Sombra vengadora (Mercenaria 7) Un asalto
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Un asalto

TRES DÍAS DESPUÉS hubo movimiento en el campamento rejnaji. Incluso movilizaron algunas de sus tropas para ponerse en posición de combate, probablemente como un despliegue de fuerza cuyo propósito era desmoralizar al enemigo.

Fargal, comandante de la compañía hara’lutze que resguardaba la empalizada, ordenó preparar las armas de asedio, y mandó que sus hombres se colocaran en el adarve con flechas listas. Además, un escuadrón se preparó para salir a combate cuerpo a cuerpo si recibían la instrucción.

Haliná contemplaba todo desde una de las torres, acompañada por Rajma-dín. Oshrek seguía recuperándose de sus heridas.

—¿Crees que ataquen? —le preguntó al menor de los gemelos—. ¿Sin máquinas de asedio?

Rajma-dín se quedó pensativo, mirando hacia las filas enemigas.

—Pudiera ser. Sin catapultas, las probabilidades de que hagan arder la empalizada son menores, pero no nulas.

—Podrían atacar para probar nuestra defensa.

—Así es —concordó el menor de los gemelos.

El comandante ordenó que se prepararan las cubetas para humedecer el muro de madera, ya sea para hacer más difícil que ardiera o para apagar cualquier fuego menor. Aun con eso, un proyectil en llamas, si era certero, dañaría severamente el muro.

Para el quinto día recibieron contestación a su incógnita. Llegó otra compañía de dos mil hombres rejnajis, junto con diez trabuquetes ya armados, transportados en plataformas con grandes ruedas de madera, arrastradas por bueyes y escoltadas por soldados, carpinteros, herreros y servidores.

Se sentía ya el nerviosismo entre los guerreros hara’lutze.

El ejército enemigo era formidable, de unos cuatro mil soldados, además de los trabuquetes. El campamento se extendía enfrente de ellos, decenas de tiendas oscuras.

Nos harán pedazos , pensó Haliná a mediodía, al ver los escuadrones enemigos. No hay manera de que resistamos. Si no recibimos refuerzos pronto, caeremos.

El sargento Ornel aj’Orun arribó con un mensaje para ella y para Rajma-dín: el comandante solicitaba su presencia en el consejo de guerra.

Se dirigieron a una torre cercana, con una estructura amplia y techada. Allí estaban el comandante Fargal, cinco capitanes, un par de sargentos y algunos auxiliares.

El capitán, sentado frente a una mesa que lucía un mapa extendido, parecía perdido en sus pensamientos.

—¿Cuál es el plan, capitán?

Levantó la vista:

—Resistir, princesa guerrera. Lo suficiente hasta que lleguen los refuerzos.

—Si es que llegan —dijo uno de los capitanes.

—Llegarán —respondió ella.

Nadie secundó su afirmación, aunque el comandante dijo que sí con la cabeza.

Le preocupaba a ella no recibir algún mensajero que les informara que la ayuda venía en camino. El Gran Círculo estaba como a siete días de distancia. ¿Dónde estaban los refuerzos? ¿Sería que su hermano había fallado en la encomienda?

La única manera de que su hermano hubiera fallado es si estaba muerto.

Sintió un golpe de pánico.

¿Podría ser? ¿Que Horladán estuviera sin vida? ¿Y qué de Rajma-un?

No , pensó. Lo logrará. Vendrán. Quizá algo sucedió, algún inconveniente, algún retraso. Pero vendrán.

—Lo más probable es que el grueso de la batalla se centre cerca de la puerta principal —dijo el comandante Fargal—.

Intentarán abrirla. Allí dirigirán el fuego.

Pondré un escuadrón de doscientos hombres frente a la puerta, con un resguardo especial de flecheros.

Recibirán ayuda también de dos catapultas.

El resto del ejército estará en los adarves.

Todos dijeron que sí.

—El capitán Hulzen-dar se encargará de asegurar un constante suministro de flechas, además de coordinar las catapultas.

—Sí, mi comandante —contestó el capitán tercero.

—Usted, khar-ime’tán, puede esperarnos en el campamento. Estará segura allí. No queremos arriesgarnos a que algo le pase.

—Gracias, comandante —dijo ella.

No dijo que «sí», porque no tenía pensado seguir dicha sugerencia.

Volteó a ver a Rajma-dín, quien le regresaba la mirada con una expresión que decía: «Sé lo que estás planeando». Ella le guiñó el ojo.

Esa tarde, el ejército enemigo se puso en posición de batalla. Los hara’lutze también.

Haliná, Rajma-dín y Oshrek —a quien no lograron convencer de lo contrario— se escabulleron para estar entre los doscientos que resguardarían la puerta.

Llevaban puesta la armadura completa, que consiguieron sin problema en el campamento: cota de malla, coraza encima, y yelmo cubriendo la cabeza; un escudo redondo en la izquierda, una lanza en la derecha y la espada lista, envainada al cinto.

Entonces, por primera vez, salieron los monstruos ghareños. Hasta entonces habían permanecido relativamente ocultos. Se pusieron en primera fila, enfrente de los rejnajis, para que todos los vieran bien.

Se hizo un murmullo en el escuadrón que defendía la puerta, y también entre los guerreros encima de la empalizada.

Y entonces, desde la torre, se oyó la voz del comandante Fargal. A voz en cuello gritó:

—¡Escuchad, moradores de Rejnaji, y vosotros, monstruos del Engendro!

Esta es nuestra tierra, y la defenderemos con nuestra sangre.

Tomad vuestras cosas y regresad por donde vinisteis, si no queréis ver hoy vuestra sangre derramada en este campo.

Por cien años hemos defendido estas tierras, y por mil más serán de nosotros y de nuestros hijos.

Hubo risas en el campo enemigo.

Haliná reconoció a Kaz-ur, con el báculo en mano. Dio unos pasos al frente y respondió:

—Si queréis conservar la vida, abrid las puertas.

De lo contrario, vive Zirtá, gran diosa del pueblo de Ghar, que el día de hoy comenzará nuestra venganza sobre todos vosotros.

Haremos comer vuestra carne a las aves del cielo, y vuestros huesos a los coyotes del valle.

Tirad vuestras espadas, o preparaos para morir.

Un momento de silencio.

Luego el grito del comandante:

—¡Hara’lutze, preparad vuestras armas!

De la empalizada surgió un grito de guerra. Comenzó quedo, pero mientras las voces se unían, se volvió más fuerte. Además de eso, los soldados golpeaban las lanzas en los escudos.

A Haliná se le erizó la piel. El yelmo que llevaba sobre la cabeza tenía una pieza vertical que le cubría la nariz, y una protección por los lados, sobre las mejillas. Aguardaba en la tercera fila, y le temblaba el cuerpo por la expectativa.

¿Temor? No, no era temor.

Determinación. Coraje.

Ira, incluso.

Cuando el grito de guerra aminoró, ella exclamó:

—¡Por Thalé y por Hara’lutze!

Se había esparcido la noticia de lo sucedido en la aldea de Thalé. Así que inmediatamente respondieron sus hermanos en armas, a coro repetido:

—¡Thalé y Hara’lutze! ¡Thalé y Hara’lutze! ¡Thalé y Hara’lutze…!

Kaz-ur inclinó la cabeza hacia atrás y lanzó un aullido, que fue respondido tanto por aullidos como por ladridos y gritos, de modo que por un momento el sonido era casi ensordecedor.

El gran agorero del pueblo de Ghar levantó la mano que empuñaba el báculo, y se escuchó el sonido de un cuerno.

Los monstruos y los rejnajis se lanzaron hacia delante y, así, comenzó el asalto.