Sombras de plata (Cuatro Lunas 4) 6 #3
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H abía tenido todo el día para localizar el punto de encuen tro, un pequeño granero medio en ruinas a las afueras de la ciudad.

Le había pedido un poco más de tiempo a su patrón, porque quería asegurarse primero de que nadie más la seguía.

Estaba bastante convencida de que había despistado al mago con el que se había cruzado por la mañana, pero no estaba de más tomar precauciones.

Ahora se sentía más tranquila al respecto, aunque al mismo tiempo la reconcomían los nervios, puesto que su futuro dependía del resultado de aquella reunión.

La puerta del granero estaba cerrada; sin embargo, entre los tablones de la pared del fondo había una brecha lo bastante amplia para pasar, de modo que Doria inspiró hondo, se coló en el recinto y miró alrededor.

Estaba tan abandonado como parecía: las malas hierbas crecían por todos los rincones, había restos de aperos oxidados en el suelo y una capa de salitre cubría las paredes.

–Llegas tarde –dijo una voz a su espalda, sobresaltándola.

Doria se dio la vuelta. Distinguió entre las sombras una silueta vestida con una túnica negra.

Llevaba puesta una capucha que le cubría parcialmente el rostro, pero ella sabía muy bien de quién se trataba.

Y aunque solía referirse a él como «su patrón» por expreso deseo de él, para no dar pistas sobre su identidad, conocía bien su nombre: Scorpius el Sombrío.

–Te dije que iba a dar un rodeo para asegurarme de que nadie me seguía.

–¿Sospechas que alguien va tras tus pasos?

Doria lo pensó. Se había separado de Milo y los demás en las montañas de las Estepas Boreales, muy lejos de allí, y estaba segura de que no podían haberla alcanzado tan deprisa.

No obstante, el joven hechicero con el que se había cruzado aquella mañana le resultaba familiar.

¿Sería posible que lo hubiese visto en la escuela de magia, al principio de su búsqueda?

No parecía probable que él la estuviese siguiendo desde entonces, por otro lado, así que quizá solo fueran imaginaciones suyas, y aquel tipo le había salido al paso por otra razón.

–No lo creo –respondió al fin–, pero prefiero ser precavida.

Su patrón asintió, conforme, y se acercó más a ella. Doria retrocedió por instinto; cuando se dio cuenta de que lo hacía, se obligó a detenerse.

–¿Los has traído, entonces? –preguntó el Sombrío con ansiedad.

–¿Has traído tú lo que me prometiste a cambio? –replicó ella.

Él sonrió y le mostró una redoma que contenía un líquido de color verdoso. Cuando la muchacha alargó la mano para cogerla, Scorpius la escondió de nuevo entre los pliegues de su túnica, poniéndola fuera de su alcance.

–Primero, los huevos –exigió.

Doria apretó los dientes, pero le tendió el zurrón que le había robado a Nivalan. El mago lo sostuvo entre las manos, lo sacudió un poco y le dirigió una mirada penetrante.

–¿Me tomas el pelo? La bolsa está vacía.

Ella negó con la cabeza y replicó:

–No lo está.

Scorpius entornó los ojos, abrió el zurrón y rebuscó dentro, mientras Doria lo contemplaba con secreto rego cijo.

Había dado por sentado que él detectaría de inmediato la naturaleza mágica de aquel objeto y, por algún motivo, le resultaba divertido constatar que se mostraba tan desconcertado como lo habría estado cualquier otra persona.

–Tiene propiedades... especiales –le reveló ella al fin–. Según tengo entendido, solo la misma persona que ha guardado algo dentro puede volver a sacarlo.

Scorpius dejó de hurgar en el interior del zurrón y alzó la mirada hacia ella.

–¿Estás segura?

Doria asintió.

–Pertenece a esa mujer..., Nivalan. La oí hablar del asunto con Milo, el chico que la acompaña.

Así es como funciona y, aunque no he podido comprobarlo por mí misma, sí sé con certeza que este zurrón era muy importante para ellos.

Hicieron lo posible por recuperarlo en el Anfiteatro y, una vez lo consiguieron, Nivalan ya no se separó un solo momento de él.

Si de verdad estuviese tan vacío como parece, no se tomarían tantas molestias.

–Es posible –admitió el hechicero–. Pero, en ese caso, ¿cómo esperas que yo recupere lo que han guardado dentro?

Doria se encogió de hombros.

–Ese no es mi problema. Eres un mago, ¿no? Ya se te ocurrirá algo. Y ahora, dame el remedio –reclamó, tendiendo la mano.

Scorpius frunció el ceño.

–Creo que estás tratando de engañarme –respondió.

Doria retiró la mano, esforzándose por mantener una expresión neutra.

–Muy bien –replicó–. Si crees que es un zurrón corriente, devuélvemelo. Pero si tienes intención de quedártelo, debes darme a cambio lo que habíamos acordado.

El mago se quedó mirándola un momento, valorando sus opciones. Después, sacó de nuevo el frasco y se lo entregó.

–Más vale que estés en lo cierto –le advirtió–. De lo contrario, te buscaré, te encontraré y te lo haré pagar.

La muchacha se apresuró a guardar la redoma en su mochila, luchando por contener su emoción.

–Y ahora... –continuó Scorpius, pero no pudo terminar la frase.

De pronto, algo cayó desde el techo, algo largo y retorcido como una serpiente, y se enroscó en torno a su cuerpo, inmovilizándolo de inmediato.