Sombras de plata (Cuatro Lunas 4) 3 #2
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–Tienes que ponerme al día –dijo entonces el aprendiz–. ¿Qué ha pasado con el huevo que os llevasteis de la escuela? ¿Llegó a eclosionar al fin? –le preguntó a Milo en un susurro.

–No, todavía no; pero estaba guardado en el zurrón que Doria nos robó, así que...

lo hemos perdido. –El muchacho hizo una pausa, tratando de apartar de su memoria los últimos momentos que había pasado junto a ella–.

¿Qué es lo que sabes exactamente? –inquirió a su vez en voz baja–.

¿Te contó la maestra Viridia que había varios huevos?

No estaba seguro de si la Señora del Lago de la Luna conocía aquel detalle, sin embargo. Aunque Nivalan se había mostrado deliberadamente ambigua a la hora de explicarle lo que estaba buscando, Milo tenía la sensación de que la hechicera lo había entendido de todos modos.

Casio negó con la cabeza y respondió:

–Me dijo que la búsqueda de Nivalan no había concluido con el huevo que recuperó de manos del Archimago. Me explicó que teníais un plazo para llevarla a cabo y me encomendó que os ayudara en lo que pudiera, y nada más. ¿Cuántos huevos son?

–Cuatro en total –contestó Milo. Su amigo dejó escapar un silbido por lo bajo–. Llegamos a recuperar tres, pero esos se los ha llevado Doria. El cuarto está en manos del mago de la túnica negra, ese tal Scorpius, y tenemos razones para pensar que ambos están compinchados.

El aprendiz dudó un momento antes de preguntar:

–¿Y esos huevos... le pertenecen a Nivalan de verdad?

–Sí –contestó Milo con rotundidad.

Casio se quedó mirándolo, pero el muchacho no añadió nada más. No sabía hasta qué punto podía confiar en él, y no era su secreto, de todos modos, sino el de Nivalan. Debía ser ella quien decidiera si revelarlo o no.

El aprendiz asintió al fin, abrió su morral y extrajo de él un grueso tratado. Cuando lo depositó sobre su regazo, Milo lo contempló con curiosidad, pues tenía la silueta de un dragón grabada en la cubierta.

–¿Qué es eso? –preguntó.

–Es un libro que me dio la maestra Viridia antes de partir –explicó Casio–. Yo no quería llevármelo, porque sé que es muy valioso, pero ella insistió y me encargó que lo leyese con atención en cuanto pudiera.

Milo tragó saliva, incómodo, y se preguntó una vez más hasta qué punto conocía la Señora del Lago de la Luna los secretos de Nivalan.

Casio abrió el volumen y pasó las páginas con cuidado, ya que se trataba de un ejemplar muy antiguo. El texto, escrito en letra pequeña y apretada, estaba salpicado de diagramas y detallados bosquejos de dragones, algunos de ellos decorados con vivos colores.

–Lo estuve consultando ayer, en la posada –continuó–. Y encontré esto.

Le mostró una página que contenía la ilustración de un nido con varios huevos. A Milo se le retorció el estómago, porque era idéntico al que el grupo de aventureros había hallado tres meses atrás, en el cubil de Nivalan.

–Son como el que escondía en su estudio el maestro Nicodemo –señaló el aprendiz–. Por eso lo mataron, ¿verdad? Porque era un huevo de dragón.

Milo no respondió. Se esforzó por mantener una expresión neutra mientras se preguntaba qué debía decir al respecto.

Casio apartó la mirada de él y volvió a centrarla en el libro.

–De todos modos, y según dice aquí, estos tampoco son huevos de dragón corrientes. –Rozó la ilustración con la yema del dedo, casi como si esperara verlos eclosionar y llenar la página de diminutos dragones de papel–. Así es la nidada de una dragona plateada –dijo en un susurro reverencial.

–¿Una dragona plateada? –repitió Milo.

–¿No lo sabías? –se sorprendió su amigo.

–No. ¿En qué se diferencian de los dragones corrientes? ¿En el color de las escamas, nada más?

–¡En absoluto! –Casio le dirigió una mirada escandalizada–. Los dragones plateados, y también los dorados, son las criaturas míticas más asombrosas de nuestro mundo.

–¿Míticas? –repitió Milo–. Pero siempre ha habido dragones, ¿no? O los había hace mucho tiempo. Luego desaparecieron, o se volvieron tan escasos que ya solo podías saber de ellos por las viejas historias.

–Había dragones, sí –confirmó el aprendiz–. Violentos, brutales y voraces. Atacaban las poblaciones, devoraban a las personas y arrasaban los cultivos. Las crónicas antiguas están repletas de batallas contra esos monstruos. El Gremio de Cazadores se fundó precisamente para acabar con ellos.

Milo no dijo nada. Estaba pensando en Nivalan y en lo diferente que parecía de aquellas bestias que describían las leyendas.

–Pero, según se cuenta en este libro –continuó Casio–, hubo otros dragones que se aliaron con los mortales para pelear a su lado.

Protegieron a humanos, elfos y enanos, y los ayudaron a controlar la plaga de dragones que asolaba el mundo.

Eran diferentes, sí: mucho más sabios y bondadosos que sus parientes rojos, negros o azules.

Se los distinguía por el brillo metálico de sus escamas.

Dio la vuelta a la página para mostrarle la ilustración de un majestuoso dragón coloreado con pan de oro. Un guerrero humano cabalgaba sobre su lomo, protegido por una elegante armadura y pertrechado con una lanza.

Milo se había quedado sin respiración.

–¿Quieres decir que había dragones buenos? –pudo farfullar al fin–. ¿Y qué fue de ellos... al final?

–No lo sé, pero no he terminado de leer el libro; tal vez el texto lo aclare en alguna parte. Tenía entendido que las personas acabaron por exterminar a los otros dragones, aunque, si ese fue el caso, los dorados y plateados no deberían haber desaparecido también.

–Puede que entraran en letargo –murmuró Milo, desviando la mirada–. Muchos pueblos tienen historias de dragones dormidos en el corazón de la montaña, que despertarán al cabo de los siglos.

Nivalan también lo había mencionado en alguna ocasión, así que quizá el resto de los dragones bondadosos estuviesen hibernando en alguna parte.

–En todo caso, si los huevos que buscáis los puso una dragona plateada –continuó Casio–, son increíblemente valiosos. Mucho más que los de un dragón corriente. ¿Dónde los encontrasteis?

El muchacho no respondió enseguida. Estaba rememorando el día en que había guiado a un grupo de aventureros hasta el cubil del dragón del Pico Brumoso.

Y cómo aquella gruta había resultado ser, si Casio estaba en lo cierto, el nido de una pareja de dragones plateados.

–Estaban en una cueva –dijo al fin a media voz–. En una montaña, cerca de mi aldea.

El aprendiz se quedó mirándolo, como si no creyera que un hallazgo tan extraordinario pudiese tener una explicación tan trivial.

Pero a Milo no le importaba. Hacía ya tiempo que sabía que no deberían haber asaltado aquella caverna, abatido al compañero de Nivalan ni robado los huevos de su nido. No obstante, hasta ese momento no había sido consciente de la enormidad del crimen que habían cometido aquel día.

Dragones plateados. Compañeros de los mortales desde tiempos inmemoriales contra la verdadera amenaza que suponían los monstruos alados que los hostigaban desde los cielos. Si era cierto que habían ganado la guerra, ¿cómo era posible que hubiesen olvidado a sus aliados?

–No puede ser que no lo supieras –dijo entonces Casio con perplejidad.

Él sacudió la cabeza.

–Nunca había oído hablar de los dragones plateados –manifestó–. Creía que todos los dragones eran iguales. Es lo que todo el mundo piensa, ¿no?

–¿Nivalan tampoco tiene ni idea? –siguió preguntando el aprendiz.

Milo sonrió.

–Al contrario; estoy seguro de que Nivalan lo sabe muy bien, pero no ha compartido sus conocimientos conmigo. –Se encogió de hombros–. Al fin y al cabo, es su búsqueda, no la mía.

Casio inclinó la cabeza, reflexivo. Al fin dijo:

–Pareces convencido de que esos huevos deben estar en su poder, y la maestra Viridia también lo piensa. Y aunque hay muchas cosas que todavía no entiendo, me han encargado que os ayude, y eso es lo que voy a hacer. Solo espero que de verdad estemos apoyando una causa justa.

La mirada de Milo se desvió hacia la proa del barco, donde Nivalan, envuelta en una gruesa capa, contemplaba en silencio el océano que se abría ante ella.

–Lo es, Casio –murmuró–. Te aseguro que te resultará difícil encontrar una causa más justa que esta.