Sombras de plata (Cuatro Lunas 4) 6
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Ni valan despertó a Milo cuando el sol ya estaba muy alto.

–¡Arriba, perezoso! –lo llamó, sacudiéndolo por el hombro–. Tenemos cosas que hacer.

El muchacho se incorporó, aún medio dormido.

Se encontraba en la habitación de la posada que compartía con Casio y con Ulros, aunque una rápida mirada alrededor le confirmó que el bárbaro no se encontraba en su jergón.

O bien había madrugado, cosa que Milo dudaba mucho, teniendo en cuenta que se había quedado en la taberna hasta tarde, o ni siquiera había llegado a dormir allí.

Centró su atención en Nivalan.

–¿Qué es lo que pasa? ¿Por qué tenemos tanta prisa?

–Los vigías dicen que el barco de tu amiga robahuevos se está acercando al puerto.

El chico se despejó de inmediato y cruzó una mirada con Casio, que acababa de despertarse también.

–Espéranos abajo –le dijo a Nivalan–. Enseguida vamos.

Momentos después, los tres se apresuraban por la calle en dirección al puerto.

–¿Dónde está Ulros? –preguntó Milo entonces.

–No tengo ni idea, y no me importa –replicó la mujer dragón–. Pero nos las arreglaremos sin él.

Llegaron por fin a los muelles casi sin aliento, justo a tiempo de ver cómo un barco inmenso, bastante más grande que el Tifón , se adentraba en la bahía.

Comprendieron que aún tardaría un poco en atracar, por lo que buscaron un lugar apropiado para poder espiar sin ser vistos mientras el navío maniobraba.

Hallaron un montón de barriles apilados en un rincón y se ocultaron tras ellos.

Mientras observaban al Cachalote aproximarse al muelle, Casio preguntó:

–Si resulta que Doria sí que viaja en este barco, ¿qué vamos a hacer?

Nivalan lo pensó un poco.

–Seguirla sin que se dé cuenta –dijo al fin–, para que nos conduzca hasta el mago de la túnica negra.

Milo la contempló con cierta sorpresa.

–Ese es un buen plan, Nivalan –la felicitó–. ¿Pero... no prefieres que recuperemos primero la bolsa con los tres huevos?

Había dado por sentado que sería lo que ella propondría: atacar a Doria nada más verla y arrebatarle el zurrón mágico que les había robado.

–Si le salimos al paso, ella alertará al mago y nosotros perderemos la única oportunidad que tenemos de llegar hasta él –razonó su compañera.

–¿Puede hacer eso? –preguntó Milo, volviéndose hacia Casio.

–Si es verdad que Doria está en contacto con Scorpius a través de una esfera de comunicación, sí puede –confirmó él.

–Entonces, tenemos que elegir entre intentar recuperar tres huevos ahora mismo o esperar y tratar de conseguirlos todos al mismo tiempo –resumió Milo.

Nivalan se mordió el labio inferior, insegura de pronto.

–Hemos de tomar una decisión ya –los apremió Casio, señalando con un gesto lo que sucedía más allá de su parapeto de barriles.

Los marineros del Cachalote estaban amarrándolo al muelle.

Habían tendido una pasarela para que sus pasajeros pudiesen desembarcar, y Milo clavó la vista en el grupo de personas que se apiñaba en la cubierta esperando su turno para bajar a tierra.

Le pareció identificar la cabeza de Doria, pero no podía estar seguro.

–De acuerdo –murmuró entonces–. Supongamos que la seguimos para que nos conduzca hasta el mago. ¿No se dará cuenta de que vamos tras ella?

–A mí no me conoce –señaló Casio–. Puedo seguirla con discreción y averiguar qué ha venido a hacer aquí.

Milo no respondió enseguida, porque acababa de ver a Doria descendiendo por la pasarela. La muchacha estaba seria, pálida y ojerosa, como si llevara un tiempo sin dormir bien. Llevaba colgada del hombro la bolsa mágica que contenía los tres huevos de Nivalan y se aferraba a ella con fuerza.

La mujer dragón también la había visto. Con un rugido vibrando en su garganta, estuvo a punto de saltar por encima de los barriles para abalanzarse sobre la chica, pero Milo la detuvo a tiempo.

–Espera, Nivalan –le dijo–. Acuérdate de lo que hemos hablado: si quieres recuperar la bolsa ahora, tenemos que hacerlo en algún sitio donde no llamemos tanto la atención. Si prefieres seguir a Doria para ver si nos conduce hasta el cuarto huevo, no puede saber que estamos aquí. ¿Entiendes?

Ella lo meditó durante un momento. Después asintió despacio.

–La hemos adelantado y todavía no lo sabe –murmuró–. Tenemos que aprovechar esa ventaja.

–Eso es –ratificó su compañero.

–¿Es esa chica, entonces? –intervino Casio, oteando desde detrás de los barriles–. ¿La de cabello corto y negro?

–Sí, exacto. ¿Por qué?

–Porque se marcha ya.

Doria se hallaba por fin en tierra firme. Se había detenido un momento para pedir indicaciones y ahora se ale jaba del resto de los pasajeros a paso ligero, hacia el laberinto de callejuelas que recorría Puerto Calamidad.

–¡Si vas a seguirla, date prisa o la perderás! –urgió Nivalan.

Casio asintió; se aseguró de que Doria no estaba mirando, salió de su escondite y corrió tras ella. Nivalan inspiró profundamente. Fue entonces cuando Milo se dio cuenta de que su compañera tenía los dedos clavados en el borde del barril, y colocó una mano consoladora sobre su hombro.

–Los recuperaremos, Nivalan –le aseguró–. Te lo prometo.

Ella le dedicó una media sonrisa. Después le espetó:

–Menos mal que es el mago quien está rastreando a esa robahuevos, porque tú serías capaz de dejarla escapar otra vez.

Milo suspiró, pero no replicó. Estaba acostumbrado a los exabruptos de la mujer dragón, y en cierto sentido era un alivio ver que, a pesar de lo mucho que la habían afectado los recientes acontecimientos, en el fondo no había dejado de ser ella misma.

C asio siguió los pasos de Doria a través de callejas estrechas y retorcidas.

No fue difícil al principio, puesto que la zona del puerto estaba concurrida a aquellas horas y podía pasar desapercibido entre la multitud.

No obstante, a me dida que se alejaban de la costa, la muchacha escogía pasajes más intrincados y solitarios, por lo que el aprendiz de mago tenía que andarse con cuidado para no delatar su presencia.

Así, aunque procuraba no acercarse mucho a ella, tampoco quería distanciarse tanto como para per derla de vista.

Buscando cobijo tras las esquinas y bajo los soportales, Casio continuó su persecución hasta que se dio cuenta de que Doria seguía una ruta desconcertante, como si avanzara sin rumbo fijo.

«¿Se habrá perdido?», se preguntó el muchacho.

No sería de extrañar, teniendo en cuenta que, en aquel barrio de la ciudad, las calles eran aún más enmarañadas y los edificios no estaban construidos siguiendo un patrón lógico.

Vio que su objetivo doblaba una esquina y se apresuró a torcer tras ella. Y entonces se quedó parado en medio del callejón, perplejo porque ya no la veía.

–¿Dónde...? –murmuró, pero no pudo acabar la frase.

–¿Me buscabas? –dijo de pronto una voz femenina tras él.

Casio dio un respingo y giró sobre sus talones. Doria, la chica a la que seguían Milo y Nivalan, la misma que había robado el zurrón con los huevos, se hallaba justo ante él y lo miraba con expresión furiosa y la daga desenvainada.

–No, yo... Me... Me he perdido –balbuceó el joven.

Ella entornó los ojos.

–No te creo –replicó.

–Pero es la verdad –mintió Casio–. Estoy intentando volver a la posada donde me alojo y no sé cómo salir de este laberinto endiablado. Te he seguido porque parecía que sabías adónde ibas... Bueno, al menos, al principio –matizó, con una risa nerviosa.

Doria dio un paso al frente y colocó la daga bajo el cuello del joven aprendiz, que dio un respingo, alarmado.

–No me importan tus razones; no quiero que me sigas bajo ningún concepto. Y, por si no te ha quedado claro, quizá debería llevarme tu bolsa en compensación... Así te lo pensarás dos veces antes de acechar a una señorita en un callejón oscuro.

Alargó la mano hacia el morral de Casio, del que él nunca se separaba porque contenía, entre otras cosas, los valiosos libros que le había confiado la maestra Viridia.

–¡No toques eso! –le advirtió el joven.

La agarró con firmeza por el antebrazo y Doria se desasió con tanta brusquedad que se le desgarró la manga. Irritada, ella lo intentó de nuevo, pero entonces Casio pronunció un hechizo defensivo y una explosión de luz la lanzó hacia atrás.

La muchacha cayó al suelo de espaldas y contempló anonadada la figura del aprendiz, rodeada ahora por un escudo mágico que emitía un tenue resplandor.

Él, por su parte, constató con asombro que las pupilas de Doria se habían vuelto completamente verticales, como las de un gato.

Al comprender que su plan de rastrearla con sigilo se había ido al traste, sin embargo, se repuso de la sorpresa y avanzó hacia ella.

–Una buena forma de evitar que los ladrones vuelvan a las andadas es darles a probar un poco de su propia medicina –dijo, dispuesto a arrebatarle el zurrón en el que, según tenía entendido, se encontraban los huevos de dragón robados.

Doria no se lo permitió. Casio estaba bastante seguro de que no se atrevería a enfrentarse a un mago, aunque solo fuese un aprendiz, sin contar ella misma con poderes, y no se equivocaba.

La chica recogió su daga y se puso en pie a toda prisa...

, pero no contraatacó. Dio un paso atrás y bufó, enseñando los dientes como si fuera un animal.

Y entonces, ante el estupor de su oponente, se transformó en uno ante sus ojos.

Cuando el cuerpo de la chica adoptó la elegante silueta de una pantera negra, Casio retrocedió, sobresaltado.

–Esto... no me lo esperaba –murmuró.

Un recuerdo acudió entonces a su memoria..., pero no tuvo ocasión de analizarlo, porque el animal gruñó de nuevo y se abalanzó sobre él.

Casio dio un salto para apartarse de su camino. La pantera pasó por su lado sin prestarle atención y siguió corriendo hasta perderse entre las sombras.

El joven aprendiz, que apenas había tenido tiempo de reaccionar, inspiró hondo mientras su corazón volvía a latir al ritmo habitual.

Después observó, pensativo, el jirón de tela que había arrancado de la manga de Doria, y que aún sostenía en la mano.