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Co n la primera claridad del día , Milo y Nivalan salieron de la posada y se dirigieron a la plaza del Agua Viva.
Tal como Cordelia les había anticipado, el posadero no había tenido problema en indicarles cómo llegar hasta allí.
Ulros y Gunter, por su parte, se habían quedado durmiendo en la habitación; Milo no había insistido en que los acompañaran, ya que tenía la sensación de que, si Viridia no les había facilitado más información la noche anterior, se debía precisamente a que ellos estaban presentes.
A Nivalan, por otro lado, le daba igual dejarlos atrás.
Aunque ya no nevaba, las calles seguían casi impracticables. Milo estaba acostumbrado a caminar sobre suelos cubiertos de hielo y nieve, pero la mujer dragón avanzaba con mucha dificultad. Resbaló un par de veces y el muchacho tuvo que sostenerla antes de que cayera.
–Son estos zapatos –refunfuñó ella–. Me vuelven torpe.
Sus compañeros habían insistido en que se calzara días atrás, antes de partir del Anfiteatro.
Como no tenía zapatos propios, llevaba ahora un par de botas de repuesto que Druna, la luchadora bárbara, había dejado atrás en su precipitada huida.
A Nivalan le venían grandes y las encontraba muy toscas en comparación con las elegantes zapatillas élficas que había perdido en el bosque, pero Milo se había mostrado firme en aquella cuestión.
–Lo último que queremos es que se te congelen los pies –le había dicho–. No es agradable y podrías perderlos para siempre.
–Eso es absurdo –había protestado ella–. El frío no puede hacerme daño.
–Tal vez no afecte a tu cuerpo de dragón, pero ahora eres humana, con todas sus consecuencias.
Nivalan no podía negar aquello, de modo que había acabado por ceder.
No obstante, mientras la veía tiritar en el helado amanecer de Cabofrío, Milo pensó que su compañera parecía más vulnerable conforme pasaban los días.
Lo achacó al cansancio del viaje y a la debilidad que le causaba el hecho de no estar alimentándose como debía.
Sin embargo, el muchacho tenía la sensación de que había algo más.
La ayudó a incorporarse con una sonrisa alentadora.
–Ánimo, no estamos lejos –le dijo.
Echó un vistazo alrededor para orientarse y localizó más adelante el taller de un carpintero, cuyo rótulo tallado en madera formaba parte de las indicaciones que les había dado el posadero.
Nivalan también se había fijado.
–Es por ahí –señaló, pero el muchacho no la escuchaba.
Le había llamado la atención el local que había junto a la carpintería. Era una pequeña taberna, y el símbolo dibujado sobre su puerta le resultó familiar: dos flechas cruzadas sobre la silueta de una criatura que parecía un reptil monstruoso, de ojos rojos y cuernos enormes.
Había visto antes aquel emblema: decoraba algunas de las pertenencias del Cazador que se había llevado uno de los huevos de Nivalan tiempo atrás, y Ulros le había comentado en su momento que todos los de su clase lo llevaban también tatuado en la piel.
Había unas palabras escritas en torno al símbolo, pero Milo no podía descifrarlas.
–¿Por qué te quedas ahí parado? –lo regañó la mujer dragón–. ¡Vamos a llegar tarde!
–Espera un momento –la detuvo él–. ¿Puedes leer lo que dice ahí?
Le señaló el letrero sobre la taberna. A Nivalan le bastó un breve vistazo para interpretarlo.
–Dice «Gremio de Cazadores». –Se encogió de hombros–. No es tan difícil: entiendo todos los idiomas de tu mundo, hablados y escritos.
Milo no se entretuvo en considerar las implicaciones de aquella sorprendente habilidad de su compañera.
–Me gustaría entrar a preguntar un par de cosas.
–¿Qué? ¡Pero ya está saliendo el sol! Llegaremos tarde a nuestra cita en la plaza.
Aunque no sabían con quién iban a reunirse allí, estaban bastante convencidos de que se trataba de la propia maestra Viridia; la escuela del Lago de la Luna se encontraba muy lejos de Cabofrío, pero los magos tenían sus propios recursos para recorrer largas distancias en muy poco tiempo.
–Adelántate tú –propuso Milo–. Yo te alcanzaré en un rato. Estamos apenas a un par de calles de nuestro destino y, de todos modos, no tardaré mucho en reunirme contigo –añadió al ver que ella dudaba.
Nivalan asintió al fin, pero le advirtió:
–No te alejes más; si empiezas a encontrarte mal, acude a mi encuentro de inmediato.
El chico la miró con cierta sorpresa. Ambos sabían que, debido al hechizo que los mantenía vinculados y que permitía a la mujer dragón conservar su aspecto humano, estaban obligados a permanecer juntos.
Si llegaran a separarse demasiado, la salud de Milo se resentiría hasta el punto de poner en peligro su vida.
La novedad era que, por primera vez, a Nivalan parecía importarle de verdad el bienestar de su compañero.
Ella continuó calle arriba, y Milo no se entretuvo más. Tenía sus razones para entrar a curiosear en el Gremio de Cazadores, pero no estaba seguro de querer compartirlas con Nivalan, porque quizá se tratase solo de una intuición.
Y también porque tal vez no fuese prudente mencionar a Doria delante de ella.
La taberna no era muy grande, aunque había una puerta cerrada al fondo que sugería la existencia de una trastienda de mayor tamaño.
Contaba solo con un par de mesas para sentarse, y tras el mostrador, que ocupaba apenas una esquina, se adivinaba un único barril de vino o cerveza.
No parecía, por tanto, un local particularmente popular, o quizá, pensó Milo, la taberna no fuera la actividad principal de aquel lugar.
La decoración de las paredes, desde luego, era poco habitual: estaban adornadas con cuadros y grabados que representaban diferentes clases de seres monstruosos, cubiertos de anotaciones que el muchacho no supo descifrar.
Identificó algunas de las criaturas, como los dragones o los licántropos, porque las había visto con sus propios ojos.
Otras (sirenas, harpías o basiliscos) las conocía solo por las leyendas, pero había unas cuantas que ni siquiera fue capaz de nombrar.
Su mirada se detuvo entonces en un cartel que mostraba a un hombre transformándose en un enorme felino de pelaje a rayas, y comprendió que se había equivocado buscando a Doria en aquel lugar.
Por mucho que su antigua amiga desease formar parte de aquel gremio, entre los Cazadores ella era solo una presa más.
Frunció el ceño. Aún le costaba asimilar la asombrosa capacidad de Doria para metamorfosearse a voluntad en una majestuosa pantera negra. A él le parecía una habi lidad increíble, pero ella la consideraba más bien una maldición.
–¿Qué estás haciendo aquí, zagal?
Milo se sobresaltó al oír la voz y se dio la vuelta para encarar al hombre que acababa de salir de la trastienda.
Tenía el cabello largo y oscuro, aunque empezaba a escasearle en la coronilla, cosa que compensaba con un poblado bigote.
Tres cicatrices paralelas surcaban su rostro de parte a parte, recuerdo de los tiempos en los que había sido un Cazador en activo.
Ahora debía de dedicarse a atender a los visitantes en la taberna, a juzgar por el mandil que llevaba atado a la cintura.
El muchacho se dijo que, ya que se había tomado la molestia de entrar, preguntaría por Doria de todos modos.
–Estoy buscando a una chica –dijo–. Sé que quería ser Cazadora y unirse a vuestro Gremio.
El hombre le dedicó una larga mirada pensativa y comentó:
–No aceptamos a cualquiera, ¿sabes? Tiene que cumplir algunos requisitos.
Milo dudó un momento. Desde que habían descubierto que Doria estaba en contacto con el Sombrío, daban por sentado que trabajaba para él.
Pero ella le había confesado tiempo atrás que contaba con que los huevos de dragón de Nivalan le facilitarían el ingreso en el Gremio de Cazadores.
¿Y si le había dicho la verdad, después de todo?
Inclinó la cabeza, pensativo. Dado que los huevos que les había robado estaban en el interior del zurrón mágico, Doria no tendría forma de acceder a ellos, pues solo la persona que los había guardado en su interior sería capaz de volver a sacarlos de él.
No obstante, como no le parecía prudente mencionar aquel asunto al tabernero, se limitó a responder:
–Quizá pasó por aquí solo para preguntar, igual que yo. Se llama Doria, y tiene el cabello corto y negro y los ojos verdes.
El tabernero se rascó el mostacho, reflexionando.
–No me suena –dijo por fin–. Puede que se haya presentado en otro local del Gremio, ¿eh? –añadió para animarlo–. Tenemos sedes en la mayoría de las poblaciones importantes.
–Entiendo –murmuró Milo–. Gracias de todos modos.
Se dio la vuelta para marcharse y se topó de bruces con un cliente que acababa de entrar.
–Ten más cuidado –gruñó este.
Milo fue a disculparse, pero las palabras murieron en sus labios, porque conocía al hombre que se alzaba ante él. El contraste entre su piel oscura y su corto cabello blanco no pasaba desapercibido.
Él, por su parte, también lo había reconocido.
–¿Tú no eres el chico del Pico Brumoso, el que nos condujo hasta el dragón? –le preguntó con sorpresa–. ¿Qué haces aquí, tan lejos de tu casa?
Milo dio un paso atrás y le dirigió una mirada recelosa.
Nivalan y él habían seguido a aquel Cazador a través de las montañas y los bosques boreales, pero le habían perdido la pista en el Anfiteatro.
No obstante, y dado que para entonces ya había vendido su huevo de dragón a Solmán, los dos compañeros habían perdido el interés en buscarlo.
–¿Conoces a este muchacho, Zarid? –inquirió el tabernero con curiosidad–. ¿Quién es, tu futuro aprendiz?
Milo se apresuró a negar con la cabeza.
–No, no estoy interesado...
–Por supuesto que no –replicó el Cazador, cortante; su mirada seguía clavada en él–. ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Acaso me estabas siguiendo?
–Pregunta por una chica –colaboró el tabernero, alzando las cejas con picardía.