restos del frasco, me ha contado que no se trata de un sapo cualquiera, sino de una especie muy rara que habita en las selvas de las tierras del sur.
¿Y sabéis qué? Resulta que él conoce a un tipo que comercia con este tipo de cosas, y que viene de vez en cuando a Puerto Calamidad para venderle sustancias exóticas y brebajes que él mismo elabora con ellas. Y ese individuo...
–... se hace llamar «el Sombrío» y viste una túnica de color negro –adivinó Milo.
–¡Correcto! –exclamó Casio, sonriente.
–¿Así que lo conoce? –interrogó Nivalan con impaciencia–. ¿Cómo podemos llegar hasta él?
–Eso mismo le he preguntado yo, pero el brujo no ha podido contarme mucho más.
Solo sabe con certeza que no habita en las Islas Salobres.
«Si tuviese que apostar», ha añadido, «diría que vive cerca del continente meridional, a juzgar por los materiales con los que trafica.
Eso, o conoce a alguien allí que se los puede suministrar».
–¿El continente meridional? –repitió Milo sin comprender.
Casio rebuscó en su morral hasta dar con un mapa que extendió sobre la mesa para que todos lo vieran.
–No entiendo nada –murmuró el cabrero tras una pausa–. Esto no se parece al mapa que tenemos nosotros.
–Sí se parece –intervino Nivalan–, solo que abarca una superficie mucho más grande. Mira, estos son los reinos humanos –añadió, señalando la masa de tierra que ocupaba la parte central del plano–. Y aquí, el reino de los elfos –concluyó, refiriéndose al continente oriental.
Milo reconoció las formas por fin y se quedó sin aliento.
–Pero esto es... esto es... ¿Cómo de grande es el mundo?
–Mucho más de lo que imaginas, cachorro –repuso ella con una sesgada sonrisa.
–De todos modos, el mundo civilizado es más abarcable –continuó Casio–.
Toda esta parte que queda al sur, más allá del Reino Insular y de las costas del Reino Frondoso, son tierras salvajes e inexploradas.
Allí no hay reinos ni ciudades, que sepamos; solo una selva impenetrable, hasta donde se ha podido averiguar.
–¿Y es allí donde se esconde el mago robahuevos? –inquirió Nivalan, examinando el mapa con atención–. Recuerdo ese territorio: muy boscoso, sin apenas espacios abiertos para aterrizar. Si es ahí adonde ha ido, será difícil encontrarlo.
Casio le dirigió una mirada inquisitiva, pero no le preguntó qué había querido decir con «aterrizar».
–Tengo entendido que en ese lugar no vive nadie –argumentó–. Existen leyendas sobre tribus salvajes que habitan en lo más profundo de la selva, pero, si son ciertas, hace mucho tiempo que nadie ha tenido contacto con ellas.
–Es una tierra muy grande –observó entonces Ulros, que había permanecido en silencio hasta aquel momento–. No tenemos idea de dónde encontrar a Scorpius y, en todo caso, necesitaremos un barco para llegar hasta allí.
–No creo que ningún barco se moleste en navegar hasta un lugar donde no hay ningún pueblo civilizado –comentó Casio.
–Hum –murmuró Ulros, acariciándose la barbilla–. Eso no lo sabemos. Deberíamos preguntar al respecto... a alguien que entienda del tema.
–Ajá –comprendió Milo, esbozando una sonrisa–. ¿Crees que podrías consultarlo con la capitana Silka, entonces?
El bárbaro se levantó de su asiento de inmediato.
–¡Por supuesto, es una gran idea! ¡Voy a buscarla ahora mismo!
–Milo y yo te acompañaremos –decidió Nivalan–. Así nos aseguraremos de que no pierdes las horas en la taberna ni te olvidas de tu misión. Y tú, Casio –añadió–, vigila a la robahuevos y no la pierdas de vista.
–¿Qué dices? –se sobresaltó él–. ¿Y si vuelve a transformarse?
–Pues utilizas tu magia contra ella.
–Está muy débil aún –lo tranquilizó Milo–. No creo que sea capaz de cambiar de forma, por ahora.
Y quizá ni siquiera le quedaran fuerzas para intentar escapar, se dijo.
La curandera le había administrado a Doria un purgante tan potente que la había hecho vomitar todo el contenido de su estómago, por lo que aún tardaría bastante en recuperarse del todo.
No obstante, comprendía que la mujer dragón hacía bien en no fiarse de ella.
–Ojalá hubiésemos atrapado a Scorpius cuando tuvimos la oportunidad –murmuró entonces Casio, abatido–. Entonces todo sería mucho más sencillo.
Milo miró a Nivalan de reojo y se dio cuenta de que ella desviaba la vista, inquieta. Él no había estado presente durante el enfrentamiento contra el mago, pero Casio le había contado después que el hechizo de su compañera había fallado.
Y quizá hubiera sido solo casualidad o mala suerte, o tal vez no; pero, en todo caso, la mujer dragón no parecía dispuesta a hablar del tema.