Sombras de plata (Cuatro Lunas 4)
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Un os fuertes golpes despertaron de madrugada a Cordelia, que se incorporó sobresaltada al darse cuenta de que alguien llamaba a su puerta con insistencia.
Se puso en pie al punto y murmuró las palabras de un hechizo para prender la lámpara de aceite.
Luego se echó un chal sobre los hombros, tomó el candil y se apresuró escaleras abajo.
Abrió la puerta sin dudar. A pesar de lo tardío de la hora, estaba acostumbrada a que la importunaran en cualquier momento para atender urgencias. Aquel era uno de los inconvenientes de ser la única maga de la localidad.
La principal ventaja, por otro lado, consistía en que podía cobrar muy bien por sus servicios.
Se llevó una sorpresa, no obstante, al ver a las personas que la aguardaban fuera, porque no las conocía.
Eran cuatro: un hombretón inmenso como un armario, un muchacho de unos catorce o quince años, una mujer de cabello plateado y un individuo de mediana edad que trataba de pasar desapercibido escondiéndose detrás de sus compañeros, como si deseara estar en cualquier otra parte.
Cordelia identificó al coloso como un bárbaro de las estepas, no solo por la ropa de piel que vestía, sino, sobre todo, porque esta dejaba al descubierto sus brazos musculosos, a pesar de que fuera estaba nevando con ganas, cosa que a él no parecía molestarlo en absoluto.
Los otros tres, por el contrario, tiritaban de frío.
–Buenas noches –dijo el chico–. Buscamos a la maga Cordelia.
–Soy yo –respondió ella, y se envolvió más en su chal, dirigiéndoles una mirada precavida–. ¿Qué queréis de mí, forasteros?
–¿Seguro que eres una maga? –replicó entonces la mujer de cabello de plata, entornando los ojos con suspicacia–. ¿Dónde está tu túnica roja?
–No la uso para dormir, obviamente –repuso Cordelia, perpleja–. ¿Qué clase de pregunta es esa? ¿Acaso no tenéis idea de la hora que es?
El muchacho tiró con discreción de su compañera para situarla en un segundo plano y respondió, con una sonrisa de disculpa:
–Sabemos que es muy tarde y sentimos haberte sacado de la cama, pero hemos recorrido un camino muy largo para llegar hasta aquí y necesitamos tu ayuda con urgencia.
La hechicera se quedó mirándolos un momento. Después suspiró y se apartó para dejarlos entrar.
–Está bien, podéis pasar.
E l salón de Cordelia no era muy grande, pero estaba ex quisitamente decorado con muebles y tapices de buena calidad, lo cual sugería una vida acomodada.
Cuando ella susurró unas palabras mágicas y la chimenea se encendió de pronto, los viajeros se apresuraron a acercarse al fuego para calentarse, muy aliviados.
–Tomad asiento y contadme qué se os ofrece –los invitó su anfitriona.
Ulros ocupó la única butaca y los demás se repartieron las sillas que quedaban.
Milo le había advertido a Nivalan con antelación que sería él quien tomaría la palabra para evitar que ella dijese cualquier cosa que pudiese molestar a la hechicera, pero en aquel momento se quedó sin saber cómo comenzar.
Lo cierto era que estaba tan cansado y hambriento que apenas podía pensar con claridad.
–Venís de las montañas, ¿verdad? –adivinó entonces Cordelia–. De ese lugar misterioso del que todo el mundo ha oído hablar, pero nadie quiere mencionar. El de los combates a vida o muerte.
–¿Cómo lo sabes? –se sorprendió Milo.
Gunter, que mantenía una actitud melancólica y distante desde que se había unido al grupo, dio un respingo y acercó su silla al asiento del bárbaro con discreción, como buscando su protección, por si la maga lo relacionaba con aquel asunto y decidía castigarlo de alguna manera.
Después de todo, había pasado los últimos años trabajando para Solmán en el Anfiteatro.
Ella fingió que no se daba cuenta y centró su atención en el muchacho.
–Cada cierto tiempo llega a Cabofrío un barco lleno de gente que se dirige allí –explicó–.
No solo del Reino Montaraz, sino también de otras partes del mundo.
Los vemos marcharse por un antiguo camino que bordea la cordillera y que ya casi nadie más utiliza.
Cuando regresan, no dan muchas explicaciones, aunque siempre hay alguno que se va de la lengua, especialmente si se ha pasado con el aguardiente.
Tengo la impresión de que el alcalde sí sabe muy bien lo que sucede en ese lugar, pero es discreto al respecto, porque los que lo visitan suelen ser personas adineradas.
No viene mucha gente a Cabofrío, ¿sabéis? Estamos en los confines del mundo.
–Bueno, me temo que esos viajeros misteriosos ya no volverán –murmuró Milo–. Ese sitio del que nadie quería hablar... ya no existe.
–O, mejor dicho, sí que existe –puntualizó Ulros–, pero ha quedado abandonado y vuelve a ser un montón de viejas ruinas.
–Lo sospechaba –asintió Cordelia–. Los últimos viajeros regresaron ayer de forma imprevista y, a diferencia de otras veces, llegaron confusos y asustados.
Algunos mencionaron que los habían atacado, pero no ofrecieron más detalles.
Su barco zarpó esta mañana, en cuanto ellos estuvieron listos para partir.
–Los atacó una manada de licántropos –intervino Nivalan, encogiéndose de hombros–. No hay mucho más que contar y, de todos modos, no estamos aquí por eso, así que... ¿podemos centrarnos en el tema, si no es molestia?
Milo le dirigió una mirada de advertencia, aunque era consciente de que su compañera se estaba esforzando por mostrarse educada.
–Necesitamos contactar con la escuela de magia del Lago de la Luna –le explicó a Cordelia–. Hemos de hablar con la maestra Viridia urgentemente, y un mensajero tardaría demasiado tiempo en ir y volver. Tenemos entendido que una hechicera como tú podría ayudarnos a conseguirlo.
–¿La maestra Viridia? –repitió Cordelia, pensativa.
–¿La conoces?
–De oídas, solo. Yo estudié también en el Lago de la Luna, pero no coincidí con ella.
–¿Podrías ponernos en contacto, pues?
–¿Ahora mismo? No sé si...
–Por favor –insistió Milo–. Es muy importante y estoy seguro de que a ella no le molestará.
Cordelia los contempló con curiosidad. Por fin, se levantó y dijo:
–Está bien, aguardad aquí; voy a buscar mi esfera de comunicación. Y más vale que estéis en lo cierto con respecto a la maestra Viridia; no desearía enemistarme con ella por haberla importunado a horas intempestivas sin una buena razón.
Cuando abandonó la sala, los cuatro compañeros permanecieron en silencio unos instantes.
–¿Sabéis una cosa? –dijo entonces Ulros–. A mí no me importaría esperar hasta mañana. Entretanto, podríamos ir a la posada, cenar algo y descansar...
–No debo perder más tiempo –cortó Nivalan con sequedad–. Cada día que pasa es un día menos.
Milo suspiró para sus adentros. La mujer dragón había emprendido un largo viaje en busca de los cuatro huevos que un grupo de aventureros había robado de su nido meses atrás.
Sin embargo, después de recuperar tres de ellos, había vuelto a perderlos hacía apenas unos días, cuando Doria, la amiga de la infancia del muchacho, había robado el zurrón mágico que los contenía.
Estaban bastante seguros, no obstante, de que los encontrarían todos en poder de un esquivo hechicero que se hacía llamar el Sombrío, a quien, por otro lado, no sabían por dónde empezar a buscar.
Y el tiempo corría en su contra: quedaban pocas semanas para que los huevos eclosionaran y, si Nivalan no los había reunido todos para entonces, algo terrible sucedería.
Milo no estaba al corriente de los detalles concretos, pero sí tenía claro que era importante, puesto que la desesperación de su compañera aumentaba conforme se acercaba la fecha.
Cordelia regresó poco después con una pequeña bola de cristal entre las manos. Milo se fijó en ella de inmediato, ya que era idéntica a la que sabía que guardaba Doria entre sus pertenencias.
–Eso es un óculo, ¿verdad? –apuntó.
La hechicera lo miró con cierta sorpresa.
–Pues no, aunque es cierto que se parecen –respondió–.
Esto es una esfera de comunicación: se trata de un artefacto que sirve para hablar con personas que están lejos, no para espiarlas sin que se den cuenta.
Los óculos, en realidad, son poco comunes.
¿Cómo sabías de su existencia? Tú no eres mago, ¿verdad?
–La maestra Viridia tiene uno en su estudio –se limitó a responder él, sin ofrecer detalles. Cordelia ladeó la cabeza con curiosidad, pero no hizo más preguntas–. Estas esferas de comunicación –prosiguió el muchacho–, ¿las usan los hechiceros a menudo? ¿Podría emplearlas alguien que no lo fuera?
Sabía que Doria utilizaba la suya para contactar con el Sombrío y quería comprender cómo era posible.
–Sí, son artefactos muy sencillos de elaborar y pueden ser utilizados por no iniciados también –contestó Cordelia–. ¿Por qué lo preguntas?
Nivalan gruñó con impaciencia, y Milo decidió no entretener más a la maga.
–Por nada en especial. Por favor, continúa.
Cordelia depositó la esfera ante ellos, sobre la mesita, y la cubrió con ambas manos. Después cerró los ojos y susurró unas palabras mágicas.
La bola de cristal se iluminó con un leve resplandor azulado. Milo y sus compañeros aguardaron con expectación, pero nada sucedió. El artefacto seguía bañando la habitación con aquella luz sobrenatural mientras la hechicera permanecía concentrada y en silencio.
Milo miró de reojo a Nivalan y le sorprendió comprobar que la mujer dragón esperaba pacientemente, con los ojos fijos en la esfera.
Ulros, por el contrario, se removía con inquietud, farfullando por lo bajo. El muchacho sabía que, desde su último encontronazo con el Sombrío, el bárbaro no se sentía cómodo en presencia de los magos.
Por fin, Cordelia abrió los ojos y retiró las manos. Milo y Nivalan se inclinaron hacia delante y observaron la esfera con atención.