Una incursión
HALINÁ Y RAJMA-dín, después de bajar la muralla de madera, avanzaron sigilosamente en dirección del campamento enemigo.
Se deslizaron entre piedras, tras matorrales, guardando silencio casi absoluto.
Haliná recordó que fue su padre quien la instruyó en el arte de la sigilosidad, cuando ella era una niñita. Cómo moverse, la manera de pisar el suelo, el control de la respiración… técnicas que la convirtieron en la mujer que era.
Rajma-dín puso su mano en el hombro de ella, y apuntó.
Haliná lo vio. Un centinela, como a quince pasos de distancia, medio escondido detrás de un arbusto. No lo había visto y, de haber continuado por la misma ruta, habrían sido descubiertos.
Agradeció a los espíritus eternos por Rajma-dín.
Continuaron en diagonal hacia el sureste, alejándose un poco del campamento enemigo, pero por una zona llena de matorrales que los ocultaban mejor. Viraron de nuevo a la derecha, para irse aproximando cuidadosamente al campamento de sus adversarios.
De nuevo, no avanzaron mucho por cuestión de otros centinelas.
Se escondieron detrás de una roca y hablaron en susurros:
—Será difícil acercarnos —dijo ella—. Demasiados vigías.
—Quizás si seguimos derecho podamos encontrar una entrada por el sur.
—Sí. El problema es que estaremos mucho más lejos de la empalizada. Más arriesgado.
—Más arriesgado, sí.
—Si no tenemos otra opción, hagámoslo.
—¿Nos quedaremos de lejos, o entraremos al campamento?
Sería una locura entrar, pensó.
—Si hay oportunidad, me gustaría intentarlo —dijo ella.
—¿Crees que el Rompecuellos esté ahí adentro?
—No lo sé. Me gustaría averiguarlo.
—Muy arriesgado, khar-ime-tán.
—Ya logré infiltrarme una vez.
—No me preocupa entrar. Lo que me preocupa es salir. Si mal no recuerdo, la última vez, ese fue el problema.
—Fue porque nos traicionó Draven. De lo contrario, habríamos entrado y salido sin ningún problema.
Tan solo al decir eso, se preguntó si era verdad. ¿Hubieran podido salir realmente con toda esa gente prisionera? ¿Sin que nadie los viera?
—Es un campamento grande —dijo Rajma-dín—. Más grande que el otro.
—Eso también es una ventaja. Más grande, más confiados, menos vigilancia interna.
—Quizás —dijo Rajma-dín, no muy convencido.
Se arrebujaron en sus capas y continuaron, aunque más lento, moviéndose como ratones en tierra de gatos.
Finalmente encontraron lo que parecía ser un espacio para acercarse más al borde de las tiendas. Eso hicieron, hasta llegar como a un tiro de piedra de una carpa.
Miraron a su alrededor, asegurándose de estar solos. Puesto que era como la mitad de la segunda vigilia, algunos soldados estaban ya en sus tiendas dormidos, y otros preparándose para ello. No se escuchaba ya tanto movimiento.
—Iré yo —dijo Haliná.
—¿Qué?
—Yo iré. Sola. Espérame aquí.
—Momento, momento. Quedamos en algo. Quedamos en que te acompañaría.
Ella negó con la cabeza:
—Quedamos en que me acompañarías, pero no acordamos nada sobre entrar juntos al campamento.
—Khar-ime-tán…
—No, Rajma-dín —insistió ella—. Yo he hecho esto muchas veces. Créeme. Cuando viví entre los Sendarios, me infiltraba con mucha frecuencia en lugares, incluso en fortalezas bien protegidas. Si voy sola, pasaré desapercibida.
—¿Estás diciendo que si nos agarran, será por mi culpa?
—Es más fácil que te vean a ti que a mí. Eres un hombresote.
—¿Me estás diciendo gordo?
Resistió el impulso a reírse:
—Sabes que tengo razón.
—Dos aceros son mejor que uno —insistió él.
—Tengo mi espada y mi daga —respondió, guasona.
—Haliná…
—Vaya. ¿Ahora sí me llamas por mi nombre?
—Princesa, con todo respeto, pero no puedo quedarme aquí. Si te matan, o te capturan, sería una completa tragedia, un golpe terrible a nuestro pueblo. Y a mí. Además, ya escapaste una vez, ¿para que te vuelvan a atrapar?
—Exacto. Ya me escapé una vez. No esperarán que regrese.
—No se lo esperan porque es una completa locura.
—Basta de argumentar. Me esperarás aquí. No me arriesgaré, lo prometo.
—¿Lo juras por Eluvá?
—No. Pero intentaré cumplir con mi promesa.
Rajma-dín maldijo. Sacudió la cabeza:
—No tardes.
—No tardaré. Estaré bien.
Ella le dio un apretón por encima del codo, sintiendo sus tensos músculos, le sonrió intentando tranquilizarlo, pero la mirada del gemelo era de preocupación.
Se introdujo en el campamento con el corazón haciendo tambor en su pecho. Por fortuna, esa zona parecía estar abandonada, sin soldados cerca, sin patrullas, sin vigías que pudiera ver.
Aunque el campamento no estaba tan bien estructurado, de todas maneras tenía corredores largos y otros más angostos. Ella esperaba en la esquina, se asomaba, y al asegurarse de no ver a nadie, proseguía.
De repente se detuvo al escuchar cerca voces guturales. Se acercó y se asomó. Como a unos quince pasos vio a unos diez loboides sentados alrededor de una fogata, comiendo los restos de un animal grande que no pudo distinguir.
Vibró el miedo en sus entrañas.
No solamente por ver a los engendros infernales, sino al recordar a Kaz-ur, el monstruo agorero que la torturó. Desde donde estaba, las largas y afiladas garras negras de los monstruos brillaban al reflejar el fuego.
En algún lugar del campamento estaba ese maldito agorero.
Si la capturaban, ¿resistiría de nuevo ese tipo de tortura?
Preferiría clavarse la daga en el corazón ella misma, con tal de evitar caer otra vez en sus garras.
¿Realmente se atrevería a eso? Probablemente no.
Se alejó de allí.
No estaba resultando tan difícil desplazarse sin ser descubierta, porque al ser un campamento grande, las antorchas clavadas al suelo estaban solamente en los corredores más largos, o en lugares estratégicos. Ella andaba zigzagueando entre las tiendas, sin hacer ruido.
Cada vez se internaba más en el campamento. Comenzaba a sentirse desesperada. ¿Cómo encontraría a Oshrek, si es que estaba allí?
Delante de ella, oyó un poco de conmoción. Pasos, voces, además de la luz de varias antorchas en movimiento.
Decidió aproximarse.
Mirando desde detrás de una de las tiendas, vio de qué se trataba.
Se le fue el aliento.
Lobos y hombres, en una pequeña explanada iluminada por múltiples antorchas. Estaban de pie, los lobos de un lado, humanos del otro, como si hubieran salido a ese punto de encuentro para tener una conversación.
De un lado, Kaz-ur, de pie junto a cinco loboides. Del otro, diez rejnajis. Uno de los rejnajis vestía ropas finas, además de una elegante capa púrpura que le descendía por los hombros. En el pecho, un medallón plateado con un enorme rubí incrustado.
Kaz-ur hablaba:
—Debemos alistarnos para el ataque lo más pronto posible, Khar.
—El resto de las tropas llegarán —respondió el hombre de la capa. Era un hombre alto, tan alto como los gemelos, de piel tostada por el sol, ojos levemente rasgados, una barba negrísima, al igual que el cabello trenzado.
Por la Madre, ¡es Urjen-ezak, el Khar de Rejnaji!
—Si traen ellos sus refuerzos —dijo Kaz-ur—, será más difícil cruzar la empalizada.
—Los refuerzos del enemigo no llegarán a tiempo. Puedes estar seguro, gran agorero.
—¿Cuándo podremos embestir?
—El asedio arribará mañana.
—Entonces mañana pongámonos en formación de guerra.
—Así será, gran agorero —respondió el Khar. Luego dijo—: ¿Qué del príncipe capturado? ¿Ha dado información?
—Nada —gruñó Kaz-ur.
—Quisiera hablar con él.
El lobo lo pensó, y después asintió con la cabeza.
Kaz-ur y los suyos se retiraron.
El Khar le ordenó a dos de sus hombres que lo acompañaran.
Haliná, con la piel de gallina, los siguió.