Sombra vengadora (Mercenaria 7) Un regreso
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Un regreso

HORLADÁN NO SE movió.

Los Manos Rojas consideraron por un momento lanzarse al ataque en contra de la turba. Hubieran hecho bastante daño, y sin duda habrían logrado matar a algunos, considerando que la mayoría estaba ebria.

Pero eran veinte contra cuatro, y los hombres y mujeres de Hara’lutze, incluso bajo la influencia de la bebida, eran poderosos guerreros.

El Mano Roja sargento de la compañía gritó:

—¡Retirada, muchachos!

Y salieron corriendo.

—¡Dejadlos! —ordenó Horladán—. Montad guardia, por si regresan.

—A la orden, khar-etua’tán —dijo Tlayec quien, en cuestión de poco tiempo pasó de ser tabernero a sargento de la tropa.

Adentro hallaron otros dos guardias de los Manos Rojas, pero habían escuchado lo sucedido y sus espadas estaban ya en el suelo, y ellos con las manos en alto. Uno de los dos le entregó a Horladán la llave, y le dijo en cuál celda encontraría a su padre.

—Malditos perros —dijo Horladán cuando vio cómo lo tenían: dentro de una celda, amordazado y amarrado, peor que un ladrón. No estaba solo: en la misma celda, otros cinco venerables.

Entró y, con la ayuda de Rajma-un, desataron a los hombres.

—¿Padre, estás bien?

—Tengo mucha sed —dijo el Khar con una mueca, su voz ronca.

—Traedle agua —pidió a un hombre que lo había acompañado hasta adentro y que, poco tiempo después, regresó con un odre.

Después de hidratarse y pedir que se hiciera lo mismo con el resto de los miembros del Consejo, Halidán, el khar-tua’tán, se puso de pie.

Incluso a su edad seguía siendo un hombre formidable.

Alto, con una barba blanca bien poblada, una cabellera del mismo color que le descendía por los hombros, y el rostro de un hombre que se ha ganado el privilegio de dar órdenes.

—Hemos sido traicionados —dijo.

—Lo sé. Tenemos a Karshen, pero Urkhan escapó. ¿Son todos los Manos Rojas traidores?

—No. Solo un grupo. Aquellos que son leales a mí, los encarceló también, pero en el cuartel de las Manos Rojas. Allí estuvimos nosotros hasta el día de ayer. Nos movieron aquí, aunque sin darnos la razón específica.

—¿El resto del Consejo del Fuego es traidor? —preguntó Rajma-un, con un leve temblor en su voz, pues su padre no estaba entre los hombres atados. Al mismo tiempo, era un hombre ya viejo que rara vez salía de su tienda.

—No. De los diez venerables —respondió el Khar—, solo Urkhan es traidor.

—Padre, ¿qué hay del general del ejército? ¿Está con nosotros, o contra nosotros?

—Está con nosotros. Karshen estaba planeando apresarlo, pero no lo encontró en su tienda.

—Debemos encontrarlo —dijo Horladán—. Y rápido. De lo contrario, podríamos tener todo un ejército enemigo en nuestro territorio.

—¿Los rejnajis? —preguntó Halidán.

—Sí, padre. ¿Lo sabes ya?

—No lo sé todo. Pero tú me pondrás al tanto mientras encontramos al general. Yo sé dónde está.

—————

Haliná sentía la cara encendida.

Oshrek, también con la cara completamente roja, cual nunca lo había visto en su vida, sacudió la cabeza y dijo:

—Perdón, Haliná. Me ganó el… me ganó la…

Ella sonrió, para tranquilizarlo:

—Ya hablaremos de esto después. Cuando hayamos salido de aquí con vida.

—Está bien.

Salir del campamento no fue complicado. Tuvieron que rodear muchas tiendas, sacarle la vuelta a algunos guardias, pero finalmente salieron. El problema es que estaban por el suroeste, así que rodearon hasta llegar al lugar por donde ella había entrado.

—Por aquí debe estar Rajma-dín —susurró ella.

Escucharon por detrás de ellos:

—Aquí estoy, princesa.

—¡Maldición, Rajma-dín, casi se me sale el corazón por la boca!

—Los escuché acercarse. Así que me escondí bien. Venían haciendo demasiado ruido. Es un milagro que estén con vida. —Le tendió la mano a Oshrek—. Gusto en verte con vida.

—Igualmente.

—Ahora salgamos de aquí antes de que se den cuenta —dijo el menor de los gemelos.

Llegaron a la empalizada al final de la segunda vigilia, es decir, la medianoche.

Desde arriba les lanzaron una soga. Haliná fue la primera en subir.

—Por el Gran Creador —dijo el sargento Ornel—. No lo puedo creer.

—¿No puedes creer qué? —le preguntó ella mientras miraba cómo subían Rajma-dín y Oshrek.

—Que regresarais tan rápido.

—Te dije que estaríamos bien. No debiste dudar.

—No debí dudar —dijo, aunque más para sí mismo. El sargento se asomó—: ¡Viene uno más!

—Sí. Rescatamos a uno de los nuestros.

—¿Del campamento enemigo?

—Sí —respondió ella.

El hombre lanzó un juramento:

—No lo puedo creer.

—Gracias, sargento. No olvidaré tu ayuda.

—Estoy para serviros, khar-ime-tán.

Llevaron al Rompecuellos directo a la tienda del médico en jefe del campamento, a quien mandaron despertar. Era, para su sorpresa, un joven delgado, de piel blanca y cabello corto, rizado, femenino.

—¿Vosotros… quiénes sois? —preguntó, somnoliento.

—Yo soy Haliná aj’Halidán. Él es Oshrek aj’Urkhan.

Eso fue suficiente para que el joven médico perdiera el sueño. Abrió los ojos y levantó las cejas:

—¿Khar-ime-tán?

—Así es —dijo ella. Apuntó al Rompecuellos—. Este hombre sufrió tortura. Necesita ser atendido.

—No necesito ser atendido —dijo el Rompecuellos—. Pero ella insiste.

—Sí, insisto. Y yo soy la princesa guerrera de este clan.

Se sorprendió al escucharse decir «princesa guerrera». Varios se referían a ella de esa manera, pero nunca ella misma.

¿Pero no es eso lo que soy? Una princesa guerrera. Una sombra vengadora. Una… guerrera hara’lutze.

—Por supuesto —dijo el médico—. Por favor, recuéstate en este catre. Curaré tus heridas.

—Solo porque me obligan —dijo, acostándose.

—Es mejor que estés bien recuperado, Oshrek —dijo ella—. Porque la guerra se avecina, y necesitamos que el Rompecuellos esté en su mejor forma.

—Tenlo por seguro —dijo él—. No me perdería esa guerra por nada del mundo.