Un buen día
INCREÍBLE LO QUE una buena comida y bebida podía hacer.
Haliná ya se sentía mejor.
Era de noche, y estaba sentada alrededor de una fogata con Rajma-dín y Oshrek. Cenaron una sopa de lentejas con un poco de carne, y vino aguado.
Todavía no creía que ninguno de los tres estuviera siquiera herido, considerando lo encarnizada que fue la batalla.
El conteo era de treinta y siete muertos hara’lutze, y doce heridos. De los rejnajis, cincuenta y cuatro muertos y veintitrés heridos y capturados. De los monstruos, seis muertos. Heridos no sabían, ninguno capturado.
Aunque todavía no llegaban los refuerzos que esperaban y, hasta donde Haliná sabía, ningún mensajero había anunciado que se acercaban, por la gracia de los espíritus eternos recibieron casi ciento cincuenta guerreros más que llegaron de algunas aldeas cercanas.
Aunque las aldeas no eran grandes, enviaron a todos sus hombres que empuñaban espada, además de varias mujeres guerreras.
Irían al muro algunos, y otros a la compañía de los soldados de a pie.
—¿Cómo sigue tu mano? —le preguntó Oshrek.
—Bien —respondió ella abriendo y cerrando los dedos.
Un masaje y aceite tibio suavizaron sus músculos.
Su espada ahora estaba recargada en una piedra junto a ella.
Cambió de tema—: No entiendo por qué ni siquiera hemos recibido algún corredor que nos informe qué está pasando en el Gran Círculo.
¿Ni siquiera un cuervo? ¿Será que algo ha pasado?
—Vendrán —dijo Rajma-dín—. Vendrán.
—¿Pero por qué no hemos recibido información alguna? —insistió ella.
—La respuesta más sencilla es que hay algún bloqueo —dijo Oshrek.
—¿Cómo?
—Si un escuadrón logró cruzar a nuestros territorios —continuó Oshrek—, podría haberse escondido en el camino que viene hacia acá, capturando o matando a cualquier mensajero.
—Eso pudiera ser —dijo Rajma-dín y, brevemente, puso al Rompecuellos al tanto de los soldados enemigos que atravesaron por la Garganta del Viento y huyeron después de ser derrotados.
—Supongo que los cuervos pueden ser asaeteados —dijo ella.
—Sí. Hay formas —dijo Oshrek.
Por supuesto. Ella lo sabía bien. Eran estratagemas tan antiguas como la guerra misma.
Los cuervos mensajeros estaban entrenados, pero seguían necesitando comer, sobre todo porque el trayecto era largo.
Bastaba con dejar algo de carroña en un lugar visible.
Si el ave descendía, los arqueros se encargaban del resto.
—Además —dijo el Rompecuellos—, no sabemos si el enemigo ha cruzado también por otros puntos. Sí, la cordillera es difícil de atravesar, pero definitivamente no imposible.
—Si eso es así —dijo Rajma-dín—, corremos el riesgo de ser atacados por la retaguardia.
—Estoy seguro de que el comandante Fargal ya lo ha considerado.
—Sí —dijo Haliná—. Lo mencionó en un consejo de guerra.
—Todo lo que podemos hacer es esperar —dijo Oshrek—. Recuperar nuestras fuerzas y prepararnos para otro día de batalla.
Aunque se sentía mucho mejor, tenía muchas ganas de tirarse a un catre y quedarse dormida por una semana. Además de las piernas y los brazos, le dolían los hombros por el peso tanto de la cota como de la coraza. Tenía resentido el cuello y la parte de atrás de la cabeza por el trancazo.
Se acercó a ellos un sargento que dijo:
—Guerreros, el comandante quiere a todos listos para la batalla mañana a inicios de la cuarta vigilia.
Eso era unas tres horas antes de que amaneciera.
Los tres dijeron que sí.
De repente escucharon una conmoción hacia el sur del campamento. Se pusieron de pie los tres.
—¿Qué pasa? —dijo Rajma-dín.
Entonces escucharon la voz de un mensajero:
—¡A las armas! ¡A las armas!
Y entonces el sonido del cuerno anunciando adoptar posiciones defensivas.
—Maldición —dijo el Rompecuellos—. No nos dejarán dormir.
—Tienen suficientes hombres para mandar oleada tras oleada —dijo Rajma-dín.
—Haliná —le dijo Oshrek—. Quédate a descansar. Lo necesitas. Además…
—No —dijo ella tomando apresuradamente su cinturón de armas—. Ayudadme a ponerme todo, y vamos.
—::—
Al salir al campo de batalla, se horrorizaron al ver que habían llegado más catapultas enemigas.
Se alineaban detrás de los soldados. Aunque era difícil ver a esa hora de la noche, ayudaba el cielo despejado y la luna llena que iluminaba el valle.
Además, antorchas encendidas alumbraban alrededor de cada máquina de asedio.
Haliná contaba unos quince, quizá veinte trabuquetes.
Eso fue rápido, pensó.
Aunque las catapultas hara’lutze estaban detrás de la empalizada, los guerreros diseñaron un sistema que funcionaba bastante bien: un atalaya, desde el adarve, daba las instrucciones por medio de señas y silbidos distintivos.
La noche, sin embargo, hacía mucho más compleja la operación, por lo que seis de las catapultas fueron rápidamente transportadas al otro lado del muro, en el campo de batalla.
El segundo embate comenzó más rápido de lo que Haliná esperaba.
Tenía ganas de orinar, y se maldijo por no hacerlo en el campamento. Era una regla de la guerra: siempre orinar antes.
Con el sonido del cuerno, las tropas enemigas fueron avanzando, marchando primero, y se detuvieron justo antes de donde podrían ser alcanzadas por las flechas.
Rajma-dín puso la mano sobre su hombro.
Haliná lo miró. Se veía formidable con su armadura, su yelmo con dos cuernos como toro, el escudo de madera recubierta, y una lanza larga en la otra mano.
—Vale la pena, khar-ime’tán —dijo.
—¿Cómo?
—Vale la pena luchar por nuestro pueblo.
—Sí.
—Te admiro.
—¿A mí? ¿Por qué?
—Tienes medio año entre nosotros y ya peleas por nosotros. Serás legendaria en nuestro pueblo.
Ella solo sacudió la cabeza.
—Te lo digo, Haliná. Serás una leyenda. Si hoy morimos, serás inmortal.
—No moriremos.
—Pero es una buena noche para morir, princesa. —Aspiró hondo, hinchando el pecho—. Lo es. ¿Morir cubierto de gloria, en el campo de batalla, contra engendros del demonio? ¿Qué más podría pedir? Cantarán de esta noche.
—No moriremos.
Pero sí , pensó ella. Rajma-dín tiene razón . Es una buena noche para morir.