Una ilusión
CUATRO CONTRA UNO , pensó Horladán mientras los Manos Rojas se acercaban con sus lanzas en mano y miradas furiosas.
Consideró intentar el escape, pero su indecisión le salió cara. Los soldados lo rodearon, las puntas hacia el frente.
Karshen-hanai, la Mano Roja, se había puesto de pie y extendió una mano hacia él:
—No queremos quitarte la vida, khar-etua’tán. Ríndete, y no te haremos daño.
—¡Son unos malditos traidores! —gritó sin soltar la espada y sacando la daga con la mano izquierda.
Miró a los Manos Rojas:
—¡Vosotros hicisteis un pacto sagrado! ¡El pueblo nunca os perdonará, nunca perdonará semejante blasfemia!
—Horladán, escúchame, por tu propio bien, envaina tu espada y entrégala —dijo Karshen.
—¿Qué has hecho con mi padre? ¿Lo has asesinado?
—Te lo explicaré todo cuando te rindas.
—Y tú, Urkhan, maldito seas. ¿No eres un venerable del pueblo? Hoy te has convertido en un infame. Tu nombre, y el de tu familia, quedará borrado de la historia de nuestro pueblo para siempre, lo juro por el Gran Creador.
Pensó en Oshrek, el Rompecuellos. Estaba capturado. Pero ahora se preguntaba si él era también un traidor, y si todo lo que les sucedió había sido orquestado por el Rompecuellos, su padre, y el resto de los desleales.
—Si mi padre está muerto —dijo Horladán, de nuevo dirigiéndose a los Manos Rojas—, entonces yo soy el nuevo Khar, de acuerdo con nuestras leyes y tradiciones. Por lo tanto, me debéis vuestra lealtad. ¡Tirad las armas y arrestad a esos dos!
Ninguno de los cuatro se movió, aunque uno de ellos estaba pálido y con semblante de espanto.
—Tu padre no está muerto —dijo Karshen.
—¿Dónde está? ¿Qué has hecho con él?
—Suelta la espada, khar-etua’tán, o te juro por los espíritus eternos que mandaré matarte.
—Tú lo has dicho. Yo soy el hijo del Khar . Cada uno de vosotros ha jurado lealtad a mi padre y a mi familia.
El venerable Urkhan golpeó la mesa, se puso súbitamente de pie y, con la cara roja, vociferó:
—¡Guarda silencio, inepto! El tiempo del reinado de tu familia ha llegado a su fin.
—¿Y quién nos va a suplantar? ¿Tú? ¿Tu hijo? El pueblo no os seguirá y lo sabes.
—Seguirá a quien deba seguir —respondió Urkhan, sus ojos centelleando.
—Siempre quisiste ser el Khar —dijo Horladán, entre dientes—. ¿Y crees que podrás tomarlo por la fuerza? Has perdido el juicio, anciano.
—¿Dónde está mi hijo? —preguntó Urkhan, su voz grave.
—¿Tu hijo, el traidor?
El anciano crujió los dientes, luego ladró:
— ¿Dónde está? Dime, maldita sea, o mandaré matarte aquí mismo.
—¿Aquí? ¿En el mismísimo salón del Consejo? ¿Donde mi padre ha considerado por años tu juicio, dándote lugar entre los venerables del pueblo? ¿Aquí matarás al hijo del Khar? ¡Soy el heredero del trono!
—Entonces ¿por qué quería tu padre dárselo a tu hermana, en contra de nuestras tradiciones? —preguntó Urkhan.
Horladán sintió como si una saeta le hubiera atravesado el corazón.
—¿Crees que yo no me enteré de ello? Lo sé todo. Tengo oídos en todas partes —dijo el venerable anciano—. Tu padre sabía que eres un incompetente, un inútil, un bueno para nada, una vergüenza. Es por eso que escogió a tu hermana. ¡Una mujer para ser Khar! ¡Y una mujer débil y estúpida!
—Si vuelves a mencionar a mi hermana —dijo Horladán apuntando al anciano con la espada—, te juro por el Viviente-que-me-ve: te degollaré yo mismo.
—Yo soy el Khar ahora —dijo Urkhan—. Una nueva era ha llegado. Una era de armonía con nuestros antiguos enemigos. Una era de prosperidad y de fuerza.
—¿De qué demonios estás hablando? Rejnaji se prepara para destruirnos.
—No. Se aliará con nosotros. El hermano mayor con el hermano menor. Y juntos uniremos de nuevo a las cinco tribus. Lo que nuestro padre Targar hubiera querido.
Horladán tenía la boca abierta, incrédulo de lo que oía. Dirigió su mirada a la Mano Roja:
—Karshen, ¿crees esa ilusión absurda ? Escúchame: los rejnajis se han aliado con monstruos, y se preparan para entrar en nuestras tierras y destruirnos por completo.
Urkhan lanzó una carcajada:
—¿Monstruos? ¡El que ha perdido la cordura eres tú! Esas no son más que leyendas. Cuentos de niños.
—Karshen —insistió Horladán—, te conozco desde que soy un crío, y me conoces.
Escúchame: Rejnaji solo tiene una intención, y es destruirnos por completo.
Han hecho alianza con el pueblo de Ghar, los monstruos que antes habitaban en estas montañas.
Han regresado. Destruyeron la aldea de Thalé, empalaron a hombres y niños, secuestraron al resto.
¡Nos quieren hacer sus siervos, o convertirnos en su comida!
De nuevo, el anciano lanzó una carcajada, como si acabara de escuchar un buen chiste.
Karshen, sin embargo, tenía el semblante serio. Sudaba y respiraba con fuerza.
El venerable anciano, al notar que la Mano Roja no parecía divertido con la situación, puso una mano sobre su hombro:
—Karshen, llevamos meses planeando esto. Tú lo sabes bien. Hemos hecho alianza. Juntos uniremos los clanes.
—¡Maldito seas, Urkhan! —gritó Horladán—. ¡Nos matarás a todos! Si eso es verdaderamente lo que crees, eres diez veces más idiota de lo que pensé. Hayas sido engañado por Rejnaji o no, sigues siendo un maldito traidor.
—¡Dije que guardaras silencio! Ahora respóndeme, ¿dónde está Oshrek?
—Está muerto —le dijo—. Lo mataron vuestros «aliados».
El venerable anciano dio un paso hacia atrás, los ojos desorbitados por el súbito espanto.
—¡Mientes!
—Yo mismo vi su cuerpo, el corazón atravesado por una lanza rejnaji —le dijo. Sí, era una mentira. Y no le importaba.
—¡Eres un mentiroso, igual que tu padre, hijo de Halidán! ¡Guardias, matadlo y traedme su cabeza!
Los guardias miraron a Karshen-hanai.
Pero la Mano Roja no habló.
—¡Yo soy ahora el Khar! —gritó Urkhan a los soldados—. ¡Haréis lo que yo os mande!
Horladán se preparó para el ataque.
Pero los Manos Rojas no se movieron.
—No podemos matarlo —dijo Karshen—. No así.
Karshen es un hombre de principios. Evidentemente ha sido engañado, hechizado quizás. Pero sabe que no he hecho nada para merecer la muerte, y que matarme aquí es una blasfemia, un sacrilegio. Si manda matarme, su nombre será despreciable para siempre.
Pero el venerable no estaba de acuerdo. Con la cara roja y las venas en la frente pulsando, empuñó las manos y bramó:
—¡Muerto! ¡Muerto! ¡Lo quiero muerto!
Horladán miró a Karshen. Al ser la Mano Roja, había convivido con él muchas veces. Incluso llegó a ser entrenado por él, durante una temporada, en el arte del daiwá.
Si daba la instrucción, difícilmente lograría vencer a cuatro Manos Rojas, mucho menos a los cuatro cercanos a Karshen, que eran de sus mejores hombres.
Si tan solo asiente, soy hombre muerto. Eluvá, me encomiendo a ti. Haz lo que bien te parezca.
Y entonces otro grito, a espaldas de Horladán. Reconoció inmediatamente la voz de Rajma-un en el grito de guerra:
— ¡Hara’lutze!
Rajma-un y otros tres guerreros entraban al salón y, corriendo, se lanzaron al ataque.