6 #2
– ¿Cómo se te ha podido escapar? –estalló Nivalan, presa de los nervios.
Habían vuelto a reunirse en el puerto y ahora caminaban juntos por la calle, de regreso a la posada, mientras Casio los ponía al corriente de las novedades.
–No era lo que esperaba –se justificó él–. ¿No me has oído? Se ha metamorfoseado en una pantera ante mis propios ojos.
–¿Pero qué ha pasado con mis huevos? ¿Se los ha llevado también?
–El zurrón desapareció cuando se transformó, igual que su ropa.
No soy capaz de explicarlo. Imagino que se lo llevó con ella, aunque no entiendo cómo pudo hacerlo.
–Ni Milo ni la mujer dragón parecían impresionados, y el aprendiz se quedó mirándolos–.
¿Vosotros ya lo sabíais? –comprendió entonces con sorpresa.
–Sí –respondió Milo, desviando la vista–, lo descubrimos hace poco. La conozco desde hace mucho, pero no tenía ni idea de que era..., bueno, así.
–¿Así, cómo? No es una maga, ¿verdad?
–No. Es una ailurántropa. Puede transformarse en pantera a voluntad y, según creo, ese es el único poder extraordinario que posee.
Casio rumió aquella información, pensativo.
–No es una condición muy común –observó después–. ¿Cómo la adquirió? ¿Se contagió a causa de la mordedura de otro ailurántropo?
Milo apretó los labios, incómodo.
–Puedes decírselo, cachorro –intervino Nivalan–. No importa la relación que tuvieseis en el pasado, tú ya no le debes nada a esa robahuevos; ella, desde luego, no se lo ha pensado dos veces a la hora de traicionarte.
El muchacho suspiró.
–Se trata de una maldición familiar, parece –le contó al fin–. Afecta a muy pocos de los suyos, pero Doria tuvo mala suerte. O, al menos, eso me contó.
Casio se había quedado mirándolo con fijeza.
–En la escuela, me hablaste de una chica de tu pueblo a la que estabas buscando –recordó con suavidad–. ¿Es... ella?
–Sí –respondió Milo a media voz.
–Y también era el animal que nos atacó allí, ¿verdad? Cuando entramos a registrar el estudio del maestro Nicodemo.
–Sí –confirmó el muchacho–. Pero yo no lo sabía entonces.
–Lo único que debe importarnos es que nos ha estado siguiendo desde el principio para robarnos los huevos –insistió Nivalan con impaciencia–. No es nuestra amiga y no podemos dejarla escapar otra vez. ¿Queda claro?
–No vamos a dejarla escapar –replicó Casio. Les mostró el jirón de tela que había conseguido–. Esto pertenece a Doria y puedo usarlo en un conjuro de rastreo –anunció.
–¿Puedes encontrarla mediante la magia? ¿Y por qué no lo habías dicho antes?
–Porque necesitaba saber a qué nos enfrentamos –contestó el aprendiz, ceñudo–. Es arriesgado partir en una búsqueda a ciegas, pero, si tus compañeros se guardan información importante que no comparten contigo, además de peligroso, resulta muy frustrante.
–De acuerdo –respondió Milo–, lo comprendo. Es solo que, desde hace un tiempo, me cuesta un poco confiar en la gente. No te lo tomes como algo personal.
–¿Puedes localizar a la robahuevos, sí o no? –apremió Nivalan.
–Sí que puedo –reiteró Casio–. Tengo que formular un hechizo, pero para eso es mejor que busquemos un sitio discreto.
C uando llegaron a la posada, se encontraron con que Ulros ya había regresado. Tenía un aspecto terrible, con el cabello despeinado y unas profundas ojeras, pero sonrió al verlos.
–¿Dónde os habíais metido? –quiso saber–. He llegado a pensar que me había equivocado de posada.
Milo lo observó con suspicacia, pero el bárbaro parecía bastante sobrio. Su estado, por tanto, no era consecuencia de una mala resaca.
–¿Qué te ha sucedido? –preguntó a su vez–. ¿Has pasado la noche con la capitana?
Ulros se ruborizó un poco.
–No, estuvimos un rato en la taberna, hasta que nos echaron porque querían cerrar...
, y entonces ella se fue a su alojamiento y yo, como no podía dormir, he estado dando vueltas por la ciudad.
Me gustaría decir que ahora conozco este sitio como la palma de mi mano, pero me temo que no es así: me he perdido y he sido incapaz de encontrar el camino de vuelta hasta ahora –concluyó con una sonrisa de disculpa.
–Mientras tú merodeabas por ahí, nosotros hemos localizado a la chica robahuevos –informó Nivalan, ceñuda–.
La hemos perdido de vista, pero el mago dice que puede conducirnos hasta ella, y eso es lo que va a hacer ahora mismo –concluyó, cruzándose de brazos con una mirada desafiante, como si lo retara a cuestionarla.
Ulros parpadeó con perplejidad.
–Vale –se limitó a responder.
Entretanto, Casio hurgaba en su morral y había extraído de él diversos saquillos que, al parecer, no eran los que necesitaba.
Por fin halló el que estaba buscando, se sentó en medio de la habitación con las piernas cruzadas y depositó en el suelo el jirón de la camisa de Doria.
Mientras sus compañeros lo observaban con curiosidad, el aprendiz cerró los ojos para concentrarse y, murmurando las palabras de un hechizo, extrajo del saquillo un poco de polvo dorado y lo dejó caer sobre la tela.
La sustancia empezó a brillar entonces como si se tratase de un cúmulo de luciérnagas diminutas.
Por un momento, no sucedió nada más. Milo estaba a punto de preguntar qué debían hacer a continuación cuando, de pronto, un reguero reluciente apareció en el suelo; partía del montículo que Casio había formado ante él y atravesaba la habitación hasta perderse bajo la puerta.
El aprendiz abrió los ojos, sonriendo.
–Ya está –dijo–. Solo tenemos que seguir el rastro y nos conducirá hasta Doria.