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Cu ando regresaron , encontraron a Ulros ya despierto y atacando un enorme tazón de gachas.
–¡Por fin habéis vuelto! –exclamó al verlos.
Observó con curiosidad a Casio, que aguardaba en el dintel de la puerta con timidez, aferrado a su morral. Milo lo invitó a entrar y se lo presentó al bárbaro, explicándole que iba a acompañarlos durante su viaje. La expresión de Ulros cambió de pronto.
–Entonces, ¿eres un mago o no? –preguntó, un tanto receloso.
–No del todo –respondió Casio con modestia–. Solo soy un aprendiz.
El bárbaro lo contempló con los ojos entornados, aún sin estar seguro de si podía confiar en él. Cuando los recién llegados se sentaron a la mesa, Milo le contó:
–Hemos averiguado algunas cosas acerca del mago de la túnica negra, pero todavía no tenemos idea de dónde encontrarlo.
–Ah, bueno, yo también he estado preguntando –replicó Ulros con la boca llena–. Y me he enterado de algo interesante.
–¿De verdad? –soltó Milo con cierto escepticismo.
Parecía claro que el bárbaro, a juzgar por su cabello revuelto, se acababa de levantar.
Sus ojos, sin embargo, estaban marcados por unas profundas ojeras, puesto que hacía varias semanas que se veía torturado por horribles pesadillas y migrañas que le impedían dormir bien por las noches, a causa de un hechizo ejecutado precisamente por el mago al que estaban buscando.
A pesar de ello, el hombretón siempre se las arreglaba para mantener el buen humor, sobre todo cuando se hallaba rodeado de gente.
–Por supuesto –replicó, muy ufano–. ¿Y sabéis qué? La chica a la que perseguís se alojó aquí hace un par de noches y se marchó ayer mismo, por la mañana.
Milo y Nivalan cruzaron una mirada de sorpresa.
–¿Estás seguro de que se trataba de Doria? –preguntó el muchacho.
Ulros asintió, muy convencido.
–La descripción encaja.
–¡Qué descaro! –exclamó la mujer dragón, indignadísima–. Puede que se crea muy lista, ¡pero la alcanzaremos y se lo haremos pagar!
Milo no dijo nada más. Recordaba que la última vez que había hablado con Doria, poco antes de que los traicionara, ella le había dicho que lo primero que haría al regre sar a la civilización sería procurarse un baño y una buena comida.
Tenía sentido que hubiese acudido a la posada en primer lugar, aunque ellos habían dado por sentado que trataría de ocultar sus pasos.
–Según el posadero, anduvo preguntando por los barcos que zarpaban del puerto –continuó el bárbaro–. No hay muchos en esta época del año, así que, si llegó a embarcar, no debería ser difícil seguirle la pista.
Nivalan se puso en pie de inmediato.
–¡Vayamos al puerto, entonces! ¿A qué estamos esperando?
–A que termine mi desayuno. –Ulros arqueó la ceja–. No te preocupes, señora, he enviado a Gunter por delante; dice que conoce bien esta ciudad y, por otro lado, uno de los dos tenía que quedarse aquí para esperaros.
No obstante, en vista de que la mujer dragón se mostraba muy dispuesta a marcharse sin él de todas formas, el bárbaro se vio obligado a dejar sus gachas a medias.
E l puerto de Cabofrío era más bien un fondeadero con apenas un par de muelles. El grupo no tuvo problemas en localizar a Gunter, porque estaba conversando con el capitán del único barco de buen tamaño que se mecía sobre las aguas, un navío sobrio y robusto que tenía por nombre Perseverancia .
Se reunieron con su compañero, que se mostraba animado por primera vez desde que se había unido a ellos, y le presentaron a Casio. Cuando le preguntaron si había averiguado algo sobre Doria, Gunter respondió:
–De hecho, sí: dicen que embarcó con los primeros supervivientes del Anfiteatro que llegaron a la ciudad.
–¿Adónde se dirigía ese barco? –preguntó Nivalan con impaciencia.
Gunter se volvió hacia el capitán, un marino de tez curtida que lucía un frondoso bigote pelirrojo.
–Al único lugar al que navegamos en estas fechas, señora –contestó este–: Puerto Horizonte.
–Recuerdo ese sitio –comentó Gunter, con un brillo de nostalgia en la mirada.
–¿Echas de menos el mar? –preguntó el capitán con una carcajada–. Si te has quedado sin trabajo, puedes volver a enrolarte en mi barco. Siempre hacen falta más manos en cubierta.
Él desvió la mirada, turbado.
–No sé si podría..., sin Gumar... –murmuró.
Su gemelo había muerto durante el asalto de los licántropos al Anfiteatro, y el pobre Gunter seguía conmocionado. El capitán lo observó un momento y dijo con suavidad:
–Tu hermano era un buen marinero, igual que tú, pero se había aburrido de la vida a bordo.
Si no recuerdo mal, por eso empezasteis a trabajar para esa urraca avariciosa de Solmán en tierra firme, ¿verdad?
–Gunter no pronun ció palabra, y él continuó–: Bueno, piénsatelo.
Zarparemos mañana al amanecer; si quieres unirte a nosotros, serás bienvenido.
–¿Zarpáis hacia Puerto Horizonte? –intervino Nivalan con interés.
–Sí, ¿por qué? ¿Estáis interesados en comprar un pasaje?
–Si es allí adonde ha ido esa ladrona mentirosa, sí, por supuesto –gruñó ella.
–¿Qué clase de lugar es Puerto Horizonte? –preguntó Milo, antes de que el capitán pudiese responder.
–Es una ciudad de la que zarpan muchos barcos, hacia otros puertos de la costa occidental y también hacia el Reino Insular –intervino Casio, con un pequeño carraspeo.
–En efecto –confirmó el capitán–. Se encuentra en una bahía protegida de las inclemencias del océano, en aguas más cálidas que estas, y gracias a eso puede contar con un puerto de buen tamaño. –Observó al aprendiz con curiosidad–. ¿Has estado allí alguna vez, acaso?
El rostro de Casio se iluminó con una sonrisa.
–Sí –respondió–. Mi familia y yo viajamos en este mismo barco, de Cabofrío a Puerto Horizonte, hace mucho tiempo. Han pasado más de diez años, así que probablemente no lo recuerdes.
–Puede ser, puede ser –masculló el capitán, atusándose el bigote–.
El Perseverancia navega por la costa occidental del continente desde hace dos décadas, y ha llevado a muchos pasajeros; la gente viene y va...
Normalmente, se va –añadió con una carcajada–, porque los inviernos son demasiado largos en este lugar.
–¿Podemos partir mañana en este barco, entonces? –insistió Nivalan con impaciencia.
–Naturalmente, si pagáis el pasaje.
Milo rebuscó en su zurrón y sacó apenas un par de monedas. Se las ofreció al capitán, ruborizado.
–No tenemos mucho dinero –confesó–. La chica a la que estamos buscando nos robó nuestras pertenencias.
Casio lo miró con cierta sorpresa. Su amigo no había tenido tiempo de hablarle de Doria y de la pérdida del zurrón mágico que contenía los huevos. El aprendiz, no obstante, guardó silencio, en espera de una mejor ocasión para preguntarle al respecto.
Ulros palpó su morral.
–Yo conseguí algo de dinero en el Anfiteatro –dijo con prudencia; echó un vistazo dubitativo al navío atracado en el muelle y añadió–: Nunca he viajado en barco, la verdad.
–Es extraño al principio, pero acabas por acostumbrarte –lo tranquilizó Milo.
El bárbaro se cruzó de brazos.
–¿Estáis seguros de que Doria se dirige al encuentro del mago de la túnica negra? –preguntó.
–Bastante seguros, sí. Pero, aunque no fuera así, sabemos que están en contacto y quizá ella pueda decirnos más sobre él, si la encontramos. Y, de todos modos, nosotros necesitamos localizarlos a los dos.
Scorpius tenía en su poder el huevo que le había arrebatado a Ulros en la aldea, y Doria había robado el zurrón que contenía los otros tres.
Milo y Nivalan esperaban poder hallarlos a ambos en el mismo lugar, porque, si no era así, quizá no tuviesen tiempo de rastrearlos por separado antes de que concluyese el plazo.
El hombretón lo meditó un momento y cabeceó al fin, conforme.
–De acuerdo, pues. Yo pagaré el pasaje para todos.
Casio se apresuró a aclarar que él costearía su parte, y el capitán volvió a ofrecerle a Gunter un puesto en su tripulación, por lo que no tendría que pagar el viaje.
Este lo pensó unos instantes. Desde la muerte de su hermano, no sabía bien qué hacer con su vida, y acompañaba a Milo y los demás simplemente para no quedarse solo.
La posibilidad de regresar a su antiguo oficio, sin embargo, lo atraía y lo aterrorizaba a partes iguales.
Al fin aceptó la propuesta, y Ulros y el capitán acordaron el precio total y sellaron el trato con un apretón de manos.
–¡Ya era hora! –refunfuñó Nivalan.
E l Perseverancia zarpó al amanecer del día siguiente, bajo un denso manto de nubes grises que ocultaba la luz y el calor del sol.
Eran los únicos pasajeros a bordo, puesto que, al parecer, todo el que deseaba abandonar Cabofrío lo había hecho ya dos días atrás, en el mismo barco que había tomado Doria.
Para sorpresa del grupo, Gunter se integró de inmediato en la tripulación y no tardaron en verlo limpiando la cubierta, anudando sogas o trepando por el mástil con una agilidad que parecía casi sobrenatural.
–No tenía ni idea de que habías sido marinero, Gunter –le dijo Milo.
–Sí, hace tiempo. Se me dan mejor los barcos que los animales, la verdad –confesó él.
Estaba de un humor extraño. A veces miraba alrededor con un brillo ilusionado en los ojos, feliz por estar de vuelta a bordo; pero entonces recordaba que su hermano Gumar no podía acompañarlo en esa nueva travesía, y una sombra de tristeza nublaba su rostro.
Con todo, se adaptó al entorno mucho mejor que Ulros, que se sintió indispuesto desde el mismo momento en que pisó la cubierta.
–El suelo se mueve demasiado –murmuró, mientras su tez se teñía de un tono verdoso enfermizo.
–Acabarás por acostumbrarte, no te preocupes –le aseguró Milo.
Pero el hombretón, después de arrojar por la borda todo el contenido de su estómago, se dirigió tambaleante a su hamaca para tumbarse cuanto antes, y no volvieron a verlo el resto de la jornada.
A mediodía, las nubes se abrieron un poco. Casio y Milo salieron al exterior y se sentaron sobre la cubierta, con la espalda apoyada contra la borda, para disfrutar de la calidez del sol.