Un rencuentro
LA RENDICIÓN DEL ejército enemigo no sucedió inmediatamente después de la muerte de Kaz-ur.
Los monstruos tenían un segundo al mando, y los rejnajis al Khar.
La guerra continuó durante dos semanas más, pero al avanzar los días se hacía evidente que los hara’lutze llevaban la ventaja.
Además, cada día llegaban más guerreros desde las aldeas a lo largo del territorio del norte.
Finalmente, un día, el ejército hara’lutze formuló un ataque sorpresa, con Horladán acometiendo por la retaguardia enemiga, mientras que el Khar empujó por el frente.
Hubo una gran matanza, y los monstruos de Ghar, al morir su nuevo líder alcanzado por las flechas, huyeron sin mirar atrás y no regresaron.
Urjen-ezak, el Khar de Rejnaji, ordenó la retirada y logró huir. Sin embargo, más de la mitad de su ejército quedó tendido en el valle, cientos de hombres muertos, heridos o capturados.
El ejército hara’lutze permaneció allí durante días, mandando espías hacia el sur para ver si Rejnaji planeaba contraatacar.
Sin embargo, casi un mes después de que comenzara la batalla del valle de Hinam, recibieron noticia de que Urjen-ezak había sido acuchillado por sus propios hijos mientras rendía culto en el templo.
Sus hijos, inmediatamente, cabalgaron de regreso al norte para encontrarse con Halidán, Khar de Hara’lutze, y firmar un nuevo tratado de paz.
Como señal de buena voluntad, los hijos de Urjen-ezak trajeron los cautivos de Thalé. El campamento hara’lutze rugió de alegría. Los cautivos fueron atendidos cuidadosamente por los médicos. Todos sobrevivieron.
Con el tratado firmado, Halidán el Khar ordenó reconstruir la empalizada, pero esta vez como muro de piedra. Tomaría tiempo, pero ahora se daba cuenta de que era absolutamente necesario.
Haliná había puesto su tienda a las afueras del campamento del ejército, hacia el norte.
Lo hizo porque le cansaba el trato que los soldados le daban como hija del Khar.
Ella no quería que la trataran como una princesa, pero por más que insistía en ello, no lo lograba.
En parte, lo entendía. Ellos eran guerreros, acostumbrados a las conductas formadas por largos años de tradición.
Llevaba días sin ver a su hermano, pero no le extrañaba. Estaba muy ocupado planeando la reconstrucción del muro.
Por lo que ella había escuchado, el plan era que el ejército asistiera en esa encomienda, para levantar la muralla más rápido. Solo entonces regresarían los guerreros a sus respectivos hogares.
Pronto llegaron al valle los primeros grupos de trabajadores, de las aldeas cercanas e incluso desde el Gran Círculo.
Canteros, albañiles, herreros y carpinteros encargados de los andamios y las torres de trabajo.
Tras ellos fueron llegando las caravanas cargadas con bloques de piedra, vigas, barriles de cal, arena, cuerda y hierro.
Ella, por supuesto, ayudaba desde el amanecer hasta el atardecer en lo que se necesitara, ignorando las peticiones que los sargentos le hacían, tratando de darle labores demasiado sencillas.
Por la noche se regresaba a su tienda, en donde cenaba comida que, cada día, le traía un criado de armas. Con frecuencia, por las noches llegaban Rajma-un y Rajma-dín, para conversar, tomar aguardiente juntos y fumar.
También venía Oshrek.
El Rompecuellos parecía saber exactamente en qué noches no vendrían los gemelos.
Pasaban la noche juntos y, antes de que rayara el alba, Oshrek se retiraba como tímido ratón, y ella se quedaba con el deseo de verle de nuevo.
Esa primera noche, Haliná pensó que no regresaría. Pero lo hizo. Y siguió regresando.
El padre de Oshrek huyó del Gran Círculo y nadie sabía su paradero, cosa que avergonzaba profundamente al Rompecuellos.
Sin embargo, Oshrek se había comportado con tal valentía durante la guerra que nadie, absolutamente nadie, dudaba de su lealtad al clan.
De hecho, los rumores decían que el Khar tenía pensado llamarlo a formar parte del Consejo, situación inaudita en la historia de Hara’lutze.
Una noche, estando ella dentro de su tienda, Haliná escuchó pasos acercándose. No sabía si serían los gemelos o si sería Oshrek. Era una noche de viento fresco, y los grillos cantaban placenteramente a su alrededor, guardando silencio cuando el visitante arribó.
Estaba cansada, pues pasó el día entero ayudando en la construcción. Le dolía el cuerpo, en especial los brazos y la planta de los pies.
La cortina se descorrió y, para su sorpresa, entró Halidán, el Khar de Hara’lutze.
Su padre.
Ella se quedó con la boca abierta.
—Padre… —no supo qué decir.
La tienda era lo suficientemente amplia para tener adentro un par de sillas además de aquella en la que estaba sentada.
Su padre señaló una y dijo:
—¿Me puedo sentar?
—Por favor.
Halidán lo hizo. Miró a su alrededor, como inspeccionando la tienda. Sus ojos se posaron en la espada recostada encima de un taburete.
Era la espada que había pertenecido a la madre de Haliná, espada que ella tomó sin permiso, con la que huyó a Zurmeldán, con la que había tenido incontables aventuras, espada que le salvó la vida vez tras vez.
Halidán la miró. Era un hombre imponente, de ojos verdes y barba soberbia.
Ella estaba tan impactada por ver a su padre que se había quedado completamente muda. Lo había visto desde lejos varias veces durante estos días, pero lo evitaba. Además, según la tradición, era él quien debía mandarla a llamar.
Es por eso que no podía creer que allí estaba él, dentro de su tienda, sentado frente a ella y sin guerreros que lo custodiaran.
—Padre —dijo de nuevo—. Yo…
¿Yo qué? ¿Qué podía decirle? Tenía la mente en blanco. Tantos años pensando en qué le diría cuando lo viera, tantas noches meditándolo, y ahora que lo tenía enfrente… se había quedado sin palabras.
Su padre alzó la palma de la mano, negó suavemente con la cabeza.
—He venido a pedirte perdón —dijo él.
Haliná arrugó el entrecejo:
—¿Perdón? ¿Por qué?
—Por ser un tonto. Por tardar tanto tiempo en venir a ver a mi hija, la gran heroína del clan.
—No soy eso. De ninguna manera.
—¿Sabes que están cantando tus hazañas en los salones de fuego del campamento?
—¿Qué?
—Eres muy popular. No sé quién fue el juglar que inventó La balada de la sombra vengadora , pero ya la entonan los bardos a lo largo del campamento. No dudo que pronto llegue a las aldeas.
—Imposible.
—La balada de la princesa guerrera que regresó para luchar por su pueblo en una guerra que podía haber evitado. En el proceso, vengó a Thalé, rescató a un príncipe del pueblo y puso en alto a Hara’lutze. Sí. Se cantará por mucho tiempo, quizás para siempre.
Ella solamente arqueó las cejas, preguntándose todavía si era algún tipo de broma. Pero su padre no era un tipo bromista, eso lo sabía por seguro.
—Debí haber venido antes —dijo—. He estado… ocupado en…
—¿Ganar una guerra y reconstruir un muro?
Su padre se encogió de hombros:
—Algo así —agregó—. De todas maneras, soy un completo estúpido. Debí venir el primer día, y mírame, aquí estoy, semanas después.
—Está bien, padre. Una vez me lo dijiste: nadie sabe el peso que el Khar lleva sobre sus hombros, excepto el Khar mismo.
Después de un breve momento de reflexión, su padre respondió:
—Es cierto.
—Esa es la razón por la que… por la que yo… —Parecía que la lengua se le pegaba en el paladar. ¿Sería capaz de decirlo? Eso que llevaba en su corazón por tanto tiempo. Se aclaró la garganta y continuó—: Es por eso que huí, padre.
Halidán se pasó la lengua por los labios:
—No lo entendí en aquel entonces, hija mía. Pero ahora lo entiendo. En aquellos años tu hermano era un joven inmaduro. Pero se ha convertido en todo un líder. Extrañamente, creo que tu salida…
—¿Mi salida lo convirtió en la persona que es?
—No sé si lo convirtió en quien es, pero lo ayudó a entender lo que significa ser el heredero de la silla del Khar.
—Incluso yo estoy sorprendida de él. Es un hombre valiente.
—Valiente guerrero —asintió su padre—, y un buen líder.
—¿Significa que ya no tengo yo que convertirme en «madre del fuego» cuando tú… dejes de serlo?
—Podríais compartir la silla tu hermano y tú. Eso ya sucedió una vez, al principio del clan, cuando nos movimos hacia…
—Padre —interrumpió ella—. No estoy interesada en eso. Ni siquiera sé todavía si me quedaré en las montañas o si regresaré a Zurmeldán.
Pensó que eso causaría alguna objeción, pero no fue así.
—Está bien —dijo él—. Lo que tú decidas, está bien por mí. Eres mi hija. Mientras estés aquí, quiero que sepas que yo… quiero que sepas que eres mi orgullo.
A los ojos de Haliná llegaron lágrimas.
—Cuando salí de las montañas —dijo ella—, me llevé la espada de mamá. Me ha acompañado todo este tiempo. Sé que es tuya. Sé que te pertenece. Sé que la querrás de vuelta. Pero yo…
—Es tuya —dijo su padre.
—¿Mía?
—Siempre ha sido tuya. Tu madre me pidió que te la regalara.
Pero nunca pude hacerlo, por temor a deshacerme de un objeto que me enlazaba a ella.
Sin embargo, cuando te fuiste con la espada, pronto me di cuenta de que se había cumplido el deseo de tu madre.
Hija, soy un hombre testarudo, muchas veces no entiendo mi actuar.
Pero quiero decirte que la razón por la que no te había llamado no es porque no quisiera verte, sino porque no lograba reunir el valor para hacerlo.
A Haliná se le fue el aliento. Su padre era el hombre más valiente que ella conocía.
—Pero aquí estoy —dijo él—. Eres bienvenida. Eres mi hija, y siempre lo serás. Pero eres una mujer, y tu vida te pertenece. Sea lo que quieras hacer, si quedarte o mudarte, contarás con mi apoyo. Lo juro por el Gran Creador.
Las lágrimas brotaron de los ojos de su padre, y Haliná no pudo evitar que lo mismo sucediera con ella.
Él se puso de pie, ella también, y se dieron un abrazo. Un abrazo, doce años después del último.
Antes de despedirse, Halidán puso su mano en su mejilla, y le dijo que la amaba como a él mismo. Ella le respondió que lo amaba, y entonces, sin decir más, Halidán se retiró.
Ella se quedó afuera de la tienda, viéndolo caminar de regreso al campamento.
Casi una hora después, todavía permanecía en el mismo sitio, una sonrisa ligera dibujada en sus labios. Pensó en sus amigos, tanto en las montañas como en Zurmeldán. Pensó en lo que seguía para ella, pero decidió que ya habría tiempo para eso.
Hoy no.
Hoy no quería pensar en ser una mercenaria, o en ser una princesa guerrera.
Hoy solo quería… ser .
Sacó su pipa, la encendió, y se quedó allí, afuera, con el corazón gozoso y contemplando la belleza de las estrellas.
Monterrey, México
Junio 22, 2026