Sombras de plata (Cuatro Lunas 4) 1 #2
5%

1 #2

En el interior del cristal pudieron distinguir la imagen de Viridia, la Señora del Lago de la Luna, desconcertada y ligeramente irritada.

Llevaba el cabello sin recoger, lo cual sugería que también a ella la había sacado de la cama aquella llamada inoportuna.

Milo sonrió para sí al recordar que, a pesar de que la escuela de magia existía en una noche perpetua, sus habitantes siempre sabían qué hora era.

–Maestra Viridia..., Señora del Lago de la Luna –empezó Cordelia–. Te agradezco mucho que hayas atendido a mi petición.

–Debe de ser importante o, de lo contrario, no habrías intentado comunicarte conmigo a estas horas –observó ella–. ¿Quién eres?

–Me llamo Cordelia y soy la maga residente de Cabofrío, en el Reino Montaraz. Contacto contigo a petición de unas personas que han llamado esta noche a mi puerta y que aseguran que necesitan hablarte sin demora.

–¿De verdad? –El tono de Viridia era escéptico, pero cambió cuando identificó a Milo y a Nivalan al otro lado del cristal–. ¡Sois vosotros! –exclamó encantada–. Llevo días tratando de localizaros y no sabía cómo...

–Oh... –murmuró Cordelia con sorpresa.

Parecía claro que no había creído ni por un momento que la Señora del Lago de la Luna se mostraría dispuesta a atenderlos. Milo supuso que les cobraría por las molestias, de todos modos.

Nivalan se abalanzó sobre la esfera.

–¿Nos estabas buscando? ¿Tienes acaso información sobre ese mago negro?

Viridia vaciló un instante.

–Sí, pero... ¿no has concluido tu misión todavía?

Nivalan dejó escapar un bufido de frustración.

–¡Estoy más lejos que nunca de mi objetivo! –se lamentó.

–¿Por qué lo preguntas? –intervino Milo–. ¿Qué es lo que ha pasado?

Al otro lado de la esfera, la Señora del Lago de la Luna paseó la mirada por los rostros de las personas que la contemplaban y respondió con precaución:

–Tenemos mucho de que hablar, pero no creo que este sea el medio adecuado. ¿Decís que estáis en Cabofrío? Pudiera ser...

–Necesitamos saber dónde encontrar al mago de la túnica negra –insistió Nivalan–. Si has averiguado algo...

–Aguardad un momento –interrumpió Viridia–. Volveré a contactaros más tarde.

La esfera se oscureció de pronto y la mujer dragón soltó un gruñido impaciente.

–¿Qué ha pasado? ¿Por qué se ha ido? ¿Cuándo va a responder a mis preguntas?

–¡No lo sé! –Cordelia parecía tan desconcertada como ella–. No entiendo bien lo que ha querido decir. ¿Se supone que ahora tenemos que esperar a que sea la maestra Viridia quien se comunique con nosotros? ¿Y cuánto tardará en hacerlo?

Dirigió una mirada irritada a los forasteros, como si empezase a considerar que su visita se estaba alargando demasiado.

–Ha dicho que esperemos un momento –colaboró Milo–. Te pagaremos por tu tiempo, por descontado –añadió.

Nada más pronunciar estas palabras, se dio cuenta de que quizá no sería capaz de mantener su promesa. Porque todo el dinero de Nivalan se encontraba, junto con los huevos, en el zurrón mágico que Doria les había robado.

Él mismo solo contaba con lo poco que había logrado saquear de los aposentos de Solmán, en el Anfiteatro, tras el ataque de los licántropos. Ignoraba cuáles eran las tarifas de Cordelia, pero esperaba que pudiesen pagarlas.

–Quizá podríamos marcharnos y regresar mañana –propuso Ulros–, para no seguir molestando a la señora. Si la otra hechicera vuelve a contactar mientras tanto...

–¡No! –rugió Nivalan–. No voy a ir a ninguna parte sin respuestas.

Cordelia se puso en pie, irritada.

–Yo no tengo la culpa de que la maestra Viridia haya cortado la comunicación –replicó–. Me parece, por otro lado, que he tenido bastante paciencia con vosotros. Y no pienso tolerar...

–¡La esfera! –exclamó entonces Milo.

Y aquello interrumpió la discusión, pues, en efecto, el artefacto mágico volvía a brillar. Muy aliviada, Cordelia se sentó y lo tomó entre las manos. De inmediato, la imagen de la Señora del Lago de la Luna se materializó en su interior.

–Disculpad la espera –dijo con una media sonrisa–. Ya lo he arreglado todo.

–¿Qué has arreglado, Viridia? –preguntó Nivalan con impaciencia.

–Acudid a la plaza del Agua Viva al amanecer –respondió ella–. Allí se os proporcionará toda la información que he conseguido reunir. Te doy las gracias por tu ayuda, hechicera –añadió, dirigiéndose a Cordelia–. Me has prestado un gran servicio hoy. Buenas noches a todos –concluyó.

Y la esfera se apagó.

–¿Qué ha querido decir ahora? –estalló Nivalan, cada vez más desesperada–. ¿Qué es eso del Agua Viva?

Cordelia, a todas luces complacida por el reconocimiento de la Señora del Lago de la Luna, contestó:

–Es un lugar muy popular en la ciudad. Allí hay una fuente de aguas termales que fluyen cálidas todo el año y, por lo tanto, no se congelan en invierno. La encontraréis con facilidad; no tenéis más que pedir indicaciones en la posada.

Milo comprendió que había llegado la hora de marcharse, así que se puso en pie para despedirse. Ulros despertó a Gunter, que se había quedado dormido, pero Nivalan, por su parte, mantenía la vista obstinadamente fija en la esfera de comunicación.

–No puede haber desaparecido otra vez –protestó–. Seguro que vuelve a contactar dentro de un rato.

–Si es así, os lo diré por la mañana –replicó la hechicera con firmeza–. Y ahora, si no os importa...

–Tenemos que marcharnos, Nivalan –le dijo Milo–. Pagaremos a Cordelia lo que le debemos y nos iremos a la posada a descansar; hemos de estar en la plaza del Agua Viva al amanecer, como Viridia nos ha indicado.

Por fortuna para ellos, el dinero que el muchacho guardaba en su zurrón fue suficiente para retribuir los servicios de Cordelia, que se mostró muy aliviada de poder perder de vista por fin al extraño grupo. Cuando ellos salían ya por la puerta, no obstante, los detuvo un último momento.

–He oído decir –comentó en voz baja– que la maestra Viridia es la nueva Señora del Lago de la Luna debido a que, hace un par de meses, el Archimago Arcontus sufrió... un desdichado accidente.

–Es posible –respondió Milo con precaución. Nivalan, sin embargo, no se molestó en disimular una amplia sonrisa de satisfacción.

–Me he dado cuenta de que tenéis cierta confianza con ella –prosiguió Cordelia–. ¿Por casualidad no sabéis lo que sucedió?

La mujer dragón abrió la boca, dispuesta sin duda a relatar con gran detalle cómo había transformado a aquel pérfido Archimago en una estatua de hielo, pero Milo le dio un suave codazo y contestó en su lugar:

–No estamos seguros; los magos no suelen hablar mucho de sus cosas con gente no iniciada, como nosotros.

–Eso es verdad –admitió Cordelia, dirigiéndoles una mirada pensativa.

Pero, como Ulros ya se alejaba en la oscuridad seguido de Gunter, que trotaba tras él, Milo y Nivalan le agradecieron de nuevo la ayuda prestada y se apresuraron a reunirse con ellos.

Cordelia observó al peculiar grupo que caminaba calle abajo en dirección a la posada, mientras la nieve seguía cayendo sobre ellos sin piedad.

–Qué gente tan extraña –murmuró.