Un rescate
LO VAN A matar , pensó Haliná. Aquí mismo, enfrente de mí, sin que pueda hacer nada al respecto. Le atravesarán el pecho y no podré evitar gritar.
—Jamás me uniré a un rejnaji —dijo Oshrek, desafiante.
La angustia que Haliná sentía era abrumadora. Se le retorcían las entrañas. Temblaba de miedo.
—Deberías seguir los pasos de tu padre —le respondió Urjen-ezak.
—Mi padre es un viejo necio —dijo el Rompecuellos—. Y de todas maneras, no te creo. No creo que se haya unido a ti.
—El necio eres tú. Piénsalo, ¿te mentiría yo sobre algo así?
Oshrek negó con la cabeza:
—No lo creeré a menos que lo escuche de los labios de mi padre.
El Khar rejnaji se quedó mirándolo por un rato. No parecía enojado. Algo irritado, quizás.
—Entonces no puedo protegerte del gran agorero. Hará contigo lo que él quiera.
—Ya lo ha hecho.
—No, príncipe. Puede hacer cosas peores. Lo he visto devorar las vísceras de un hombre mientras este gritaba, vivo. Lo he visto comerse ojos y lenguas de niños enfrente de sus padres. Lo he visto partirle el cráneo a una mujer y sorber el cerebro enfrente de su esposo.
A Haliná se le retorció el estómago.
—Así que considera esta mi última concesión de gracia —terminó Urjen-ezak.
—¿Y con esos monstruos te has aliado? Tú y ellos pagaréis por lo que le hicieron a los aldeanos de Thalé.
—Si no doblan la rodilla, lo mismo haremos con cada hombre y niño del Gran Círculo. Las mujeres nos servirán. Solo los que inclinen el cuello vivirán.
—¿Y después qué? ¿Serás tú el Khar de Hara’lutze?
—De Hara’lutze solamente no, sino de las cinco familias.
Oshrek sonrió:
—Me gozo de pensar en el día en que tu cabeza esté incrustada en una pica.
—Te aseguro, hijo de Urkhan, que cuando Kaz-ur el agorero termine contigo, ni siquiera quedará tu cabeza para clavarla en una estaca.
Con eso, se dio la media vuelta y salió de allí, flanqueado por sus dos hombres.
Solo se quedó un guardia, el cual se había salido cuando el Khar entró. Estaba ahora de regreso, y se quedó de pie con una lanza larga en la mano derecha, como a unos cinco pasos del Rompecuellos.
Solo un guardia, pensó ella. ¡Solo un guardia!
De cierta manera tenía sentido. Estaba, después de todo, en el centro del campamento de los rejnajis y los monstruos ghareños. Es decir, estaba literalmente rodeada por un ejército de guardias.
Pero aquí, adentro, solo uno.
Como un ratón, Haliná. Acércate como un ratón.
Eso hizo.
Rodeó por detrás de unos barriles, por en medio de sacos de grano, esquivando manojos de trigo.
Se acercó al guardia por la espalda y, con un movimiento rápido, le deslizó el filo de la daga por el cuello. El corte fue tan preciso que el soldado ni siquiera emitió sonido alguno. Solo se estremeció, se llevó ambas manos a la herida, y se desplomó.
Oshrek la miraba con la quijada desencajada y unos ojos tan abiertos e incrédulos que a ella le pareció cómico, y por poco suelta una risilla.
—¡Santos espíritus! —dijo el Rompecuellos—. Haliná, ¿qué demonios…?
—Silencio, Oshrek. Te desataré.
—Me amarraron las muñecas con un candado.
—¿Qué? ¡Maldita sea!
—Pero el guardia tiene la llave.
—¡Ah!
Le registró el cinturón, y la encontró.
Se apresuró a liberarlo. Además de la cadena con candado en las muñecas, estaba amarrado en la cintura por una soga gruesa con un nudo que se veía imposible.
—¿Cómo es que estás aquí? —le preguntó.
—Ya sabes, no te pudimos dejar atrás.
—¿Por qué no?
—¿Cómo que por qué no? ¿Me habrías dejado tú?
—Nunca —dijo inmediatamente.
—¿Ves? En algo nos parecemos. Este maldito nudo no se deja…
—¿Viniste sola?
—Con Rajma-dín. Me espera afuera del campamento.
—¡Gran Creador! Espero que no lo atrapen.
—No lo creo.
—¿Y tu hermano? ¿Y Rajma-un?
—Si los espíritus son propicios, ya deben haber llegado al Gran Círculo. Con suerte, están ya reuniendo las tropas.
—Si no se apresuran, será demasiado tarde.
—Vendrán.
Cortó la soga y se apresuró a abrir el candado.
—Escuchaste lo que dijo… sobre mí, sobre mi familia.
—Sí —contestó ella—. Pero no lo creo.
—Bien. Mi padre es un necio, pero un traidor no es.
Ella no contestó. No estaba tan segura de su padre. De Oshrek sí: sabía dentro de sí que él nunca traicionaría a su pueblo.
El candado hizo clic.
Haliná lo ayudó a ponerse de pie.
—¿Estás bien?
—No. Pero lo estaré.
—Estás… prácticamente desnudo. Ten mi capote.
Él lo aceptó, arrebujándose en él.
—¡Salgamos de aquí! —dijo ella.
Él puso una mano sobre su hombro:
—Escucha, Haliná. Hay algo que debes saber.
—No en este momento.
—Sí. En este momento. Lo diré rápido, y no lo volveré a mencionar en mi vida.
—Está… está bien.
—Mi familia sí tiene sangre rejnaji. Hace cien años, algunos hijos de otras tribus fueron incorporados en Hara’lutze. Los hara’lutze recibieron a mi familia, y a muchas otras que decidieron ser adoptadas por el clan.
—Es parte de nuestra historia —dijo ella, pues lo aprendió de pequeña—. A diferencia de Rejnaji y Umi-hazán, nosotros, los hara’lutze, recibimos a las familias de otros linajes, siempre y cuando juraran lealtad.
—Así es. Pero mi familia lo ha mantenido en secreto, borrando registros, dejando eso en el pasado. ¿Sabes por qué?
Ella no lo sabía hasta ese momento. Pero de repente lo entendió:
—Porque la tradición dice que los venerables tienen que ser «sangre pura».
—Exacto. La tradición, mas no la ley. Es por eso que tu padre… nunca objetó a que mi propio padre fuera parte de los venerables del Consejo.
—¿Mi padre sabe que vosotros tenéis linaje rejnaji?
Oshrek asintió:
—No sé cómo lo sabe, pero sí.
—Entonces ¿por qué lo odia tu padre?
—Porque es un viejo necio. Y porque tiene miedo. Y porque es ambicioso. Pero yo no. Yo soy hara’lutze. ¿Me crees?
—Te creo —respondió ella.
Haliná parpadeó.
Y de repente Oshrek la había tomado por la cintura, y la besó.