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Puerto Horizonte era lo bastante extenso para contar con varias hospederías, pero nadie se molestó en señalarlo.
La mujer dragón no era la única que tenía prisa por dirigirse a cualquier parte, de modo que se adentraron en las calles de la ciudad, decididos a preguntar en el primer albergue que encontrasen.
A Milo le sorprendió que hubiese tantísima gente en todas partes.
Parecía evidente que aquella era una ciudad de paso, frecuentada por viajeros de distintas procedencias que iban y venían.
Vio humanos de etnias variadas, pero también elfos e incluso algunos enanos, de barbas frondosas y profundos vozarrones.
Hasta le pareció divisar un individuo que caminaba sobre un par de patas de cabra, pero enseguida dobló una esquina y no tuvo modo de comprobarlo.
Dedicaron el resto de la tarde a recorrer todas las posadas y cantinas que fueron capaces de localizar, siguiendo las instrucciones de los transeúntes.
Preguntaron por Doria en todas ellas, pero no tuvieron suerte.
Al fin, cuando ya caía la noche sobre Puerto Horizonte, entraron en una taberna que era también una hospedería.
Ocuparon una mesa y pidieron algo para cenar, mientras decidían qué hacer a continuación.
El local estaba lleno de marineros, porque se encontraba cerca del puerto. Milo estaba bastante seguro de que habían llegado mucho más lejos, pero, después de dar tantas vueltas, al final habían acabado otra vez en el mismo sitio.
Fue el propio tabernero quien les sirvió sendas escudillas con un guiso que despedía un fuerte aroma a pescado.
Nivalan lo olisqueó antes de probarlo y hundió la cuchara en el plato sin pensarlo demasiado.
Milo la observó con cierta sorpresa: desde el principio de su viaje, la mujer dragón se había negado a comer prácticamente cualquier cosa que no fuera carne cruda.
No obstante, no se entretuvo en comentarlo, pues tenía otros asuntos de los que ocuparse.
–Disculpa, estamos buscando a alguien –le dijo al mesonero.
–Como todo el mundo –replicó este.
Una vez más, Milo habló de Doria y la describió lo mejor que pudo. Como llevaban toda la tarde indagando sin obtener resultados, no esperaba tener suerte en esta ocasión. Sin embargo, el hombre se rascó la coronilla y dijo:
–Sí, una chica como esa estuvo aquí hace un par de días.
Nivalan se puso en pie de un salto.
–¿De verdad? ¿Qué hizo? ¿Adónde fue?
–Un poco de calma, señora –gruñó el tabernero–. No tengo ni idea, apenas hablé con ella. Pero allí hay alguien que sí lo hizo –añadió, señalando la esquina del fondo–. Preguntad a la capitana Silka; quizá ella os pueda contar algo más.
Los compañeros miraron en la dirección indicada. La mesa estaba ocupada por una mujer alta y ancha de espaldas que cenaba sin compañía.
Nivalan se dispuso a acercarse, pero Milo la detuvo.
–Yo hablaré con ella –se ofreció.
Tras un instante de duda, la mujer dragón asintió y volvió a sentarse.
El muchacho se aproximó a la capitana Silka. Ella alzó la mirada hacia él; tenía los ojos grandes, de un profundo color gris.
–¿Sí? ¿Qué es lo que quieres?
–Estoy buscando a una chica más o menos de mi edad –empezó Milo, tomando asiento frente a ella–. Se llama Doria; el tabernero me ha dicho que estuvo aquí el otro día.
–¿Te refieres a la señorita Prisas? –respondió Silka con una sonrisa–. Sí, claro. Estaba interesada en embarcar conmigo, pero al final cambió de idea.
–¿Y eso por qué?
Ella se encogió de hombros.
–Quería zarpar cuanto antes, y mi navío no estaba preparado aún. Estamos ultimando algunas reparaciones, ¿sabes? Le dije que solo tardaríamos dos o tres días en levar anclas, pero ella no podía esperar. Le sugerí que embarcara en el Cachalote , que partió ayer por la mañana.
Milo inclinó la cabeza, pensativo. No contaba con que Doria tomaría otro barco; estaba seguro de que proseguiría su viaje por tierra y, por tanto, sería más sencillo seguirle la pista.
–¿Quieres? –dijo entonces Silka, ofreciéndole una brocheta de pescado tan poco hecho que casi parecía recién sacado del mar.
–No, gracias –respondió el muchacho de inmediato–. ¿Adónde se dirige el Cachalote ? –siguió preguntando.
–A las Islas Salobres. ¿Has oído hablar de ellas?
Son el hogar de la gente del mar –le explicó–.
Navegantes, contrabandistas y marineros de todo pelaje recalamos allí a menudo para comerciar, reclutar tripulación o intercambiar noticias.
No es un lugar frecuentado por la gente de tierra firme, sin embargo.
Se lo dije bien claro a tu chica, pero ella insistió en que tenía que llegar allí cuanto antes porque se había citado con alguien.
El corazón de Milo dio un vuelco. ¿Sería posible que Doria fuera a encontrarse con Scorpius en aquel lugar, las Islas Salobres? En todo caso, no tenían tiempo que perder; si volvían a llegar demasiado tarde, quizá le perdieran la pista al mago definitivamente.
–Necesitamos alcanzarla –dijo–. ¿Cuándo zarpa tu barco? ¿Podemos embarcar contigo nosotros? Si salimos...
–Eh, eh, más despacio, pisatierra –interrumpió Silka–. ¿Quiénes sois «vosotros»?
Milo señaló con un cabeceo la mesa desde la que Casio, Ulros y Nivalan los observaban sin disimular su curiosidad.
–Solo nosotros cuatro. Podemos pagar –añadió, aunque no estaba seguro de que los fondos del bárbaro llegaran a tanto.
La capitana movió la cabeza.
–Esto tenemos que hablarlo con calma. ¿Por qué perseguís a la moza, de todas formas? No estará huyendo de vosotros, ¿verdad? No sé por qué, pero algo me dice que no se alegrará de veros...
–Probablemente no –replicó Milo con cierta sequedad–, pero eso se debe a que nos robó algo muy valioso y sabe que haremos lo posible por recuperarlo. De hecho, quizá pretenda vender su botín en las Islas Salobres y, si es así, tenemos que llegar allí antes de que lo consiga.
La capitana lo observó con fijeza, y él le sostuvo la mirada.
Advirtió entonces que tenía la tez muy pálida, para tratarse de alguien que se dedicaba a surcar el océano a bordo de un barco.
Su cabello también era de un color inusual, que bajo luz tenue podía parecer negro, pero que con mayor claridad adoptaba un tono azul profundo, casi índigo.
Lo llevaba recogido en una gruesa trenza que reposaba sobre su hombro.
–¿Sabes qué? –dijo entonces ella–. Te creo.
Se levantó de golpe, dejó un par de monedas sobre la mesa y se dirigió hacia los compañeros de Milo. Este se apresuró a ir tras ella, un tanto desconcertado.
–Buenas noches –saludó la capitana–. Tengo entendido que deseáis embarcaros a las Islas Salobres, ¿no es así?
–¿Embarcarnos? –se sobresaltó Ulros–. ¿Quiénes, nosotros? ¡Ni hablar!
–¿Las Islas Salobres? –repitió Casio sin comprender.
–Es el lugar al que se dirige Doria –explicó Milo–. Su barco zarpó ayer mismo. La capitana Silka se ha ofrecido a llevarnos, si estáis todos de acuerdo.
–Por supuesto que sí –replicó Nivalan al punto.
Silka se cruzó de brazos y dirigió al bárbaro una mirada evaluadora.
–¿Seguro? –insistió.
–Nuestro amigo no lleva muy bien lo de navegar –aclaró Milo, con una sonrisa de disculpa–. Se marea con facilidad.
Silka echó la cabeza atrás y dejó escapar una sonora carcajada.
–Eres un auténtico pisatierra, ¿eh? –le espetó al bárbaro, aún sonriendo.
Las mejillas de Ulros se tiñeron de rubor.
–Solo los locos prefieren navegar en esos cascarones bamboleantes –replicó con un gruñido–. Los humanos no nacemos sobre suelo sólido por casualidad.
La capitana se quedó observándolo, pensativa.
–En eso tienes razón –respondió.