Sombra vengadora (Mercenaria 7) Un fracaso
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Un fracaso

HALINÁ CONTEMPLÓ, HECHIZADA, la bola de fuego que surcó el aire a una velocidad impresionante, dejando detrás una estela de fuego y humo, hasta estrellarse en la empalizada, provocando una explosión de lumbre y astillas. Un par de guerreros cayeron lanzando alaridos, sus ropas encendidas.

Se sentía absolutamente exhausta.

La mano derecha, con la que empuñaba la espada, le temblaba. No podía despegar la mano del mango. Es decir, tenía la mano pegada a la espada.

El combate llevaba poco menos de una hora, y era una lucha encarnizada.

Había perdido su yelmo cuando un monstruo la golpeó en la nuca con un mazo, dejándola en el suelo por muerta.

Perdió el conocimiento. Por cuánto tiempo, imposible saber.

Regresó a la realidad al escuchar los gritos a su alrededor. Intentó ponerse de pie, pero no pudo, y fue allí cuando se dio cuenta de que no podía soltar la empuñadura. Por la pura providencia de los espíritus eternos no se clavó su propia espada.

Se puso de pie, las rodillas bailando, buscó rápidamente su casco, sin encontrarlo.

—¡Atenta, Haliná! —escuchó un grito a su derecha que sonó como la voz de Oshrek.

La atacaba un rejnaji con una espada de diseño hara’lutze. Posiblemente perdió la suya y tomó esa de algún caído.

Al igual que ella, su contrincante se veía cansado. Jadeaba, le escurría el sudor por la cara, y la miraba con ojos iracundos debajo de un yelmo adornado con pequeños cuernos a modo de corona.

El rejnaji la maldijo y atacó.

Por un momento Haliná pensó que no podría defenderse. El cansancio era de tal magnitud que no era capaz dar un paso, mucho menos defenderse de una buena estocada.

Sin embargo, al ver que el otro se acercaba, y al darse cuenta de que ese podría ser el último rostro que vería en su vida, arrancó fuerza de su interior y desvió la espada, seguido por otro golpe y luego un tercero.

El rejnaji resoplaba como un toro y dio unos pasos hacia atrás para recuperar el aliento. Se inclinó y puso la mano izquierda sobre su rodilla, para no caerse.

Haliná deseaba quitarse la coraza y quedarse solo con la cota de malla.

No estaba acostumbrada a pelear con tanto peso encima, y por esa razón, en parte, ya no podía más.

Sin embargo, la armadura metálica la había ya salvado por lo menos unas tres veces de una muerte segura.

La última fue cuando un enorme loboide le lanzó un arañazo que le habría abierto el pecho como mantequilla.

—Te mataré… ¡perra! —dijo el rejnaji, apenas.

Ella prefirió guardar su aliento. Tomó la espada con ambas manos y se acercó a su contrincante, poco a poco, paso a paso.

Puesto que ella se había visto obligada a retroceder, estaba como a un tiro de piedra de la empalizada.

Los hara’lutze mantenían el combate en el terreno cercano al muro, siendo así auxiliados tanto por las flechas como por la constante embestida de los proyectiles de las catapultas.

Además, para no ser rodeados, el terreno estaba salpicado de diversos obstáculos y barreras pequeñas, por lo que el ejército rejnaji y ghareño no lograba rodearlos.

El rejnaji levantó la espada, y una flecha se le incrustó en el vientre, perforando su coraza.

—¡Ahhhhjjjhhh! —gritó, cerrando los ojos.

Haliná lanzó la punta de la espada hacia el frente, la hoja entrando por la boca, destruyéndole los dientes y saliendo por la nuca. El soldado se fue al suelo.

Ella levantó la mano izquierda en señal de saludo al arquero que le salvó la vida.

Estaba sorprendida por los arqueros de la compañía que defendía el muro de madera.

Se notaba que, si bien no habían estado en una guerra jamás, se prepararon para ella y, específicamente, para defender la empalizada.

Las flechas constantes y certeras eran responsables de más de la mitad de los muertos, incluyendo los lobos.

Sí, los loboides eran grandes y feroces, bien armados, y bien protegidos tanto por corazas como por yelmos y escudos. Había que tener cuidado no solamente con sus espadas, sino también con sus garras y filosos dientes.

Pero eran animales grandes, y los arqueros hara’lutze difícilmente erraban a un blanco de ese tamaño, incluso estando bien protegido.

Los lobos mueren igual que cualquier humano , pensó Haliná.

Tantos monstruos ghareños estaban tirados en el suelo, con flechas incrustadas en el cuerpo como si fueran enormes tableros de dardos, que algunos habían ya retrocedido, dejando a los humanos al frente.

—¿Haliná, estás bien? —le dijo Rajma-dín, acercándose por la izquierda.

El menor de los gemelos evitaba llamarle khar-ime’tán, pues si un adversario escuchaba eso, la convertiría en un objetivo especial.

—Muy cansada —respondió.

—No durará mucho más. Se replegarán —dijo.

—¿Tú crees?

—Sí.

Y, como si fuera un profeta, sonó un cuerno a la distancia, y rejnajis y ghareños retrocedieron hacia su campamento, perseguidos por las saetas que perforaron un buen número de espaldas.

Se empezó a oír el grito de victoria:

—¡Hara’lutze! ¡Hara’lutze! ¡Hara’lutze!

Ella no podía ni siquiera gritar. Se sentó en el suelo y se arrepintió casi inmediatamente, pues le comenzó a faltar el aire.

—Espera —le dijo Rajma-dín.

Le ayudó a desabrocharle las correas de la coraza. Al quitársela, fue como respirar de nuevo.

—Diosa Madre —musitó.

Estoy viva , pensó.

Se quedó allí, tirada, con los ojos cerrados, disfrutando de una brisa fresca y placentera que de repente corría por el valle.

—¿Estás bien? —escuchó la voz de Oshrek.

Sin abrir los ojos dijo:

—Sí.

—¿Herida?

—Increíblemente, no. ¿Tú?

—Tampoco.

—Yo tampoco estoy herido, por si alguien se lo preguntaba —dijo Rajma-dín.

Ella sonrió.

Habían resistido la primera embestida. En parte, gracias a la tenacidad de los que pelearon cuerpo a cuerpo, pero también, sin duda, de los arqueros y los artilleros de las catapultas.

De hecho, las catapultas hara’lutze destruyeron dos trabuquetes enemigos.

Eso no era fácil de hacer, pues aunque eran objetivos estáticos, estaban a una distancia significativa.

Era evidente que habían practicado durante años, mientras que los rejnajis no.

Abrió los ojos y se sentó en el suelo.

—¿Vendrán hoy de nuevo?

—No —dijo Oshrek—. Ha sido un rotundo fracaso para ellos. Tendrán consejo de guerra y mañana atacarán.

—Mira, repliegan sus catapultas.

El Rompecuellos se rio:

—No quieren arriesgarse a perder las que quedan.

—Tengo la mano pegada a la espada —dijo ella.

—Vaya —dijo Oshrek—. Les diste una buena tunda, ¿eh?

—Lo intenté.

Pero no estaba segura de si su cuerpo tendría suficiente energía para volver a luchar.