Sombra vengadora (Mercenaria 7) Unos hombres
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Unos hombres

HORLADÁN SE SORPRENDIÓ por la rapidez con la que sucedió el ataque.

Rajma-un lanzó la jabalina que blandía, la cual entró justo por debajo del cuello de uno de los Manos Rojas. La punta salió por la espalda, ensangrentada, y el guerrero se vino abajo.

Horladán se abalanzó sobre el que tenía a su izquierda, quien logró esquivar el espadazo que tenía como propósito partirle la frente.

En lugar de eso, la hoja se incrustó en su hombro, sacándole un alarido de dolor que fue detenido cuando uno de los compañeros de Rajma-un le destrozó la cara con un hacha; piel, hueso y sangre volando en todas direcciones.

—¡Por el Gran Creador! —gritó Urkhan—. ¡Qué demonios está pasando!

Karshen-hanai, la Mano Roja, había desenvainado su espada y, saltando sobre la mesa, se unía al combate.

Pero no pudo hacer mucho. Para cuando dio apenas dos pasos en dirección de uno de sus guerreros, éste había ya sucumbido al hacha de Rajma-un, auxiliado por la espada de Horladán.

Entre los dos mataron al Mano Roja que, aunque se defendió valientemente por unos instantes, terminó con el lomo atravesado y el pecho desgarrado.

—¡Malditos seáis! —gritó Karshen cuando fue ahora él quien se vio rodeado.

Rajma-un, empuñando con ambas manos su enorme hacha, le dijo al capitán de los Manos Rojas:

—Dame una excusa, maldito traidor, para cortarte la cabeza.

Horladán percibió en los ojos del mayor de los gemelos que hablaba bastante en serio, así que levantó la palma y le dijo:

—Espera, Rajma-un, lo necesitaremos vivo. —Luego, a Karshen—: Pero si siquiera intentas moverte, vive Eluvá que te mataremos. ¡Tira la espada!

La Mano Roja lo dudó por un momento, pero abrió los dedos y la espada cayó al suelo. Horladán la tomó y la lanzó lejos. Miró a su alrededor:

—¿Dónde está Urkhan?

—¡Ese viejo se nos ha escapado! —dijo Rajma-un—. No estará lejos.

Horladán le dio la instrucción a los dos soldados:

—Buscadlo, y traédmelo con vida.

—¡A la orden, khar-etua’tán! —Y salieron corriendo de allí.

Horladán limpió la sangre de su espada en la ropa de uno de los muertos.

Karshen movía los ojos, furtivos, recorriendo la estancia como un animal acorralado en busca de una salida.

—¿Realmente crees que saldrás de aquí con vida? —le preguntó Rajma-un.

La Mano Roja crujió los dientes, los músculos de la quijada moviéndose de arriba abajo.

—Cómo cambian las cosas, ¿eh? —dijo Horladán poniéndole la punta de la espada cerca de la garganta—. Has traicionado a tu clan. Ahora me dirás dónde está mi padre.

—Escucha, khar-etua’tán. Ya no hay nada que puedas hacer.

Horladán apretó la punta contra la piel debajo de la nuez de la garganta, abriéndole lo suficiente para que brotara un hilillo de sangre.

—Puedo matarte —le dijo a Karshen.

—Quizás. Pero de todas maneras, los rejnajis vendrán.

—Todavía tenemos tiempo. Escúchame, Karshen, lo que sea que te haya dicho Urkhan es mentira . Los rejnajis no vienen solos. Vienen con una horda de monstruos asesinos. Ahora dime… ¿dónde está mi padre?

—En el corral de los cautivos —dijo.

—¿Pusiste a mi padre en ese vil lugar? ¡Deshonrado seas! —Le dio una bofetada con el dorso de la mano.

Los dos soldados que habían entrado con Rajma-un regresaron, sudando y respirando fuerte.

—Mi señor comandante, no hemos encontrado al venerable Urkhan. En alguna tienda se habrá metido, pero tendríamos que registrarlas todas. Podemos seguir buscando.

—Amarrad a este hombre, y amordazadlo. Resguardadlo aquí. Si intenta escapar, matadlo.

—A la orden, khar-etua’tán.

Él y Rajma-un salieron de la tienda.

Afuera, Rajma-un dijo:

—Comandante, lo más probable es que el corral esté resguardado. No dudo que por Manos Rojas leales a Karshen.

—Necesitaremos hombres.

—¿Pero dónde los conseguiremos, a esta hora?

Horladán lo pensó. Lo más lógico era ir hacia el cuartel del ejército, buscar al general, reclutar una compañía de guerreros, y rescatar al Khar.

El problema es que no tenía idea de hasta dónde llegaba la traición. Si el general era también parte de los traidores, probablemente no saldrían del cuartel, sino que serían allí capturados.

—¿Dónde encontraste a los dos guerreros? —le preguntó a Rajma-un.

—Los encontré de camino al salón de fuego de Tlayec. Estaban de guardia, haciendo una ronda.

—Vayamos con Tlayec. Se me ocurre algo.

Corrieron hacia el salón de fuego y, al llegar, entraron a la carpa, en donde varios hombres y algunas mujeres comían y bebían. El lugar estaba lleno de humo de tabaco, olía a sudor, cerveza y comida.

Tlayec era un hombre encorvado de ojos saltones que parecían siempre estar mirando a su alrededor con sospecha. Al verlos, se acercó.

—¿Qué es lo que pasa? —les preguntó. Se percató de que algo andaba mal.

Horladán levantó la voz:

—¡Hombres y mujeres de Hara’lutze, escuchad!

Se hizo un silencio de voces, interrumpido solo por el sonido del movimiento de sillas.

—El día de hoy ha sucedido una infamia. Mi padre, el Khar, ha sido privado de su libertad.

—¿Qué? —chilló Tlayec.

—Lo han puesto en el corral. Necesitamos varias espadas para sacarlo de ahí inmediatamente.

Al principio nadie dijo nada. Todos lo miraban con cara de incredulidad. Indudablemente un buen número de ellos, influenciados por el alcohol, se preguntaban si realmente habían escuchado bien.

Un hombresote en una mesa cercana se puso de pie, palpó el cuchillo que llevaba al cinto, y dijo:

—Contad conmigo. Te seguiré, khar-etua’tán.

Se levantó otro que dijo lo mismo, y otro más, y de repente parecía que el salón entero se ponía en pie.

Incluso el viejo Tlayec sacó un cuchillo de carnicero y vociferó que estaba dispuesto a escalpar a cualquiera que hubiera traicionado al Khar.

Así que salieron de allí con un grupo de unos quince hombres y cinco mujeres, con cuchillos, palos, y unos pocos empuñando espada.

El corral, ese lugar en donde metían a los ladrones, o a quienes cometieran alguna infracción, no estaba tan cerca. Se apresuraron, y llegaron allí en menos de un cuarto de hora.

El corral no era una tienda, sino una estructura de madera gruesa erigida con el propósito de mantener adentro a los cautivos. Era un edificio rectangular, con una sola entrada al frente, custodiada por cuatro guerreros de los Manos Rojas.

Horladán caminó hacia ellos, seguido de Rajma-un y el resto de la pequeña tropa de hombres y mujeres que, a decir verdad, apestaban a alcohol.

Los Manos Rojas, sorprendidos al verlos acercarse, se pusieron en posición de combate. Dos tenían lanzas, y dos espadas.

—¡Alto allí! —gritó uno de ellos.

Horladán se acercó hasta estar a unos diez pasos de distancia, con espada en mano.

—Sabéis bien quién soy. Vuestra traición tiene como sentencia la muerte. Sin embargo, os perdonaré la vida si soltáis las armas en este preciso momento. Es vuestra decisión. ¿Queréis vivir, o preferís morir?