Sombra vengadora (Mercenaria 7) Un agorero
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Un agorero

—DÉJENMELA A MÍ —dijo Kaz-ur—. Ella es mía.

Haliná una vez más buscó ayuda en los arqueros de la empalizada, pero no encontró auxilio alguno. Menos aún en los heridos, tirados alrededor de ella, algunos inconscientes y otros con heridas incapacitantes.

—Eres una mujer valiente, princesa guerrera —dijo el agorero de Ghar—. Por Zirtá que lo eres. Escapaste de mí una vez, lo cual es impresionante. Imagino que estuviste involucrada en rescatar al otro guerrero.

Ella no respondió.

—¿Y todo para qué? ¿Para venir aquí a morir? Eres muy valiente o muy estúpida. Probablemente las dos.

—El estúpido eres tú por venir aquí a pelear contra nosotros. ¿Realmente crees que lograrás vencernos? ¿Que conquistarás nuestro pueblo? Somos un clan guerrero.

—Nos ha tomado apenas un día derrotarlos aquí. ¿Llamas a eso un muro?

—Ni siquiera lograrás acercarte al Gran Círculo.

—Lamento que no estés con vida para ver cómo me traigo las tripas de tu padre mientras me suplica por su vida.

Cuando lo vea a él de rodillas, traeré conmigo tu cabeza, y primero me la comeré enfrente de él.

Dejaré que escuche cómo los huesos de tu cráneo crujen entre mis dientes.

Luego me lo comeré a él, parte por parte.

El gran agorero se detuvo frente a ella, flanqueado por cuatro loboides. Llevaba una espada larga envainada al cinto, y en la mano izquierda su báculo, con la voluta de la luna creciente brillando naranja al reflejar el fuego a su alrededor.

—¿Pelearás conmigo con tu magia negra? ¿O lo harás espada con espada? —dijo ella, y desenvainó.

Un sonido gutural salió de la garganta del monstruo: se reía.

—Vosotros los humanos sois incorregibles. ¿Crees que me rebajaré a pelear contra ti? —Kaz-ur ladeó la cabeza y murmuró—: Traedme su cabeza.

Los cuatro lobos, dos con espada y dos con lanza, caminaron hacia ella.

Haliná adoptó posición de combate, con los pies separados y bien plantados en el suelo, la espada asida con ambas manos, crujiendo los dientes y esperando su muerte.

Entonces escuchó:

— ¡Hara’lutze!

Por el flanco derecho aparecieron Oshrek y Rajma-dín con una tropa de unos diez guerreros. La rodearon, espadas listas.

Los cuatro ghareños se detuvieron al ver que el combate ya no era contra una, sino contra más de diez soldados.

Kaz-ur dio la instrucción a los otros lobos, y de cuatro pasaron a quince.

—¡Traedme sus cuerpos! —gritó.

Sin embargo, antes de que los ghareños dieran un paso, el gran portón de la empalizada —que, por puro milagro, seguía cerrado, aunque con un boquete en la parte superior— comenzó a abrirse.

—¿Pero qué…? —murmuró Haliná.

—¿Qué hacen? —dijo Rajma-dín.

Se oyó el sonido de cuernos tocando la señal de ataque.

Por la puerta salió una multitud de guerreros montados a caballo, liderados por Halidán el Khar, y su hijo Horladán.

—¡Thalé y Hara’lutze! —gritó el Khar, y el ejército respondió:

—¡THALÉ Y HARA’LUTZE!

Kaz-ur estaba lo suficientemente cerca de ella para que, al verlo, notara la sorpresa y después el temor en los ojos del gran agorero.

Todo sucedió muy rápido. En lo que le pareció apenas un palpitar del corazón, treinta soldados a caballo embistieron a los loboides, clavándoles lanzas, cortando piel, destrozando hocicos y partiendo cráneos.

—¡Está huyendo! —gritó Haliná al ver que Kaz-ur se daba la vuelta para escapar, aprovechando que los guerreros a caballo se enfocaban en matar a los lobos.

Ella, Rajma-dín y Oshrek se apresuraron detrás de él.

Habría logrado escabullirse de no ser porque el ejército hara’lutze se había abierto en el campo en forma de abanico, cortándole la huida. Kaz-ur tendría que atravesar por el medio de una horda hara’lutze que montaba a caballo, bien armados y recién llegados.

Presintiendo que lo perseguían, el gran agorero miró por encima de su hombro y, al avisarlos, se dio la vuelta para encararlos.

Oshrek, dando zancadas, se adelantó. Fue detenido cuando Kaz-ur tomó su báculo con ambas manos, lo inclinó hacia el frente y de la voluta salió un relámpago esmeralda que le pegó al Rompecuellos en el pecho y lo mandó al suelo dando tumbos.

Haliná, al ver lo sucedido, maldijo.

—¡Por ambos flancos! —gritó el menor de los gemelos, yendo por la izquierda, Haliná por la derecha. Mientras, Oshrek se ponía en pie para reanudar su ataque.

El rayo le pegó ahora a Rajma-dín, quien por poco lo evitó, pero le dio en la pierna izquierda y lo hizo caer.

Sin embargo, Haliná llegó hasta el engendro y le dio un espadazo que, aunque tenía la intención de clavarle la hoja en la cabeza, le dio en el hombro.

Kaz-ur rugió de dolor. Antes de que ella sacara la espada para contraatacar, recibió un fuerte golpe en la cara.

Vio puntos luminosos, trastabilló hacia atrás, se tropezó con una piedra y cayó sobre sus asentaderas.

Antes de ponerse de pie sintió una descarga de poder en todo su cuerpo, una vibración dolorosa que le recorrió los huesos y le puso como en fuego la piel.

Al abrir los ojos, delante de ella, el agorero había desenvainado su espada. Oshrek ya se abalanzaba sobre él.

El Rompecuellos lanzó dos estocadas que Kaz-ur desvió y, de nuevo, con un fulgor de su báculo, Oshrek, al estar tan cerca, dio una vuelta en el aire y cayó tan pesadamente que Haliná estaba segura de que ya no se levantaría.

Mientras, Rajma-dín se acercaba sigilosamente por la espalda del monstruo, pero Kaz-ur lo percibió y lanzó un rayo en dirección del gemelo. Este, prevenido, se lanzó al suelo rodando sobre su hombro, evitando la descarga.

— ¡Malditos humanos! —bramó Kaz-ur—. Son escoria, son estiércol, son gusanos. Los mataré a todos, me comeré vuestras vísceras, alimentaré a mis hijos con los ojos de vuestros bebés, de vuestras niñas y vuestras mujeres.

Haliná se puso de pie. Le temblaba el cuerpo.

Oshrek se incorporaba, también.

— ¡Los comeremos a todos! ¡Malditos seáis! —gritaba Kaz-ur, pero se notaba cansado. Resoplaba con fuerza.

Y de repente, por un lado de Haliná pasó cabalgando a velocidad impresionante un guerrero con una lanza en mano, la cual alzó y aventó.

Kaz-ur bramó cuando la estaca se le clavó en la espalda y salió por su vientre.

El guerrero desmontó y se quitó el yelmo para ver mejor.

Era Rajma-un.

—¡Todos juntos! —rugió el mayor de los gemelos—. ¡Los cuatro, juntos!

Los cuatro, al mismo tiempo, corrieron hacia el gran agorero de Ghar. Un relámpago salió de su báculo, dirigido hacia Rajma-un, pero el rayo pasó por un lado de él.

Haliná con todas sus fuerzas clavó su espada en el pecho del engendro, las cuencas de la cota saltando, y tres espadas más se clavaron en diversas partes del cuerpo del monstruo.

Kaz-ur ladró, sus ojos desorbitados por la ira.

Haliná lo tenía tan cerca que veía sus dientes escurriendo saliva que intentaban morderla, un último intento por matarla.

Ella sacó la espada del pecho del monstruo, y la hizo descender sobre su cabeza.

Le partió el cráneo y el hocico. Los ojos saltaron, y partes del cerebro salieron volando.

Kaz-ur, gran agorero de la diosa Zirtá, y líder del pueblo de Ghar, cayó al suelo, muerto.