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Rebuscó entonces en uno de los dos saquillos que llevaba prendidos al cinto. El otro, más pequeño, parecía diseñado para contener alguna clase de prenda. Por fin, extrajo una bolsita de cuero y la arrojó al centro de la mesa.
–Para el mal del océano –informó–. Cómete uno por la mañana y otro por la noche y estarás bien.
Ulros tomó la bolsa y sacó de su interior una bolita de fritura rebozada.
–Invita la casa –añadió Silka con una sonrisa llena de dientes, mientras él examinaba el remedio con suspicacia.
Y continuó–: Si de verdad queréis embarcar a las Islas Salobres, presentaos en el muelle oeste al amanecer y preguntad por el Tifón .
Sed puntuales o zarparemos sin vosotros –les advirtió.
Milo le aseguró que no se retrasarían, y ella se despidió y abandonó la taberna. Entonces, el bárbaro dejó caer la bolsita sobre la mesa con gesto desdeñoso.
–Diga lo que diga, no pienso volver a subir a un barco nunca más –declaró.
–Tal vez tengas que hacerlo, si quieres encontrar a Scorpius –replicó Milo.
Les contó lo que había averiguado, y también que sospechaba que el mago acudiría a las Islas Salobres a encontrarse con Doria. El hombretón inclinó la cabeza, pensativo.
–¿Por qué lo buscas, de todos modos, Ulros? –quiso saber Casio–. ¿También a ti te ha robado algo?
Él agitó la mano en un gesto de indiferencia.
–Sí, pero eso me da igual; por mí se puede quedar el condenado huevo y todo lo demás –respondió.
A su lado, Nivalan gruñó por lo bajo, pero él continuó–.
Lo peor es lo que me hizo la última vez que nos vimos: entró en mi cabeza para sonsacarme información y me dejó...
estropeado –añadió, tocándose la sien con el dedo índice.
–¿Estropeado? ¿En qué sentido?
El bárbaro le habló entonces de sus migrañas, su insomnio y sus pesadillas.
–Y hay algo más –continuó–. No sé explicarlo muy bien, pero es como si... Como si alguien se hubiese colado en mi casa sin permiso y hubiese dejado la puerta abierta al salir. Algunas veces, incluso tengo la sensación de que sigue dentro, de alguna manera..., como un espectro oculto bajo la cama.
–Eso es muy extraño –comentó Casio con sorpresa–.
No sé mucho de mentalismo, pero tengo entendido que se requiere de una habilidad especial para leer los pensamientos.
Es decir, que no puede hacerlo cualquier persona, ni siquiera cualquier mago.
Es posible que Scorpius ejecutara un hechizo muy por encima de sus capacidades.
¿Lo has consultado con algún otro hechicero?
–Sí, fui a ver a un mago, un par de semanas después de aquello –rememoró el bárbaro–.
Me dijo que él no podía hacer nada. Que volviese a hablar con la persona que se había metido en mi cabeza y le exigiese que me la arreglara, que entrase otra vez en ella y limpiase los «vestigios de su conciencia».
Me explicó que es como si un invitado indeseado hubiese abandonado algunas pertenencias al marcharse de mi casa.
Hasta que no regrese a recogerlas, será como si no se hubiese ido del todo.
–Entiendo –murmuró Casio–. ¿Y cómo piensas convencer a Scorpius para que repare tu mente?
–Yo te ayudaré con eso –se ofreció Nivalan, con una sonrisa maliciosa–. Puedo ser muy persuasiva si me lo propongo.
Pensativo, Ulros contempló el saquillo que le había dado Silka.
–Aún no sé si vale la pena –confesó–. Viajar en barco me parece una tortura casi peor.
–Pero se termina en algún momento, y puede que el remedio de la capitana te alivie de verdad –señaló Milo–. Piénsatelo.
–Y, si no consigues sanar tu mente –añadió Nivalan con aspereza–, considéralo un justo castigo por asaltar aquella cueva y asesinar a uno de los dragones que la habitaban para robar sus huevos.
Ulros dejó escapar una carcajada.
–¿Castigo? –repitió–. Eran bestias feroces y sanguinarias, señora; sin duda, los lugareños nos estarán muy agradecidos.
Nivalan se puso en pie de un salto.
–¿De verdad? –replicó, hirviendo de ira–. Tengo entendido que ninguno de «los lugareños», salvo cierto pastor chismoso, tenía la menor idea de que había dragones allí. Si tú y tus secuaces robahuevos no hubieseis aparecido...
–¡Fue culpa del mago! –intervino Milo, deprisa–.
Él sabía lo que había en esa cueva. Es posible, de hecho, que también estuviese al tanto de qué clase de dragones se trataba –añadió, dirigiendo una larga mirada a Nivalan.
Ella, sorprendida ante lo que implicaban sus palabras, no replicó–.
Y no nos lo contó. Nos dejó que creyésemos... que hacíamos lo correcto.
–¿De qué estás hablando? –farfulló Ulros, muy perdido.
Nivalan permaneció un instante en silencio, con la vista fija en el muchacho. Después volvió a sentarse, despacio.
–¿Y si preguntamos si tienen habitaciones libres? –propuso él entonces, en un intento por cambiar de tema–. Mañana hemos de levantarnos temprano y deberíamos descansar.
Era consciente de que Casio no había perdido detalle de la conversación, y temía que plantease preguntas acerca del destino de aquellos dragones. El aprendiz, sin embargo, se mantenía en un silencio reflexivo.