5 #2
Momentos después, el Tifón navegaba a toda vela en dirección a las Islas Salobres. Una racha de viento que solo los afectaba a ellos lo impulsaba a buen ritmo sobre el océano.
Una vez controlada la situación, Nivalan se volvió hacia Casio con una media sonrisa.
–Al final resultará que sí nos vas a ser de utilidad –le dijo.
El joven estaba pálido y un poco tembloroso, pero se las arregló para sonreír a su vez. Sin embargo, apenas unos segundos después, puso los ojos en blanco y se desplomó sobre la cubierta.
El viento se cortó de golpe y las velas se deshincharon.
Milo se precipitó junto a su amigo.
–¡Casio! Casio, ¿estás bien?
En dos zancadas, Ulros llegó hasta ellos cargado con un balde de agua y lo volcó sobre la cabeza del aprendiz, que recuperó la conciencia de inmediato y abrió mucho los ojos, boqueando.
–¿Qué te ha pasado? –exigió saber Nivalan–. ¿Por qué se ha parado el viento?
Casio se incorporó un poco, se retiró el flequillo chorreante de la frente y pestañeó, aún algo aturdido.
–No estoy seguro –murmuró–. Supongo que se debe a que, hasta hoy, nunca había manipulado tanta cantidad de aire.
–¡Pero lo estabas haciendo muy bien! –se quejó la mujer dragón–. Vuelve a intentarlo o nos quedaremos parados otra vez.
–Nivalan, no lo presiones –protestó Milo.
–No, yo... –Casio inspiró hondo–. Creo que puedo hacerlo. Quizá sea capaz de encontrar un equilibrio y mantener un chorro de aire constante. No tan fuerte, quizá, pero debería ser suficiente para que el barco no se detenga.
–No estoy segura de que sea buena idea –dijo entonces la capitana, acercándose a ellos–. Se nos ha rasgado la vela del palo de mesana. Hasta que no la remendemos, no podremos continuar.
–Estupendo –dijo Milo, antes de que Nivalan pudiese opinar al respecto–. Así, Casio podrá recuperarse antes de intentarlo de nuevo.
E l aprendiz de mago solo necesitaba descansar un poco, así que, en cuanto la vela estuvo reparada, declaró que se sentía listo para volver a invocar el viento.
Necesitó varios intentos más y periodos de reposo entre ellos, pero al final acabó por dominar el hechizo y fue capaz de regalarle a la capitana una brisa fuerte y constante que envió al Tifón directo hacia su destino.
Así, durante el resto de la travesía, Casio se convirtió en un miembro más de la tripulación.
Si soplaba el viento, Silka no requería de sus servicios, pero con calma chicha el joven aprendiz ponía en práctica sus habilidades para que el navío jamás se detuviera.
Llegó a controlar tan bien el hechizo de viento que al final ya apenas necesitaba descansar después de cada sesión.
–En realidad, tampoco hace falta generar una corriente de aire muy fuerte –le explicó a Milo–. La capitana tiene razón: este barco es tan rápido y ligero que solo precisa de un poco de viento para navegar a toda velocidad.
De este modo, al atardecer del quinto día de travesía llegaron por fin a su destino.
E l archipiélago estaba formado por dos islas principales y media docena de islotes más pequeños.
La más grande contaba con una bahía donde podía fondear una buena cantidad de barcos, y era allí donde había prosperado la población más caótica que Milo había visto en su vida.
Como casi no había espacio entre la línea de la costa y la pequeña sierra que se alzaba justo detrás, las casas se api ñaban unas contra otras (o unas sobre otras, en algunos casos), construidas de cualquier manera, como si a las personas que las habían levantado no les importase realmente que la próxima tormenta las fuera a echar abajo.
Había algunas construcciones de piedra, más estables, pero la mayoría eran de adobe o de madera.
Apenas quedaba hueco entre ellas, por lo que la ciudad solo podía recorrerse a través de un laberinto de estrechos pasajes y callejuelas cuya distribución no parecía tener ningún sentido.
Lo único que estaba bien cuidado en aquel lugar eran los muelles, donde había atracada cerca de una docena de embarcaciones, grandes y pequeñas.
–Bienvenidos a Puerto Calamidad –anunció la capitana Silka mientras maniobraba desde el timón–. No veo por aquí al Cachalote –comentó, mirando alrededor–. Parece que, después de todo, sí hemos conseguido adelantarlo.
–¿Pero cómo es posible? –se sorprendió Milo–. ¿No deberíamos haberlos visto en algún momento?
–El océano es muy grande, chico, y no todos seguimos las mismas rutas –respondió ella–.
La mayoría de los capitanes se limitan a navegar de un lado a otro guiándose por sus mapas, pero yo conozco las corrientes –añadió con orgullo–.
Y sé que, a veces, una ruta más larga puede ser una ruta más rápida, aunque no lo parezca.
Atracaron en el muelle y desembarcaron. Mientras la tripulación terminaba de atar los cabos y comenzaba a descargar el barco, la capitana se dirigió a un viejo marino que los observaba desde el malecón.
–¡Buenas tardes, Emil! –lo saludó–. El Cachalote no ha atracado aún, ¿verdad?
–No, señora, no lo hemos visto por aquí todavía –respondió el anciano–. Corren rumores de que tiene previsto arribar a Puerto Calamidad mañana o pasado.
–¿Ha llegado algún otro barco desde Puerto Horizonte en la última semana?
–No, capitana; tu Tifón es el primero.
Silka se volvió hacia sus pasajeros con gesto triunfante.
–¿Qué os dije? Hemos llegado antes de tiempo, así que, según lo acordado, debo cobraros un extra por el pasaje.
–En realidad, no –replicó Milo–. Si no hubiese sido por la magia de Casio, habríamos tardado más en llegar; quizá hubiésemos estado parados más tiempo del que habías calculado, a pesar de las corrientes, y puede que ni siquiera hubiésemos alcanzado a Doria, no digamos ya adelantarla.
–La capitana abrió la boca para replicar, pero el muchacho no había terminado–: Además, tanto Casio como Ulros han formado parte de la tripulación y han colaborado con las tareas del barco.
Podríamos decir que se han pagado su pasaje, ¿verdad?
La mujer se quedó mirándolo un momento. Después se echó a reír a carcajadas.
–¡Estás intentando engatusarme, bribón! Me parece muy divertido, pero te advierto que aquí, en Puerto Calamidad, no todo el mundo se lo tomará tan bien como yo. Sin embargo, tienes razón: os cobraré solo la mitad del pasaje habitual para esta travesía.
–Déjalo, Milo –intervino Ulros, de buen humor–. He disfrutado mucho del viaje, capitana –declaró–. Estaré encantado de pagar lo que tú consideres.
Ella se negó, él insistió y estallaron en risas. Al fin llegaron a un acuerdo, el bárbaro sufragó los gastos del viaje y cerraron el pacto con un apretón de manos.
–Os acompañaré a la taberna –se ofreció la capitana, aún sonriente–. Si buscáis a alguien en este lugar, es el mejor sitio donde empezar.
Dio unas últimas instrucciones a sus hombres y se unió al grupo, ignorando el gesto contrariado de Nivalan.
Cuando los cinco se adentraron por los estrechos callejones de Puerto Calamidad, Milo se dio cuenta de que Ulros y Silka caminaban muy juntos, dedicándose sonrisas y miradas de reojo mientras entablaban una charla aparentemente banal.
–Parece que, después de todo, nuestro compañero sí ha pescado algo en el mar –le comentó Casio a Milo en voz baja.