Sombras de plata (Cuatro Lunas 4) 7
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Do ria alzó la cabeza. A través de un agujero que se abría en el tejado, justo sobre ellos, distinguió el rostro del joven mago que la había estado si guiendo aquella mañana.

Oyó un estruendo tras ella y se dio la vuelta, a tiempo de ver que un hombre alto y musculoso echaba la puerta abajo.

Lo reconoció: era el bárbaro que había escapado con ellos del Anfiteatro. Y a su lado se encontraba Nivalan.

–¡No lo dejéis escapar! –exclamó la mujer–. ¡Recuperad el zurrón con los huevos!

Doria se volvió para mirar a Scorpius, que forcejeaba para liberarse de la cuerda mágica que lo retenía. La idea de ayudarlo ni siquiera se le pasó por la cabeza; no confiaba en él y, ahora que había conseguido lo que quería, tampoco había nada que la retuviese allí.

Sus ojos se dirigieron hacia la abertura de la pared por la que había entrado momentos atrás.

El hechicero pronunció unas palabras mágicas; las ligaduras se desintegraron sin más y los restos cayeron a sus pies. Entonces un largo bastón, rematado por una centelleante gema carmesí, se materializó en su mano enguantada.

Doria retrocedió. Conocía bien el poder de aquel objeto y sabía que las cosas iban a complicarse mucho, de modo que no lo pensó más. Cuando Scorpius alzó la cabeza hacia el joven mago del tejado, la muchacha dio media vuelta y huyó hacia la salida.

A su espalda, el bárbaro cargaba contra su oponente con un grito de guerra, pero Doria no le prestó atención.

Alcanzó el hueco entre las tablas y se escabulló fuera del granero.

Ya en el exterior, se transformó en pantera –esperaba que por última vez– y echó a correr con todas sus fuerzas, dejando atrás la batalla que se libraba entre Scorpius y aquellas personas que pretendían recuperar los huevos de dragón.

No se dio cuenta de que Milo estaba apostado muy cerca de la hendidura y la había visto alejarse por el callejón.

U lros se arrojó contra Scorpius, pero este profirió un conjuro y el bárbaro chocó contra un escudo invisible. Desde el tejado, Casio invocó otra atadura mágica, y su oponente retrocedió para esquivarla, sin éxito: la cuerda se enrolló con rapidez en torno a él y lo amarró de nuevo.

Nivalan se agachó, colocó las palmas de las manos sobre el suelo y se concentró para invocar su poder de dragón.

Una capa de hielo se expandió desde allí en todas direcciones, cubriendo la superficie del granero.

Alcanzó a Ulros, que resbaló desconcertado, y continuó hacia Scorpius para congelarlo...

Y entonces perdió fuerza y se detuvo, y la escarcha desapareció de golpe.

El hechicero bajó la mirada para observar el fenómeno y después volvió a fijarla en Nivalan, que se contemplaba las palmas de las manos, desolada. Con una sonrisa triunfal, Scorpius se deshizo de la ligadura mágica sin esfuerzo y alzó su bastón.

–¡No! –gritó ella–. ¡Detenedlo!

El hechicero murmuró unas palabras mágicas y desapareció de allí sin más, llevándose consigo el zurrón que contenía los huevos de Nivalan.

D oria se deslizó sin aliento en el interior del desván de una vieja casa abandonada.

Había recuperado su forma humana un par de calles atrás, nada más llegar a la zona habitada de la ciudad, porque sabía que llamaría demasiado la atención como pantera.

No tenía la menor idea de cómo terminaría la batalla por aquellos huevos, pero no le importaba: había conseguido lo que buscaba, y todo lo demás era secundario para ella.

Sacó de su mochila el frasco que Scorpius le había entregado y lo contempló un instante, conteniendo el aliento. Si aquella pócima era lo que él le había prometido...

Dudó. Aún no sabía si podía confiar en aquel taimado hechicero; sin embargo, en todo el tiempo que llevaba buscando una solución a su problema, nadie le había demostrado que pudiese hacer algo al respecto. Nadie... salvo él.

Tenía que confiar, decidió.

Destapó la redoma y olisqueó su contenido con precaución. Despedía cierto aroma avinagrado que le hizo torcer el gesto. La muchacha inspiró hondo y, sin pensarlo dos veces, ingirió en tres tragos la poción que le había dado el hechicero.

Sabía amarga, como ya había anticipado. Chasqueó la lengua con disgusto y se estremeció.

«Y ahora, ¿qué?», se preguntó entonces. ¿Le haría efecto de inmediato o tendría que esperar?

Cerró los ojos y probó a transformarse en pantera.

Percibió una resistencia en su interior, como si su lado animal se negase a manifestarse.

¿Sería posible que lo hubiese conseguido?

Trató de contener su emoción. El acuerdo consistía en que la bestia debía desaparecer del todo y para siempre, no quedar reprimida en alguna parte de su alma para que pudiese regresar cuando ella menos lo esperase.

Tanteó en las profundidades de su conciencia.

Allí seguía la pantera, agazapada en un rincón.

Pero, antes de que Doria tuviese ocasión de enfurecerse, detectó algo más.

Miedo. Pánico. Desesperación.

Sintió que le faltaba el aire y abrió los ojos. Con creciente desasosiego, se dio cuenta de que no podía ver con claridad. Parpadeó, pero la sensación no desapareció.

El corazón empezó a latirle tan deprisa que temió que fuera a estallar en cualquier momento.

Se puso en pie con dificultad. Ahora sentía los miembros agarrotados y todo le daba vueltas.

Cuando trató de caminar, las piernas no la obedecieron.

Dio un traspié y cayó sobre el suelo, levantando una nube de polvo a su alrededor.

Ya no fue capaz de incorporarse, porque empezó a sufrir convulsiones. Lo último que vio antes de perder el sentido fue una figura familiar que entraba por el ventanuco, pero no logró distinguir sus rasgos.

E ra noche cerrada cuando despertó. Se encontraba ten dida en un lecho, en una habitación desconocida. Tenía en la boca un regusto amargo y desagradable, y sentía los miembros flojos, sin fuerzas. También le costaba respirar, como si algo pesado le oprimiese el pecho.

La puerta estaba entornada y se oían voces desde la estancia contigua. Al principio eran solo murmullos, como si los escuchase desde el interior de una campana de cristal. Luego, poco a poco, se fueron definiendo.

–... ya no tiene mis huevos, ¿por qué te has molestado en traerla? –protestó una voz de mujer.

–Necesitamos información, Nivalan. ¿De dónde la vamos a sacar si no? –replicó una segunda voz, joven y masculina.

–Pero se va a morir. Y el mago dice que la bola de cristal que usaba para comunicarse con su compinche ya no funciona.

–No se va a morir. El remedio que le ha dado la curandera parece estar funcionando, ¿no? Lo que aún no entiendo...

Alguien entró entonces en el cuarto, interrumpiendo la conversación.

–¿Cómo va todo? –preguntó una profunda voz de hombre.

–Está mejorando, creo –respondió el muchacho.

–¿Traes noticias? –exigió saber la mujer.

El recién llegado suspiró. Se oyó un crujido, como si acabara de dejarse caer sobre una silla.

–Nada –respondió–. Hemos preguntado en todas las posadas y tabernas de la ciudad, pero nadie ha visto a un mago de túnica negra ni tiene noticia de él.

–¿Creéis, entonces, que se ha marchado de la isla?

–Desapareció sin más. Puede haberse ido a cualquier parte.

–A cualquier parte, no. Casio dice que los magos solo son capaces de teletransportarse a lugares donde ya han estado alguna vez.

–Ahora que ya tiene todos los huevos en su poder y no necesita ir a ningún otro sitio, se encerrará en su guarida con su botín y no volveremos a verlo.

–Bueno, pero alguien tiene que saber dónde vive. Por eso es importante que Doria se recupere, ¿comprendes? Para que podamos interrogarla.

A aquellas alturas, la muchacha apenas prestaba atención a las voces.

Había localizado una ventana al fondo de la habitación y estaba tratando de levantarse para alcanzarla y escapar por allí.

Al oír su nombre, sin embargo, se quedó parada un momento, alerta.

Luego, temiendo que a alguien se le ocurriera entrar en el cuarto a comprobar cómo se encontraba, se apresuró a ponerse en pie.

Las piernas le fallaron y se desplomó sobre el suelo aparatosamente. Las voces se interrumpieron; Doria luchó por incorporarse, pero no logró hacerlo antes de que se abriera la puerta.

Alzó la cabeza con esfuerzo. Su mirada se cruzó con la de Milo, que la observaba desde la entrada con expresión impenetrable.

–¿Qué quieres? –farfulló ella.

El muchacho volvió la cabeza hacia sus compañeros y dijo:

–Voy a hablar con ella a solas.

La voz de Nivalan respondió desde fuera:

–No creo que vaya a servir de nada.

Pero Milo cerró la puerta tras él de todos modos. Cuando se acercó a Doria, ella retrocedió, recelosa. Sin embargo, el chico solo la ayudó a incorporarse y a sentarse sobre la cama.

–Déjame marchar –murmuró ella–. Ya no tengo esos huevos.

–No –coincidió él; se cruzó de brazos y apoyó la espalda contra la pared–, pero conoces a la persona que los tiene.

Doria desvió la mirada.

–No tanto como creía –musitó.

Luchó por mantenerse erguida, pero se sentía tan débil que tuvo que volver a tumbarse. Milo seguía observándola con seriedad.

–¿Sabes lo que había en ese frasco? –preguntó él.

Doria cerró los ojos un instante. «No lo que debería haber, según parece», pensó, aunque no lo dijo en voz alta. Como se resistía a ofrecer más explicaciones, Milo continuó:

–La curandera ha dicho que era un veneno letal.

Por fortuna, ella contaba con un antídoto.

Si yo no hubiese llegado a tiempo... –La chica permaneció encerrada en un silencio obstinado, y él añadió–: No espero que me des las gracias, pero sí me gustaría entender qué está pasando.

Me cuesta creer que te bebieras eso por propia voluntad.

–No era... No se suponía... –balbuceó Doria. Hizo una pausa y continuó–: No sabía que se trataba de un veneno, aunque debería haber imaginado que ese mago no jugaría limpio.