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El Perseverancia navegó hacia el sur durante varios días, bordeando la costa occidental del Reino Montaraz.
Durante todo aquel tiempo, Ulros permaneció encerrado en el camarote que compartía con Casio y con Milo, incapaz de probar bocado o de mante nerse en pie sin marearse.
El aprendiz de mago, por su parte, se dedicaba a leer el volumen que le había encomendado la maestra Viridia, en busca de más pistas que lo ayudasen a comprender la naturaleza de los dragones plateados.
Si Nivalan se fijó en algún momento en el contenido de aquel libro, desde luego, no dio muestras de ello.
Pasaba las horas asomada a la proa, escudriñando el hori zonte, cuando las condiciones atmosféricas lo permitían.
Milo no podía dejar de pensar en lo que Casio le había contado acerca de los dragones plateados.
Había llegado a establecer una relación más o menos cordial con Nivalan, puesto que llevaban mucho tiempo viajando juntos, pero no había olvidado lo fiera y peligrosa que podía llegar a ser.
Tampoco se había embarcado en aquella búsqueda porque la considerase su amiga, sino porque ella lo había obligado, en primer lugar, y porque creía de veras que era justo que recuperase sus huevos.
Tenía muy presente, por otra parte, que la mujer dragón lo mantenía a su lado por interés, y que sería muy capaz de abandonarlo, o incluso de dejarlo morir, si se veía obligada a elegir entre su compañero humano y su objetivo.
Ahora, no obstante, se sorprendía a sí mismo mirándola de reojo, recordándola como dragona y comparándola con la ilustración que había visto en el libro de Casio.
Le costaba creer que la arisca Nivalan formase parte de aquella raza de nobles criaturas que había combatido junto a las personas para proteger el mundo de los monstruos que lo asolaban.
No podía evitar preguntarse qué había sido de los otros dragones benévolos, dorados y plateados, y si aún favorecían a los mortales como en los tiempos antiguos.
Tal vez ya no los apreciaban; o quizá sí, y únicamente Nivalan les guardase rencor, y con razón, a causa del saqueo de su nido.
Ella se dio cuenta de que su compañero había empezado a observarla como si fuese la primera vez que la veía.
–¿Qué te pasa? –le espetó una tarde que Milo no estaba siendo muy discreto–. ¿Por qué me miras tanto?
El chico apartó la vista de inmediato.
–Por nada –murmuró–. Solo me estaba preguntando...
No terminó la frase, sin embargo, porque no sabía cómo continuar.
A pesar de todo el tiempo que llevaban viajando juntos, Nivalan nunca le había hablado de los dragones plateados ni de su relación con los humanos, y Milo no sabía cómo iba a tomarse el hecho de que él hubiese obtenido más información por su cuenta.
Quizá no le importase, pero, en todo caso, el muchacho no contaba con que ella fuese a aclarar sus dudas ahora.
–Es igual –dijo al fin–. Disculpa, Nivalan. No pretendía molestarte.
Ella se encogió de hombros y no respondió.
De modo que Milo siguió recurriendo a Casio para aprender más.
–Dijiste que los dragones malvados han habitado el mundo desde siempre, ¿pero qué hay de los otros? ¿También estaban aquí desde el principio?
Le había parecido entender que se habían unido a la guerra más adelante, y no podía dejar de preguntarse qué habían estado haciendo hasta entonces.
–El texto dice que fueron los magos elfos quienes los trajeron –respondió Casio, frunciendo el ceño con extrañeza–, pero no explica cómo ni de dónde. Quizá se marcharon por donde habían venido cuando los otros dragones fueron derrotados –sugirió.
Milo inclinó la cabeza, pensativo.
–Tiene sentido. Sin embargo, Nivalan... Quiero decir –se corrigió– que no entiendo entonces de dónde salieron los huevos que estamos buscando...
y los dragones que los engendraron. Si los plateados han desaparecido del mundo porque se han extinguido o se han ido a otra parte...
, ¿qué hacían aquí esos dos y sus huevos?
Casio se encogió de hombros.
–Quizá no se han ido del todo, Milo. –Bajó la voz para confiarle algo–: Hace poco descubrí algo extraordinario. ¿Recuerdas lo que te conté sobre la escuela de magia que tenía un dragón guardián?
–Sí –asintió él–. Dijiste que debía de estar hechizado.
El aprendiz negó con la cabeza.
–No lo está; resulta que se trata de un dragón dorado. Sí –confirmó, al ver que Milo abría mucho los ojos–. Parece que no están tan extinguidos como creíamos. Quizá, si no quedan muchos, se deba a que apenas hay ya dragones de los otros, ¿no crees?
–En ese caso –murmuró el chico–, ¿por qué no...?
Pero no concluyó la frase, porque era más bien una pregunta que se hacía a sí mismo: si era cierto todo lo que Casio le había contado acerca de los dragones plateados, ¿por qué Nivalan no había compartido aquella información con él?
¿Por qué no le había hablado de la antigua amistad entre ambos pueblos?
Por el contrario, había permitido que Milo siguiese creyendo que ella era como aquellos monstruos que poblaban las viejas historias.
Había estado a punto de dejarlo morir en varias ocasiones, de hecho, como si no le importara en absoluto lo que pudiese sucederle a su compañero humano.
A pesar de todo lo que estaba aprendiendo sobre la mujer dragón, aún no se atrevía a preguntarle a ella acerca de aquel asunto.
Casio, por su parte, no pudo contarle mucho más; según le explicó, el volumen que estaba leyendo trataba principalmente de los dragones corrientes, y tan solo contenía unas pocas páginas dedicadas a los dorados y plateados.
A medida que avanzaban hacia el sur, los cielos se aclaraban sobre ellos y el tiempo se volvía más benévolo. Los vientos helados del norte dieron paso a brisas todavía frescas, pero más soportables. Una mañana, el sol asomó entre las nubes y ya no volvió a ocultarse tras ellas.
La tarde del cuarto día de viaje, llegaron por fin a su destino.
La bahía de Puerto Horizonte era mucho más grande de lo que Milo había imaginado, y los edificios de la ciudad se extendían hasta más allá de donde alcanzaba la vista.
Situado en la proa junto a Nivalan, el chico pensó en lo extraña que podía llegar a ser la vida: apenas unos meses atrás, ni siquiera se le habría pasado por la cabeza abandonar su diminuta aldea entre montañas.
La simple existencia de aquel océano infinito le habría resultado inconcebible.
La mujer dragón, por su parte, permanecía asomada a la borda, con la mirada fija en la ciudad que los aguar daba en la orilla.
Tras su expresión impasible, sin embargo, Milo detectó un profundo cansancio, como si la chispa de sus ojos de ámbar estuviese apagándose poco a poco.
Entonces ella le dedicó una suave sonrisa y, por un instante, al muchacho le pareció percibir en ella un destello de la sublime criatura que había sido.
El Perseverancia atracó en el muelle de Puerto Horizonte al caer la tarde, y el grupo se dispuso a desembarcar.
Casio y Milo tuvieron que sostener a Ulros, que presentaba un aspecto lamentable.
No había terminado de acostumbrarse al balanceo del navío y, en consecuencia, los mareos lo habían mantenido indispuesto durante toda la travesía.
–No... volveré... a subir a un barco... en toda mi vida –farfulló el hombretón.
–Ya casi hemos llegado –lo consoló Milo–. Después, podrás descansar un poco.
No estaba seguro, sin embargo, de que Nivalan fuese a tolerar más retrasos en su viaje. Puerto Horizonte era una ciudad grande; no sería sencillo rastrear allí la pista de Doria, y quizá necesitasen un tiempo del que no disponían.
La mujer dragón saltó al muelle de inmediato. Antes de seguirla, Milo se aproximó a Gunter, que aseguraba uno de los cabos con firmeza y habilidad.
–¿Qué vas a hacer? –le preguntó–. ¿Vienes con nosotros o te quedas?
Gunter alzó la cabeza para mirarlo mientras se enjugaba el sudor de la frente.
–Mira, zagal, me caes bien, pero lo cierto es que no se me ha perdido nada con vosotros –respondió–.
Además, vais en busca de la chica gato, ¿verdad?
–Sacudió la cabeza–. La mantuvimos presa en las mazmorras durante dos semanas y luego la obligamos a pelear en la arena.
No creo que me recuerde con cariño, ¿no te parece?
–No –admitió Milo–, yo tampoco lo creo.
–¿Ves? Ahí lo tienes.
El muchacho se quedó mirándolo con sentimientos encontrados. Gunter formaba parte de la cuadrilla de Solmán, que los había capturado a Nivalan y a él para forzarlos a participar en su espectáculo de lucha. Sin embargo, no era el peor de todos ellos, y Milo había acabado por tomarle cierto afecto.
–Entiendo –dijo al fin–. En ese caso, adiós y buena suerte, Gunter.
–Lo mismo digo, chico.
Los dos se despidieron con un apretón de manos. Después, Milo le dio la espalda y se apresuró a reunirse con sus compañeros.
Nivalan hervía de impaciencia. Estuvo a punto de reprenderlo por la tardanza, pero lo pensó mejor y se limitó a anunciar:
–Muy bien, en marcha. No podemos perder más tiempo.
Ulros ya podía caminar por su propio pie, aunque aún le temblaban las piernas y tenía tan mal aspecto que más bien parecía el espectro de sí mismo. Aun así, se dispuso a seguir a Nivalan sin hacer preguntas.
Casio, en cambio, se quedó parado, dubitativo.
–¿Adónde vamos exactamente? –quiso saber.
–No tenemos plan –resumió Milo, más acostumbrado a su irreflexiva compañera.
–Por supuesto que tenemos un plan –replicó ella al punto–. Vamos a buscar a esa chica robahuevos.
–De acuerdo, ¿pero por dónde empezamos? –insistió Casio.
–Como ya está atardeciendo, podríamos ir a la posada –sugirió el bárbaro, sin muchas esperanzas.
–De hecho, eso es una gran idea –apuntó Milo–. Lo primero que hizo Doria al llegar a Cabofrío fue buscar un lugar donde dormir, ¿recordáis?
Nivalan consideró aquella perspectiva.
–Muy bien –decidió al fin–. Vayamos a la posada, pues.