Sombra vengadora (Mercenaria 7) Un mapa
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Un mapa

HORLADÁN TIRÓ DE las riendas, y el caballo se detuvo.

Frente a ellos, a la distancia, el Gran Círculo, iluminado por la luna en el cielo y las antorchas en la tierra.

—Bendito sea el Gran Creador —dijo Horladán—. Temía que encontraríamos la aldea en aprietos.

—Parece que todo está bien, comandante —respondió Rajma-un.

Así parece, pensó Horladán. Tenía algo de temor porque ahora sabía la realidad: había traidores.

Dos de los Manos Rojas, incluso posiblemente los tres, estaban al servicio del enemigo. ¿Quiénes más? ¡Imposible que todos! ¡Imposible!

Había sido un viaje pesado de regreso al norte, en parte porque solo se detuvieron lo necesario para que los caballos descansaran, comieran y bebieran.

Además de eso no hicieron paradas, sino que comieron sobre la montura.

Solo hicieron pausa por la noche para dormir un poco, acampando a la intemperie.

—Hay algo que me preocupa, comandante —dijo Rajma-un.

—¿Los vigías?

—Exacto.

—También lo noté.

—Deberíamos habernos encontrado por lo menos dos o tres. Pero hasta ahora, ninguno.

—Quizás estén apostados más al sureste. Hacia Umi-hazán.

Umi-hazán era el nombre de una de las cinco tribus. Cuando la Gran Guerra sucedió, Umi-hazán se alió con Rejnaji en contra de Hara’lutze, Osh-arén y Dagandi.

Tenían una relación tensa con sus vecinos del sureste, pero ellos nunca se habían atrevido a cruzar la frontera en cien años.

Pero con todos los acontecimientos de los últimos días, cualquier cosa era posible.

—Vamos, pues —dijo Horladán y, latigando las riendas y con un «¡arre!», reanudaron la marcha.

Anduvieron un cuarto de milla y, para su alivio, se encontraron con un centinela.

—Que Eluvá te proteja, guerrero —le dijo Horladán desde el caballo, acercándose.

—Y a usted, comandante —respondió, reconociéndolo.

—¿Qué noticias? ¿Dónde está el resto de los atalayas?

—El Khar dio la instrucción de fortalecer las fronteras, mi señor. Es por eso que estamos más esparcidos.

—¿Cuál es la razón?

El soldado sacudió la cabeza:

—No me fue dada razón alguna, comandante. Solamente mantener los ojos bien abiertos, y dar señal de cualquier anomalía.

—¿Ha habido alguna?

—Ninguna, mi señor. Los únicos que han pasado por aquí son viajeros que vienen o van. Nada sospechoso.

—Bien. Bien. Eso es bueno.

Continuaron la marcha, hasta llegar a la aldea.

Aunque ya era de noche, apenas terminaba la primera vigilia, por lo que el campamento seguía con vida, personas yendo de aquí para allá, y el gran mercado que se encontraba en el centro apenas empezaba a cerrar sus cortinas.

Se apearon cerca de la carpa del Khar, al este de la explanada central.

—Mi padre no está en su tienda —dijo Horladán.

Era evidente pues, de estarlo, habría dos guardias en la entrada. Tampoco le sorprendía, porque a su padre no le gustaba estar en su tienda hasta ya bien entrada la noche.

—¿Dónde estará? —se preguntó Rajma-un en voz alta.

—Hay dos lugares donde podría estar. Bebiendo aguardiente en el salón de fuego del viejo Tlayec, o en el salón del Consejo.

—Donde usted diga, comandante.

—El tiempo apremia. Ve con Tlayec, y yo al Consejo.

El mayor de los gemelos dijo que sí con la cabeza y se apresuró en esa dirección.

Horladán fue hacia el salón del Consejo, una carpa circular grande, que se asemejaba a una gran casa en algunos aspectos, con diversos salones dentro, incluyendo el más espacioso, donde deliberaba el Consejo del Fuego alrededor de una mesa.

Al entrar al salón grande, sentado a la mesa vio a Karshen-hanai, la Mano Roja; es decir, el líder de la guardia personal del Khar. Detrás de él, cuatro Manos Rojas, de pie, lanzas en mano.

Junto a Karshen estaba sentado el venerable Urkhan, el padre del Rompecuellos. Era un hombre ya anciano de cabello largo, liso y plateado, con una barba puntiaguda del mismo color. Ambos analizaban concentrados un largo mapa.

Al percibirlo acercarse, la Mano Roja y el venerable levantaron la vista.

—Khar-etua’tán —dijo Karshen—. ¡Estás de regreso!

—Estoy de regreso. ¿Dónde está mi padre? No lo veo en su tienda.

Un silencio.

—¿No está en su carpa, dices? —preguntó Karshen rascándose la barba con su mano envuelta en un guante carmesí.

—No está.

—Debe estar en algún otro lugar, khar-etua’tán.

—¿No lo sabes tú? Eres su guardia personal.

Karshen sonrió. Tendría casi sesenta años, calvo pero con una espesa barba blanca que apenas le cubría el cuello. Aunque con una barriga prominente, tenía los gruesos bíceps de un guerrero.

—Sabes cómo es tu padre. Hace lo que quiere. Quizás haya visitado a Tlayec. Pasa mucho tiempo allí últimamente.

—Iré a buscarlo.

—¿Viniste solo? —le preguntó el venerable Urkhan—. ¿Dónde está mi hijo?

No tengo tiempo para esto, pensó Horladán. Ya les daré un reporte. Si me pongo a darles pormenores, estaré aquí media hora. Y necesito hablar con mi padre urgentemente.

—Les daré un reporte en cuanto encuentre al Khar —dijo. Y entonces, notando de nuevo el mapa, les preguntó—: ¿Qué hacéis?

De nuevo, una pausa. El venerable Urkhan se quedó como congelado, mientras que Karshen miró el mapa como si apenas se percatara de tenerlo al frente, y regresó su vista a Horladán.

—Planeando el movimiento de los atalayas —dijo la Mano Roja—. Tuvimos que reforzar la frontera sureste.

—¿Planeando sin mi padre? ¿Y sin el general?

—Estuvieron aquí hace una hora —respondió la Mano Roja—. Solamente repasamos lo que acordamos.

Horladán se acercó, dando seis pasos en dirección de ellos. Notó que todos los presentes se tensaban, incluyendo los guardias.

Se le erizó la piel, y luchó contra el instinto de llevarse la mano al pomo de la espada.

Entonces vio que el mapa, que era de las Montañas Rojas, contenía piezas que representaban tropas. Algunas estaban puestas en la frontera con Umi-hazán, pero más al norte, casi en el territorio de Osh-arén. Otras de las piezas estaban al sur, justo donde estaría el valle de Hinam.

Ese mapa tenía representadas las ubicaciones de tropas enemigas.

—¿Cómo…? —dijo Horladán, entornando los ojos—. ¿Cómo es que saben esto?

—¿Dónde está mi hijo? —preguntó de nuevo el venerable Urkhan, su voz muy tensa.

—¿Cómo es que lo saben? ¿Llegaron ya los mensajeros? ¿Están las tropas preparándose para la guerra?

El venerable Urkhan miró a Karshen, la Mano Roja, y dijo:

—¿Para qué fingir más?

Karshen asintió. Dijo:

—Lo quiero vivo.

Los cuatro Manos Rojas se abalanzaron hacia él.

Horladán desenvainó y gritó:

—¡Traición!