Sombras de plata (Cuatro Lunas 4) 5
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El Tifón era un barco más grande de lo que Milo había imaginado, mayor que el Perseverancia , que los había llevado hasta allí desde Cabofrío.

No obstante, parecía muy ligero, casi tanto como un navío élfico, con dos mástiles que elevaban con orgullo hacia el cielo un complejo sistema de velas, palos y vergas.

Unos treinta marineros se afanaban entre el muelle y la cubierta, ultimando los preparativos para que el barco pudiese zarpar cuanto antes.

La capitana Silka salió a recibirlos.

–¡Aquí están mis pasajeros! –exclamó con una amplia sonrisa. Bajo el sol de la mañana, Milo pudo comprobar que, en efecto, su cabello era de color azulado–. Celebro que te hayas animado a unirte a nosotros, grandullón –le dijo a Ulros.

El bárbaro, que contemplaba el barco con aprensión, se volvió hacia ella.

–No estoy animado –replicó–. Más vale que tu remedio funcione de verdad, capitana, porque me arrojaré al mar antes que aguantar otra travesía infernal.

Silka no se sintió impresionada; echó la cabeza atrás y dejó escapar una carcajada.

–No será necesario, amigo. Te aseguro que no tardarás en pasearte por la cubierta como si fueses un albatros.

Ulros no tenía la menor idea de lo que era un albatros, pero alzó una ceja y se quedó mirándola con escepticismo.

–¿A cuántos días de viaje está nuestro destino? –quiso saber Nivalan.

La capitana contempló su navío con orgullo.

–Depende del barco –respondió–. Casi todos tardan siete jornadas en alcanzar las Islas Salobres desde aquí. El Tifón puede realizar ese trayecto en seis; cinco y media, incluso, si los vientos son favorables.

–¿Eso quiere decir que podríamos alcanzar a Doria? –preguntó Milo con sorpresa.

–Si de verdad ha embarcado en el Cachalote , sí, desde luego.

–Si los vientos son favorables... –murmuraba Casio para sí mismo. Levantó la cabeza y clavó sus ojos en los de Silka–. ¿Existe la posibilidad de que lleguemos incluso antes que ella?

Una chispa de diversión iluminó la mirada de la capitana.

–¿Me estás planteando un desafío? Porque, si es así, ¡lo acepto!

El aprendiz dio un ligero respingo.

–Yo no pretendía...

–¡Arriba, arriba! –los apremió ella–. Cuanto antes zarpemos, ¡antes atracaremos!

–Un momento –farfulló Milo, desconcertado–. ¿No tenemos que pagar el pasaje?

Silka se quedó pensativa un instante.

–¿Sabéis qué? –dijo al fin–. Ya me pagaréis cuando alcancemos nuestro destino. Si llegamos antes que vuestra amiga, os cobraré un extra; si lo hacemos al mismo tiempo, la tarifa habitual. Y si nos retrasamos, no tendréis que pagarme nada. ¿Qué os parece?

–Pero...

–¡Nos parece bien! –bramó Nivalan–. ¿A qué estamos esperando?

Silka se rio.

–¡Así me gusta! ¡A bordo todo el mundo! ¡El Tifón está a punto de zarpar!

A bandonaron el muelle poco después y se adentraron en mar abierto, dejando atrás Puerto Horizonte.

Hacía un día magnífico para navegar; el sol brillaba en el cielo, apenas había nubes y el viento henchía las velas del barco, impulsándolos hacia su objetivo.

Casio y Milo se situaron en la cubierta, cerca de la proa, para contemplar el inmenso océano que se abría ante ellos.

Para su sorpresa, poco después se les unió Ulros, que miraba a su alrededor con curiosidad mientras masticaba alguna cosa.

–¡Parece que te ha sentado bien el remedio de la capitana! –comentó Casio con una sonrisa.

–Sí, estas delicias son una maravilla –respondió el bárbaro con la boca llena–. Y además, están muy ricas. ¿De que están hechas? –le preguntó en voz más alta a Silka, que permanecía al timón con la vista fija en el horizonte.

–¡Es una receta muy simple! –respondió ella–. Son sesos de pez abisal rebozados en harina de pescado y fritos en grasa de ballena.

El bárbaro palideció de golpe y la sonrisa se le congeló en el rostro. Conteniendo una arcada, corrió hacia la borda para escupir los restos del remedio. Silka no se inmutó. Sin dejar de mirar al frente, comentó con indiferencia:

–Ya se acostumbrará.

Momentos después, Ulros volvió a reunirse con ellos. Había recuperado un poco el color, pero aún tenía la frente perlada de sudor.

–Es una cosa repugnante –declaró–, pero no puedo negar que funciona.

La capitana soltó una alegre carcajada.

–¡Ya te lo dije, grandullón! Mientras estemos sobre el agua, tendrás que confiar en mí.

Él le dirigió una mirada recelosa, pero no respondió.

En los días siguientes, no obstante, dejó a un lado sus escrúpulos y siguió tomando el remedio contra el mareo hasta que olvidó cómo estaba elaborado. De este modo, podía permanecer en cubierta la mayor parte del tiempo.

Milo, por su parte, era consciente de que, aunque Casio quería interrogarlo sobre lo que habían hablado en la taberna acerca de la cueva de los dragones, los huevos y el papel que jugaba él en aquella historia, la presencia del bárbaro lo contenía.

Ulros, entretanto, disfrutaba de la brisa marina, que al parecer aliviaba sus migrañas, pero no tardó en aburrirse.

Paseaba de proa a popa como un león enjaulado, hasta que la capitana se hartó de él y le pidió al contramaestre que le buscara algo que hacer.

Así, al tercer día estaba ya trabajando con los marineros, limpiando la cubierta, tirando de las maromas o cargando barriles en la bodega.

Su fuerza física resultaba de mucha utilidad a bordo, y parecía claro que le encantaba sentirse útil.

Por las noches, después de cenar, se reunía con la tripulación para jugar a las cartas o a los dados como uno más, mientras la capitana lo observaba con un brillo de aprobación en la mirada.

Pero esto implicó que Casio y Milo volvieran a tener tiempo para hablar en privado.

–No me has contado toda la verdad sobre los huevos que estáis buscando –le dijo el aprendiz, una tarde que el Tifón se deslizaba perezosamente sobre las aguas–. No los encontraste en la cueva sin más, ¿verdad? ¿Por qué dijo Nivalan que Ulros había matado a un dragón?

Milo, sin embargo, no tuvo ocasión de responder. En aquel momento, su compañera subió a cubierta, destilando irritación por todos los poros de su piel.

–¿Qué pasa ahora? –exigió saber–. ¿Por qué nos hemos parado?

No se habían detenido por completo, pero era cierto que el navío avanzaba cada vez más despacio. La capitana, que estaba tumbada sobre la borda con el gorro cubriéndole el rostro, se incorporó para mirarla con gesto soñoliento.

–No hay viento –se limitó a responder–. No podemos navegar sin brisa que hinche las velas.

–¡Pues sacad los remos y remad! –estalló ella.

–No es esa clase de barco –replicó Silka, encogiéndose de hombros–. No te pongas así; si llegamos tarde, no os cobraré el pasaje. Os lo he prometido, ¿no?

–¡No me importa el pasaje! Tengo que llegar a mi destino cuanto antes. Si esa ladronzuela se escapa otra vez...

–Nivalan, ¿tú no puedes hacer nada? –intervino Milo en voz baja–. Recuerdo cómo despejaste la niebla en el Pico Brumoso. Si tienes también poder sobre el viento...

Pero ella negó con la cabeza, y una sombra de abatimiento cubrió sus ojos de ámbar.

Milo se dio cuenta entonces de que Casio los observaba con una extraña expresión en el rostro y comprendió que los había oído.

–No es... –empezó, pero el aprendiz lo interrumpió:

–Yo sí tengo poder sobre el viento. Es decir –se corrigió–, no exactamente, en realidad, pero sí conozco los hechizos del Libro del Aire. Y aunque nunca lo he probado fuera de la escuela, debería ser capaz de generar algo de corriente.

–¿De verdad? –se animó Milo.

–¿A qué estás esperando, entonces? –lo apremió Nivalan.

Casio dudó un instante, pero al fin asintió, plantó bien los pies en el suelo y se remangó un poco la túnica.

Milo lo observó, expectante, mientras su amigo cerraba los ojos con gesto reconcentrado.

Lo vio susurrar unas palabras en un idioma desconocido; de inmediato, una espiral de aire lo envolvió, haciendo revolotear los bajos de su ropa.

Poco a poco, la brisa giró más deprisa a su alrededor, hasta que Casio alzó los brazos y el pequeño tornado subió hacia el cielo.

El aprendiz abrió los ojos y vio la espiral de viento rotando justo sobre sus cabezas.

–Muy bonito –comentó Nivalan, nada impresionada–. ¿De verdad piensas mover el barco con eso?

Casio se sonrojó un poco y pronunció un nuevo hechizo, esta vez en voz más alta y clara. El tornado tomó fuerza entonces, se agrandó y se elevó todavía más, envolviendo el barco y zarandeándolo sobre las olas.

–¡Eh! –exclamó la capitana–. Eh, ¿qué está pasando?

Corrió a reunirse con ellos y se quedó mirando a Casio con perplejidad.

–¿Eres un mago? –le soltó–. ¿Por qué no me lo habías dicho? ¿Y dónde está tu túnica roja?

El joven, esforzándose por permanecer concentrado en su tarea, respondió:

–Soy un aprendiz nada más, ¡pero sé conjurar el viento!

–Eso está muy bien, pisatierra –replicó ella, divertida–. ¿Eres capaz de guiarlo en la dirección que nos interesa?

–¡Creo que sí! –contestó Casio con esfuerzo–. ¿Hacia dónde?

–¡Hacia las velas, por supuesto! ¡Y rápido!

La capitana tenía razón en preocuparse. El Tifón había comenzado a girar sobre sí mismo, atrapado en el centro de un tornado que se hacía más y más grande y amenazaba con transformarse en un huracán.

Milo y Nivalan se aferraron a la borda para no perder el equilibrio mientras Casio trataba de mantenerse firme.

Los marineros corrían de un lado a otro del barco, luchando por controlar la arboladura. Ulros se había unido a ellos y ayudaba como podía.

El aprendiz murmuró un nuevo conjuro y el viento aulló a su alrededor, azotando las velas con fuerza. Entonces, una poderosa corriente de aire las hinchó de golpe y lanzó el navío hacia delante.

La capitana se apresuró a reunirse con sus hombres, vociferando instrucciones.

La tripulación tiraba de las vergas con todas sus fuerzas para estabilizar las velas.

El contramaestre se aferraba al timón, esforzándose por dominarlo.

Cuando Silka lo alcanzó, ambos lo hicieron girar al mismo tiempo y lograron que el barco virara en la dirección adecuada.