Sombras de plata (Cuatro Lunas 4) 2 #2
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Milo mantuvo la calma. Se le había ocurrido que, aunque no fuese a obtener allí ninguna información sobre Doria, sí había algunas cosas que podía averiguar, si contaba una historia convincente y hacía las preguntas adecuadas.

–También estoy buscando a otra persona –dijo–. La dama para la que trabajo tiene interés en localizar a alguien a quien conocemos los dos –añadió, sosteniéndole la mirada.

El Cazador se cruzó de brazos.

–¿Ah, sí? ¿De quién se trata?

–Del mago de la túnica negra que vino con nosotros a cazar al dragón. Mi señora tiene una cuenta pendiente con él y lo busca desde hace mucho. Por eso acudió a mi pueblo, siguiendo sus pasos, y, como yo había tratado con él, me contrató para que la asistiese en su viaje.

–¿De verdad? ¿Y habéis venido hasta este lugar, en el confín del mundo, solo para preguntarme por ese hechicero?

–No exactamente –respondió Milo, en un arranque de inspiración–. Hemos venido a reunirnos con Ulros, el bárbaro, porque también anda buscándolo. No sabíamos que te encontraríamos aquí a ti también.

El Cazador movió la cabeza, no muy convencido.

–Si no recuerdo mal, ese mago al que dices que estás siguiendo se cayó por un precipicio mientras luchábamos contra el dragón.

–Sobrevivió, y después fue a la taberna de la aldea y le robó a Ulros el hue... su parte del botín –se corrigió Milo–. Puedes preguntarle a él, si no me crees. Se aloja con nosotros en la posada.

–Me parece una historia un tanto inverosímil –murmuró el Cazador; pero Milo se dio cuenta de que empezaba a considerar la posibilidad de que le estuviese diciendo la verdad.

–Si tienes alguna información sobre ese mago, nos sería de gran ayuda –añadió–. Como su nombre, por ejemplo, o el lugar del que procedía.

–Decía llamarse Scorpius el Sombrío –rememoró el Cazador–, pero imagino que eso ya lo sabías.

–No –replicó Milo con cierta sorpresa–. Tenía entendido que se lo conocía como «el Sombrío», a secas.

–Fue el nombre que mencionó la primera vez que hablé con él, aunque no volvió a repetirlo, que yo recuerde. No te va a ser de mucha utilidad, sin embargo; es evidente que es solo un apodo.

–Pero es posible que haya más gente que lo conozca por ese nombre –dijo Milo, animado–. Si seguimos preguntando por él, tal vez alguien pueda decirnos más.

Le dio las gracias y se despidió, pues ya se había entretenido demasiado en aquel lugar y era consciente de que Nivalan lo estaría esperando. Cuando iba a marcharse, sin embargo, el Cazador lo retuvo un momento más:

–Si vuelves a cruzarte con ese hechicero..., Scorpius, o como se llame..., has de saber que tiene una habilidad especial.

–¿Una habilidad especial? –repitió Milo–. ¿A qué te refieres?

–Todos los magos hacen cosas extraordinarias, pero este...

parece tener un poder innato sobre los animales.

Cuando íbamos de camino a tu aldea, nos atacó un perro de presa –recordó–.

Scorpius le ordenó que diera media vuelta y se marchara por donde había venido, y el animal lo obedeció sin más.

–Sacudió la cabeza–. Los otros pensaron que lo había hechizado, pero yo he trabajado con magos en otras cacerías y sé cómo se comporta una bestia afectada por la magia.

–Entiendo –murmuró el muchacho, aunque no estaba seguro de haberlo comprendido del todo–. Gracias, lo tendremos en cuenta.

–Buena suerte, Milo –le deseó el Cazador; cuando él lo miró con sorpresa, el hombre añadió–: Tengo buena memoria para los nombres.

Salió de la taberna de los Cazadores y se apresuró por el callejón hacia el lugar del encuentro, mientras la mente le bullía con nuevas preguntas.

No había obtenido información sobre Doria, pero al menos contaba ahora con algún dato más acerca del esquivo mago de túnica negra al que estaban buscando.

Alcanzó la plaza del Agua Viva cuando los primeros rayos del sol de la mañana ya despuntaban sobre los tejados de Cabofrío, cubiertos de nieve y adornados de carámbanos.

Localizó la fuente de inmediato: apenas un caño hundido en una pared de roca, del que manaba un chorro de agua humeante.

Allí se encontraba ya Nivalan, conversando con un joven que lucía una túnica de color azul y que, obviamente, no era la maestra Viridia.

Cuando ambos se dieron la vuelta para recibirlo, Milo lo reconoció.

–¡Casio! –exclamó sorprendido.

El aprendiz le sonrió en respuesta. Iba bien abrigado, cubierto con una gruesa capa y con las manos protegidas por guantes. Llevaba en bandolera un morral abarrotado de cosas, como si se dispusiese a emprender un largo viaje. Y tenía cara de no haber dormido demasiado.

–Hola, Milo –le dijo–. Me alegro de verte.

Los dos se fundieron en un abrazo. Se habían conocido tiempo atrás en la escuela del Lago de la Luna, cuando a Casio le habían encomendado ejercer de anfitrión del joven pastor y, de paso, vigilar que no se metiera en líos.

No había tenido mucho éxito en este último aspecto, a decir verdad, aunque ambos habían acabado por hacerse amigos.

–¿Pero qué haces aquí? –preguntó Milo, encantado de reencontrarse con él–. ¿Cuándo has llegado?

Casio se pasó una mano por el cabello, revolviéndolo.

–Ahora mismo. Me envía la maestra Viridia para reunirme con vosotros y transmitiros información de su parte.

Me ha elegido a mí, en realidad, no solo porque soy tu amigo, sino, sobre todo, porque yo ya había estado antes en este lugar: ¡Cabofrío es mi ciudad natal!

–anunció con una sonrisa–. Mi familia se mudó a otro sitio cuando yo era muy pequeño, pero me acordaba de esta fuente y por eso he podido teletransportarme hasta aquí.

–Todo eso ya lo habías dicho –interrumpió Nivalan, obviando el hecho de que Milo acababa de llegar y, por tanto, aquella información era nueva para él–. Ahora cuéntanos de una vez qué es lo que habéis averiguado.

–Ah, pues... –Casio sacó un cuaderno de su morral y lo abrió para consultar una página en la que había garabateado una serie de notas apresuradas–. Antes que nada, debéis saber que el Archimago Arcontus se ha... descongelado.

–¿En serio? –se sorprendió Milo–. ¿Cómo es eso posible?

–El Consejo de Archimagos lo mantiene recluido con salvaguardas mágicas –lo tranquilizó él–, así que no es probable que se libere por sí mismo y acuda en vuestra busca.

Pero Nivalan dijo que Arcontus permanecería congelado hasta que ella completara su misión, y por eso la maestra Viridia dio por sentado... que ya lo había conseguido.

Milo se volvió para observar a la mujer dragón, que se había puesto muy pálida.

–Debería permanecer congelado –murmuró ella–. Mi voluntad es que siga siendo una estatua de hielo hasta que ya no pueda amenazarme. Si ha logrado desafiar a mi poder...

–El Archimago Arcontus es un hombre poderoso también –apuntó Casio–. Quizá lo habías subestimado.

Nivalan desvió la vista, turbada.

–Puede ser –murmuró–. Puede ser.

–Por todo esto, la Señora del Lago de la Luna pensaba que ya no os iba a hacer falta la información que había obtenido acerca del mago de la túnica negra –prosiguió el aprendiz–.

Pero, dado que no es así, me la ha facilitado.

–Volvió a consultar sus apuntes–. Se trata de un joven que inició estudios de hechicería, aunque no llegó a completarlos. Se hacía llamar...

–¿Scorpius? –colaboró Milo. Casio pestañeó–. Así es como se lo conoce ahora. Tengo entendido que no es su nombre real, de todos modos.

–No, tenía otro apodo en la escuela, pero es igual: tampoco era su nombre de verdad.

Está bien saber que ha vuelto a cambiarlo, en todo caso.

Parece que tu información está más actualizada que la mía.

La cuestión es –continuó– que, aunque no finalizó su formación como mago, posee un artefacto que le robó a una de sus maestras: un báculo de gran poder que le permite realizar hechizos que, de otro modo, estarían fuera de su alcance.

En su antigua escuela no lo recuerdan con cariño; dicen de él que es ambicioso, cruel y traicionero.

–De acuerdo –dijo Nivalan, no demasiado impresionada–. ¿Y sabe Viridia dónde encontrar a ese... Scorpius?

Casio se encogió de hombros con impotencia.

–Al parecer, es un tipo que no tiene pasado. La Señora de la Torre dice que lo admitió en su escuela porque lo recomendó un Archimago elfo que lo había recogido de la calle. No tenía hogar ni familia, pero vio en él aptitudes para la magia.

Milo ladeó la cabeza con interés, porque aquella historia le recordaba a la suya propia. Aunque él había sido adoptado por un pastor que le enseñó su oficio, y no por un mago, le parecía curioso que tuviese aquel aspecto en común con el hechicero de la túnica negra.

–Nadie sabe adónde fue después de dejar la escuela –continuó Casio–. Abandonó a sus compañeros sin despedirse y no volvieron a saber de él.

Nivalan suspiró con cansancio.

–De modo que estamos como al principio –murmuró.

–No del todo, porque ahora sabemos quién es ese tal Scorpius –apuntó Milo.

–Y, además, contáis con otra ventaja –anunció Casio, sonriendo–: Yo voy a acompañaros. La Señora del Lago de la Luna no me ha enviado solo para hacer de mensajero –añadió ante el gesto perplejo de sus compañeros.

–¿Eso quiere decir que nos puedes transportar mágicamente al lugar donde se encuentra Scorpius? –preguntó Milo, animado ante la perspectiva de poder ahorrarse el último trecho del viaje.

Casio arrugó el entrecejo.

–No, los magos solo somos capaces de teletransportarnos a lugares donde ya hemos estado alguna vez. Pero puedo ayudaros con mi magia y mis conocimientos –apuntó, dando unos golpecitos al morral que cargaba a su costado. Milo adivinó que guardaba varios libros en su interior.

–Si ya hemos terminado de hablar, deberíamos volver a la posada –dijo Nivalan; se había abrazado a sí misma con las manos bajo las axilas y tiritaba de frío–. Me estoy congelando –se lamentó con aire desdichado.