Una conversación
ME VAN A descubrir, me van a descubrir, me van a descubrir, pensaba Haliná con cada paso que daba.
Tranquila, Haliná. ¿No eres tú Alina Araluz, la «Sombra»? ¿No eras tú la mercenaria más famosa, la mujer más peligrosa de toda la península de Zurmeldán? Sí, esa soy yo.
Urjen-ezak, el Khar de Rejnaji, caminaba junto a dos guerreros, adentrándose en el campamento.
Ella los seguía desde una distancia prudente, saltando de sombra en sombra, agradecida por el capote negro que la ayudaba a desaparecer en la negrura de la noche.
Llegaron a una carpa grande, con una estructura de madera que ayudaba a sostener la tela.
El Khar y los suyos entraron y desaparecieron de su vista.
Maldición. Tengo que entrar. Pero no por la entrada principal, eso sería demasiado arriesgado.
Por fortuna, siendo que la estructura era de tela gruesa, pensaba que encontraría un punto entre poste y poste por el que se escabullera por debajo.
A su alrededor, en algunas tiendas, escuchaba los ronquidos humanos o de monstruos.
Cuando se cercioró de que nadie la vería, se acercó al borde y jaló la tela hacia arriba.
Excelente. No fue difícil encontrar un punto débil, así que, pecho a tierra, entró.
Completa oscuridad.
En sus túnicas llevaba pedernal y yesca, pero ni loca se atrevería a encender una vela.
¿Ahora qué?
Esperar un poco, a ver si sus ojos se acostumbraban a la oscuridad.
Estaba en algún tipo de bodega grande, posiblemente el granero del campamento.
A lo lejos, voces. La carpa era lo suficientemente grande como para que no entendiera lo que se decía, pero el timbre le sonaba al de Urjen-ezak.
Quizás no veía bien, pero la voz le servía de guía, así que, medio agachada y con las manos por delante, a tientas, fue andando, paso a paso, en dirección de la voz.
Se detuvo cuando tocó algo. Era tela. Una pared de tela. Muy bien. Se fue deslizando con los dedos tocando la superficie, sabiendo que eso la llevaría a alguna entrada o salida.
Precisamente, llegó a un umbral sin puerta y lo cruzó.
Ya podía ver un poco mejor. Estaba en un pasillo de tamaño mediano. Si extendía los brazos, tocaba la pared de tela con los dedos.
Siguió para ver dónde terminaba y, mientras avanzaba, la voz se escuchaba cada vez más cerca, así que eso era algo bueno.
El pasillo terminó en otra entrada, pero al dar un paso adentro, sintió un escalofrío.
Aunque no veía del todo bien, era una habitación en donde dormían hombres. Llegó a notar a dos o tres en el suelo, tirados sobre su catre, roncando suavemente.
Se quedó petrificada.
Por la Madre Santísima, ¿qué hago? ¿Me regreso?
Pero la voz sonaba más cerca. Y esa habitación no era grande, quizás unas cuatro o cinco personas durmiendo. Guardias del granero o, más posiblemente, esclavos.
Atravesó la estancia, controlando su respiración, rogando que no hubiera algo en el suelo que, al golpearlo, hiciera ruido.
Atravesó el cuarto y encontró una puerta de tela dura, la cual descorrió.
Llegó a otro pequeño cuarto con madera apilada; daba hacia un pasillo no muy largo y, de repente, estaba ya en una bodega grande. A su alrededor madera, sacos de grano, barriles y cántaros de diversos tamaños.
—Te torturaré hasta morir —reconoció la voz de Urjen-ezak.
Avanzó y, al darle vuelta a unos grandes manojos, los vio.
Se le erizó la piel al ver a Oshrek, sentado en el suelo, atado a un poste. Había algunas jaulas vacías a su alrededor, diseñadas para prisioneros, pero no lo habían metido en una, por lo menos aún no.
Puesto que uno de los guerreros llevaba consigo una lámpara de mano, alcanzó a ver que el Rompecuellos tenía sangre seca en todo el lado izquierdo de la cara.
Le habían quitado la ropa excepto un pedazo de tela que le cubría la cintura. El pecho fornido daba evidencia de tortura, tenía cortadas en diversos lugares, una de ellas profunda.
—Tendrán que matarme —respondió Oshrek—. No hablaré.
—Eres un necio, hijo de Urkhan. Ahora veo a qué se refería tu padre. Eres hombre de dura cerviz.
—No conoces a mi padre, perro rabioso.
El guerrero que no llevaba la lámpara se acercó y le dio un puñetazo en la quijada con tanta fuerza que Haliná pensó que lo dejaría desmayado.
—¡Le hablarás con respeto al Khar! —gritó el guerrero.
El Rompecuellos sacudió la cabeza, se tronó la quijada y dijo:
—Vaya, necesitaba despertarme. ¡Gracias!
—¿Que no conozco a tu padre? —dijo el Khar—. ¿Que no conozco a tu padre? ¡Si es prácticamente mi hermano!
El Rompecuellos entornó los ojos:
—¿De qué hablas?
—¿Qué, nunca te ha contado tu padre sobre tu linaje?
—Sí, por supuesto que me lo ha contado. Orgullosamente hijos de Hara’lutze.
El Khar dijo que no con la cabeza, lentamente:
—Vosotros tenéis sangre rejnaji. Toda vuestra casa.
Oshrek lanzó una carcajada:
—¡Te has vuelto loco, Khar!
—¿Acaso no lo has notado en tus facciones, y las de tu familia? ¿El color de su piel, la forma de los ojos? ¿De la nariz y la quijada?
Por los espíritus eternos, pensó Haliná. Tiene razón. Hasta ahora nunca lo hubiera pensado, pero sí, un poco. Diosa Madre, ¿será cierto?
—Eso es una completa estupidez —respondió Oshrek, aunque su voz vacilaba—. Venimos todos del mismo padre, por lo que nos parecemos.
—Mismo padre, sí. Pero no misma madre.
Es verdad, pensó Haliná. Targar tuvo dos mujeres. De la primera nacieron Hara’lutze, Osh-arén y Dagandi. Habiendo muerto ella, Targar se casó de nuevo con una mujer de piel de cobre, que engendró dos hijos: Umi-hazán y Rejnaji.
—Mi padre es un venerable de nuestro clan, miembro del Consejo, orgulloso Hara’lutze.
—Pero la sangre llama, Oshrek hijo de Urkhan.
Tu familia, generaciones atrás, vivió en el valle de Arrak, cuando era territorio rejnaji.
Fue cedido a Hara’lutze en el infame Tratado de Arrak.
De repente, tus antepasados estaban en territorio Hara’lutze.
Algunos, guiados por Zamán aj’Azor el Pequeño, cruzaron las montañas al sur, a Rejnaji, y los que se quedaron, guiados por Zamán aj’Azor el Grande, fueron montando sus tiendas cada vez más hacia el norte, hasta llegar al Gran Círculo.
La respiración de Oshrek se hizo pesada. Dijo:
—¿Cómo sabes todo eso? Nadie lo sabe. Ha sido borrado de los registros. Solo lo conocemos algunos, muy pocos. ¿Cómo lo sabes?
—Porque soy del linaje de Zamán el Pequeño, como tu padre es del linaje de Zamán el Grande. Somos rejnajis.
La boca del Rompecuellos se abrió, sus cejas se levantaron.
—Sí, hijo de Urkhan. Tenemos la misma sangre. Y juntos, tu padre y yo, haremos de los dos clanes uno solo. Y juntos uniremos las cinco familias. Por la paz, o por la guerra.
—Imposible…
—Únete a mí. Prometo darte un lugar en mi Consejo.
—¿Unirme a ti? ¿Y qué de esos engendros del inframundo?
—Olvídate de ellos.
—¿Olvidarme de ellos? Créeme, Khar, que es bastante difícil de hacer.
El Khar bajó un poco la voz:
—Son un medio para un fin. Cuando cumplan con su propósito, los haremos a un lado.
—¿Hacerlos a un lado? ¡Ja! Estoy seguro de que es exactamente lo mismo que ellos piensan, pero de ti.
Urjen-ezak se encogió de hombros:
—Somos más.
—Ellos son más fuertes.
—No si se unen los clanes.
—Te has vuelto loco, Urjen-ezak.
—No estoy loco. Es lo que sucederá. Entonces… ¿te unirás a mí?