Unos heridos
ESPÍRITUS ETERNOS , PENSÓ Haliná. Tened piedad de nosotros.
Este segundo asalto no se parecía al primero.
Los rejnajis y los ghareños atacaban con una nueva estrategia: una oleada avanzaba al frente durante media hora, se retiraba con rapidez y era reemplazada de inmediato por otra.
Las catapultas continuaban lanzando proyectiles sin descanso, y desde donde ella estaba alcanzaba a distinguir al menos cuatro puntos de la empalizada gravemente dañados, envueltos en llamas y parcialmente destruidos.
Llevaban casi dos horas de batalla, y ella ya no podía más. Corrió —o más bien caminó— hacia la retaguardia, rumbo a la empalizada, esperando que ninguna flecha la alcanzara.
Envainó, se quitó el yelmo y se encontró con el sargento Ornel, que coordinaba la atención de los heridos que lograron llegar a la retaguardia.
Tenía las piernas llenas de barro, la mano izquierda improvisadamente inmovilizada con una prenda manchada de sangre, y sangre seca por el lado izquierdo de la cara.
—¿Estás herida, soldado? —dijo Órnel.
Ella negó con la cabeza. Batalló para que le salieran las palabras debido al cansancio.
—Solo… solo necesito… recuperar mi aliento.
Los ojos del sargento se abrieron grandes:
—¡Por el Gran Creador, khar-ime’tán! ¡Estás herida!
—No.
—Sí lo estás —dijo acercándose a ella y apuntándole a la cintura.
Se percató, entonces, de una mancha de sangre justo por debajo del borde de la cota de malla.
Ni siquiera se había dado cuenta.
—No sé de qué sea —dijo.
—La flecha —respondió él.
—¿La flecha? ¿Cuál flecha?
Sintió hasta ese momento la punzada en la costilla, en la parte izquierda de la espalda. Sí, tenía una flecha incrustada que logró atravesar su coraza y, aparentemente, también la malla.
—¡Gurrán! —le gritó Órnel a un auxiliar—, ayúdame a inspeccionar esta herida.
—Estoy bien —dijo ella.
—Tenemos que cerciorarnos, khar-ime’tán. Podrías desangrarte hasta mor…
No terminó la oración. Encima de ellos se estrelló un proyectil que, al explotar, hizo llover pedazos de madera y carne humana.
Un pedazo grande de madera se vino abajo y rebotó cerca.
Haliná maldijo y se lanzó al suelo y bramó de dolor, pues cayó de tal manera que el asta de la flecha se rompió, pero también la punta se incrustó más en su cuerpo.
Escuchó gritos a su alrededor, incluyendo el de un soldado que cayó desde el adarve. De alguna manera sobrevivió a la caída, pero ardía, envuelto en llamas. Gritaba, se retorcía, suplicaba.
Haliná se puso de rodillas, crujiendo los dientes de dolor.
—¿Órnel? —No lo veía por ningún lado.
Lo encontró a unos tres pasos de distancia. Lo reconoció por el brazo vendado. Estaba en el suelo, su cuerpo en un ángulo extraño. La cabeza había prácticamente desaparecido. Era un pedazo de pulpa. El trozo de madera, al rebotar, le aplastó la cabeza entera.
—¡Diosa Madre! —gritó ella.
Gurrán, a poca distancia del sargento, estaba en el suelo también, boca arriba, envuelto en llamas. No se movía. Ella corrió para ver si podía apagarlo, pero ya estaba muerto y su piel se ennegrecía.
Dirigió su mirada al sur.
El combate continuaba y, aparentemente, arreciaba. Los rejnajis y ghareños se acercaban más al muro.
No tenía idea de dónde estaban Rajma-dín u Oshrek. La última vez que los vio fue… hace mucho. Una hora, posiblemente.
Imposible saber si estaban muertos o vivos.
Gritos, a su izquierda.
Eran dos monstruos loboides que llegaron hasta los heridos. Uno de los monstruos se acercó a un guerrero hara’lutze que gritó al verlo inclinarse sobre él. El grito fue cortado cuando el lobo lo mordió por la garganta y le desgarró el cuello.
El segundo lobo se devoraba las entrañas de un herido que seguía vivo, chillando mientras le succionaban las tripas.
Haliná, de rodillas, levantó la vista hacia el adarve y gritó a los arqueros:
—¡Aquí! ¡Aquí hay dos! ¡Aquí hay dos!
Pero esa sección de la empalizada estaba hecha añicos, algunas partes en llamas, por lo que los arqueros —los pocos que quedaban allí— no se habían percatado y, más bien, se ocupaban en apagar el fuego.
Un soldado herido clavó una daga en el muslo de un lobo, que rugió de dolor.
El monstruo lo tomó por la muñeca y con un zarpazo le desgarró por completo el brazo a la altura del codo.
El lobo lanzó la mano al suelo y empezó a arañar la cara del soldado, pedazos de dientes, piel y sangre salpicando por el aire.
Mientras, el segundo monstruo fue atacado valientemente por dos heridos que se levantaron con espadas en mano. No duraron mucho. Al primero lo mandó dando giros con un golpe, y al segundo lo tiró primero al suelo, le aplastó el pecho con una pata, y le desgarró el cuello de tres mordidas.
Haliná se puso de pie y desenvainó la espada.
—¡Eh! ¡Vosotros dos! ¡Aquí, malditos perros del demonio!
Los ghareños la miraron. Uno de ellos rugió.
No eran dos.
Era una pequeña unidad de lobos. Diez, doce, quince quizá.
Sintió una punzada de terror en su corazón.
Más todavía cuando vio que uno de ellos era… ¿podía ser? ¿Tan cerca de la empalizada?
Sí, era Kaz-ur, el agorero, flanqueado por cinco que lo protegían con escudos. Al líder de los perros le corría sangre por el hocico, y se inclinaba para morder y matar a los heridos.
El agorero levantó la vista, y sus miradas se cruzaron.
Espíritus eternos , pensó ella. Tened piedad de mí.