Epílogo
Un a mañana de primavera , un joven de cabello castaño y ojos color avellana enfiló el camino que llevaba a la aldea.
Se cruzó con algunos lugare ños y los saludó con cordialidad, y ellos respondieron y se quedaron mirándolo con la sensación de que lo conocían de antes.
Alguno evocó al esquivo pastor de cabras que solía pasar los meses cálidos en la montaña, pero aquel era poco más que un niño cuando se había marchado para no volver, mientras que el muchacho que avanzaba con paso firme por la senda se había convertido casi en un hombre.
A las afueras del pueblo estaba la casa de Baldo, el pastor. Sus ovejas pacían mansamente en el prado que se extendía detrás del edificio, rodeadas de corderillos, y Milo no pudo evitar preguntarse, con cierto remordimiento, quién habría llevado las cabras al monte durante su ausencia.
Inspiró hondo y se plantó ante la entrada de la vivienda. La puerta estaba entornada, como de costumbre, y el muchacho llamó con los nudillos.
–¿Sí? –se oyó una voz cascada desde dentro–. ¿Quién va?
–Soy... Soy yo.
Había estado a punto de contestar «Soy Milo», pero, por alguna razón, no se atrevió. Cuando el viejo pastor salió a recibirlo con gesto de extrañeza, el chico bajó la mirada, cohibido.
–Hola, Baldo –murmuró–. He vuelto. Yo...
Estaba preparado para recibir una reprimenda, para que su patrón le recordara entre gritos que había pedido permiso para ausentarse una semana y ya llevaba fuera casi medio año. Pero no se esperaba lo que Baldo hizo a continuación.
–¿Milo? ¿De verdad eres tú? –preguntó.
Él asintió, aún con la cabeza baja.
Y entonces, Baldo lo acogió entre sus brazos y lo estrechó contra su pecho durante un buen rato. Después murmuró emocionado:
–Bienvenido a casa, hijo.
E l Pico Brumoso volvía a estar cubierto de una niebla espesa como la mantequilla.
Los habitantes del valle comentaban el fenómeno con extrañeza, puesto que durante todo aquel invierno la cima de la montaña había permanecido despejada la mayor parte del tiempo, sin que nadie fuese capaz de explicar por qué.
Milo sí lo sabía, pero se tomaría su tiempo para contarlo. No tenía ninguna prisa..., y a las criaturas que se ocultaban tras aquella cortina de brumas también se les daba bien esperar.
Al joven le gustaba contemplar las nubes que velaban el Pico Brumoso desde las laderas a las que llevaba a pastar a sus cabras.
Estaba seguro de que, si se fijaba bien, podía distinguir la silueta de un dragón surcando la niebla.
O quizá solo percibiera en las nubes las formas que imaginaba...
En todo caso, no necesitaba verlas con sus propios ojos para saber que estaban allí.
Los días pasaban lentos y perezosos en el valle, pero él apreciaba aquella tranquilidad porque la había echado de menos. La primavera dio paso a un largo y caluroso verano en el que las nieblas del Pico Brumoso no se despejaron en ningún momento.
Una mañana, cuando los vientos del otoño comenzaban a sacudir las copas de los árboles y Milo contaba ya los días para regresar al pueblo con las cabras, encontró a alguien esperándolo en una de las cabañas de los pastores.
Podría haber aguardado junto a la puerta, pero se había tomado la molestia de trepar hasta el tejado para observarlo desde arriba.
El muchacho sonrió al verla.
–Y luego dices que no eres una chica gato –le espetó por todo saludo.
Doria ladeó la cabeza.
–No lo soy –respondió. Saltó al suelo con envidiable agilidad (y solo para impresionarlo, advirtió él), y añadió–: Buenos días a ti también.
Se miraron a los ojos un momento, esbozando una media sonrisa.
–Hacía tiempo que no venía por aquí –comentó ella entonces.
Milo se encogió de hombros.
–No te has perdido nada –replicó–. Todo sigue igual; hasta la niebla del Pico Brumoso.
La sonrisa de Doria se ensanchó.
–Es bueno saberlo –dijo con suavidad.
Hubo un breve silencio, aunque ninguno de los dos lo encontró incómodo.
–Bueno, y... ¿qué te trae por el pueblo? –preguntó él.
–Una carta –contestó ella, y la sacó del morral para mostrársela–. Es para ti, de parte de Casio.
–¿De verdad? Es una pena que nunca se acuerde de que yo no sé leer.
–¿Todavía no? –se sorprendió Doria–. Tendremos que solucionar eso, pero no te preocupes por ahora: yo te la leeré.
Milo alzó una ceja, divertido. Se sentó en el banco junto al muro e invitó a su amiga a tomar asiento a su lado.
–«Querido Milo –empezó ella–. ¿Cómo va todo? Aquí, en la escuela...». Blablablá, podemos saltarnos todo esto. En resumen, dice que se va a presentar a su último examen para obtener el título de hechicero. Le deseamos mucha suerte, ¿verdad?
–Por supuesto.
–Bien. Continúo: «Te alegrará saber que el mago mentalista con el que contactó la maestra Viridia ha logrado eliminar por fin los vestigios de la conciencia de Scorpius que quedaban en la mente de Ulros.
Después de un merecido descanso, nuestro amigo ha partido en dirección a Puerto Calamidad para reencontrarse con la capitana Silka.
Dice que está decidido a enrolarse en su tripulación y hacerse pirata, ¿te lo puedes creer? ».
–Algunas personas están dispuestas a hacer grandes sacrificios por amor –comentó Milo.
Doria sonrió.
–¿En serio?
–Eso me han contado –añadió él, encogiéndose de hombros.
La muchacha volvió a centrar su atención en la carta.
–«La Señora del Lago de la Luna me pregunta a menudo por vosotros –continuó–.
Le informé de que Nivalan había recuperado sus huevos y le hablé de Scorpius y de cómo se nos escapó, pero no he mencionado los dragones petrificados de la cordillera de la Niebla y tampoco le he dicho dónde encontraros, porque no sé si Nivalan lo aprobaría.
Tengo entendido que quiere mantenerse oculta por el momento, hasta que sus hijos sean mayores.
Cuando ella se sienta preparada, sin embargo, que no dude en con tactar con nosotros.
A la maestra Viridia le encantaría conocerla mejor».
Milo inclinó la cabeza, pensativo. Doria continuó leyendo, pero él apenas le prestó ya atención.
Acudía a veces a visitar a Draek-Nivalan, aunque podían conversar mentalmente a distancia, sin necesidad de encontrarse en el mismo lugar.
Estaba al tanto de que ella era reacia a alternar de nuevo con mortales, porque aún no se había repuesto de todo lo que había vivido en los últimos tiempos, pero Milo sabía que al menos lo estaba considerando.
No obstante, y teniendo en cuenta que las vidas de los dragones eran muy largas, existía la posibilidad de que Viridia muriese de vieja antes de que la dragona llegara a tomar una decisión.
–Y eso es todo –concluyó Doria. Milo volvió a la realidad–. ¿Me estabas escuchando?
–Sí. Has dicho: «Saludos de tu amigo Casio».
–No exactamente, pero casi.
La muchacha sonrió. Él le devolvió la sonrisa de inmediato, encantado de tenerla a su lado. No se atrevía a preguntarle si pensaba quedarse, porque temía que no le gustara la respuesta.
–Tengo otro mensaje para ti –dijo ella entonces.
Milo la observó con curiosidad.
–¿Ah, sí? ¿De parte de quién?
–De una chica gato un poco arisca –respondió la joven, desviando la mirada con timidez.
Él sonrió.
–¿Y qué dice?
–Dice que es emocionante viajar por el mundo y vivir aventuras. Pero que ya no tiene la misma gracia que antes.
–¿No? ¿Y eso por qué?
–No lo sé. A lo mejor se siente un poco sola en los caminos –insinuó, mirándolo de reojo.
El corazón de Milo se detuvo un breve instante.
–¿De...? ¿De verdad? –susurró, casi sin aliento.
Doria asintió.
–También dice que se ha cansado de intentar ser alguien que no es, para que la acepten en un grupo en el que odian a los que son como ella –continuó–. Y que le gustaría... Le gustaría...
–¿Sí? –la animó el muchacho con suavidad.
Ella inspiró hondo.
–Le gustaría estar con alguien que la quisiera de verdad, por ser como ella es –concluyó, y bajó la vista, muy sonrojada.
–Ah, es curioso –comentó él entonces, pensativo.
–¿Por qué?
–Porque conozco a alguien que quiere de verdad a la chica gato.
Por ser como ella es. –Doria inspiró hondo, pero él no había acabado–.
Y no puedo evitar preguntarme si a ella podría gustarle un simple pastor de cabras con una vida sencilla y aburrida.
En apariencia –añadió, antes de que ella pudiese contestar–.
Porque podría hablarte de cierta dragona que lo escogió como paladín...
, pero eso es un secreto que no me está permitido contar –terminó, guiñándole un ojo.
–¿Eso es... verdad? –se atrevió a preguntar la muchacha.
–¿El qué? ¿Lo del paladín?
–No. –La voz de Doria era apenas un murmullo, y Milo se inclinó hacia ella para poder escucharla–. ¿Es verdad... que me quieres?
–Es verdad –respondió él, muy serio–. Te he querido desde que éramos niños. Desde mucho antes de que te marcharas. –Sacudió la cabeza–. Sé que no tiene mucho sentido, porque, de todas formas, tú no estarías...
Doria no le permitió terminar. Le echó los brazos al cuello y lo besó con entusiasmo, y él la abrazó a su vez con el corazón acelerado, preguntándose cómo era posible que, después de todo lo que había visto y vivido, aquel momento le pareciera el más extraordinario de todos.
En el fondo de su mente oyó la risa de Draek-Nivalan, vibrante y profunda como el tañido de una campana.
FIN