Una soga
CUANDO OSCURECIÓ, POR instrucción del comandante, fueron llevados a una tienda para cenar. El sargento Ornel los dirigió allí. Era una tienda amplia con las cortinas delanteras plegadas hacia arriba, de manera que corría el aire y veían tanto las tiendas alrededor, como el cielo estrellado.
Se sentaron en una mesa. Poco tiempo después, un joven y una jovencita trajeron la comida: un trozo de pollo asado, algo de arroz y habichuelas, una rebanada de jamón y aguardiente.
Esa no era, por supuesto, la comida habitual de los soldados. Evidentemente los trataban de manera especial, debido a que ella era la princesa.
—Siéntate a comer con nosotros, Ornel —le dijo al uk-karai.
—De ninguna manera, princesa. Estaré aquí, justo fuera de la tienda, por si algo necesitan —contestó el sargento.
—No —dijo ella—. Siéntate aquí y come con nosotros.
—Yo…
—Es una orden, sargento.
Ornel tenía unos ojos azulísimos, una barba roja con un parche blanco en la barbilla. Era un poco más alto que ella, aunque no tanto como Rajma-dín. Llevaba el cabello en una trenza, como era usual en los guerreros.
—Yo no desobedecería a la khar-ime-tán —le dijo Rajma-dín al notar su expresión perpleja.
—De ninguna manera —respondió rápidamente y, vacilando un poco, se sentó frente a Haliná y junto a Rajma-dín.
Ella le hizo una señal al joven que servía:
—Tráele lo mismo que a nosotros.
—Al instante, mi señora —respondió el joven.
El sargento se inclinó ligeramente:
—Le agradezco, khar-ime-tán. Hace mucho que no como. Es decir, que no como algo así —dijo mirando el plato de ellos.
—Pues vas a necesitar energía para hoy en la noche —dijo ella.
—¿Hoy en la noche?
—Sí. Necesitaremos que nos ayudes con algo, sargento. ¿Está bien?
—Por supuesto, princesa. Lo que necesiten. Yo pensé que, después de su viaje, querían descansar. De hecho, su tienda está ya casi lista, y pronto…
—No estaremos durmiendo en la tienda hoy —dijo ella, masticando un pedazo de pollo.
Le trajeron el plato a Ornel. Sin poder resistirse a ello, se puso a comer de inmediato. Luego, como acordándose de la conversación, le dio un largo sorbo a su aguardiente para pasar la comida y dijo:
—¿Tiene pensado dormir en algún otro lugar, princesa? Solamente dígame dónde, para irlo preparando. Aunque como le digo, la tienda ya está prácticamente lista, y es de lo más cómodo que tenemos en todo el campamento.
—Iremos a la empalizada, sargento —dijo ella—. Tú nos puedes llevar, ¿cierto?
—Por supuesto.
—Queremos ver el campamento enemigo. ¿Se divisa desde el adarve?
—Sí, khar-ime-tán. Aunque a esta hora, no podrá ver muy bien, excepto los fuegos y las antorchas.
—No importa. Además de eso, necesitaremos que nos consigas una buena soga. Fuerte y larga. Que resista mi peso y el de Rajma-dín.
Ornel la miró como si hubiera escuchado mal. Dirigió sus ojos al gemelo, pero este seguía muy ocupado masticando con gusto el pollo asado.
—¿Una soga?
—Sí. Fuerte. ¿Puedes conseguir una?
—Sí puedo.
—Muy bien. También un par de mantos oscuros, para mí y para Rajma-dín.
—¿Me permite preguntar… para qué?
—Puedes preguntar —dijo el gemelo sin mirarlo—, pero no necesitas saberlo. No todavía. Solamente consigue la cuerda, sargento, y llévanos al muro.
—De inmediato.
Iba a ponerse de pie, pero Haliná le instó a terminar su cena. Así que el soldado comió rápidamente, hasta terminar. Entonces se levantó y, con una inclinación, se fue, diciendo que regresaría pronto.
Ella y el gemelo continuaron en silencio hasta terminar casi todo lo que tenían en el plato.
—Perdón —le dijo entonces Haliná a Rajma-dín.
—¿Por qué? ¿Por no decirme el plan?
—No hubo tiempo. Pero me imagino que sabes lo que tengo en mente.
Rajma-dín tomó el pedazo de jamón y se lo echó completo a la boca:
—Por supuesto que lo sé, princesa. No se tiene que ser adivino. Solo hay una cosa que quiero dejar muy en claro.
—¿Qué?
—Que no te irás sin mí.
—No me atrevería, Rajma-dín.
—Bien. —Le dio un largo trago a su tarro, y lo regresó a la mesa, con fuerza—. Ahhh . Ya necesitaba una buena bebida.
—También yo. ¿Quieres más? Podemos pedir más…
—Quiero más, sí. Pero probablemente no sea sabio. Sobre todo con lo que creo que haremos.
—Sí, tienes razón.
—¿Y el plan es regresar hoy mismo?
—Todavía no estoy segura.
El gemelo levantó una ceja:
—Así que estamos desarrollando el plan al momento.
—Exactamente.
—Bien. Entonces sí pediré otro tarro. Algo me dice que lo voy a necesitar.
—————
Subieron por una de las torres. Puesto que era una empalizada de madera, la torre era angosta. Subieron por medio de una escalera vertical.
Haliná le había apuntado al sargento Ornel una de las torres de extrema izquierda, que parecía un poco más abandonada.
El sargento le respondió que tardarían más en llegar, que esa torre en específico estaba menos resguardada, y que desde ese ángulo no se podría ver bien el campamento enemigo.
Ella le respondió que eso era precisamente lo que buscaba.
No quería causar algún tipo de conmoción entre los vigías, sino más bien pasar desapercibidos.
Así que a esa fueron y subieron al adarve.
Corría un aire frío que, aunque no estaban muy alto, golpeaba fuerte en el rostro.
La noche era clara y la luna iluminaba el firmamento. Esa luz, y la de las fogatas y antorchas, les dio una idea de la dimensión del campamento enemigo.
Al igual que el que vieron en las regiones del sur, el campamento no mostraba mucha organización. Pero eso sí, era grande. Con fogatas por aquí y por allá, y algunas lámparas o antorchas de centinelas moviéndose tanto en la periferia como entre el campamento.
—Tres mil, fácil —dijo Rajma-dín.
—¿Qué pasará si atacan, sargento? —dijo Haliná.
—Resistiremos, por un tiempo. Tenemos catapultas listas, y suficientes flechas como para un combate prolongado.
—¿Qué tan prolongado?
—No estoy seguro, princesa. Pero vendrán los refuerzos.
—¿Tienen información sobre cuándo atacarán?
El sargento sacudió la cabeza:
—Nada, princesa. No tenemos espías del otro lado. Pero no han tomado posición de combate. Eso es bueno.
—¿Tienen ellos asedio?
—Ninguna máquina que hayamos visto. Ni catapultas ni arietes.
—Los traerán —afirmó Rajma-dín.
—Bueno, sargento. Vosotros necesitáis un poco de información, así que os la daremos. Ata la cuerda. Rajma-dín y yo descenderemos la muralla. Tú nos esperarás aquí. Antes de que raye el alba, estaremos de regreso para que nos ayudes a subir de nuevo.
Ornel abrió la boca, horrorizado:
—¡Por los espíritus eternos, princesa! No puedo permitirlo.
Ella lo miró fijamente:
—¿Estás seguro, sargento?
Él se quedó mudo.
—No te preocupes —continuó ella—. Nada nos pasará. Y si algo nos sucede, solamente diles que fue una instrucción mía, y que no te permití rehusarte.
—Si algo le pasa, princesa, me sentiré responsable.
—Tu responsabilidad no es mantenernos con vida, sino estar aquí cuando regresemos.
—¿Y si no… si no regresan?
—Esperarás hasta el mediodía de mañana. Si al mediodía no estamos aquí, entonces irás con el comandante y le dirás lo sucedido.
—Me preguntará por qué razón cruzaron hacia el enemigo.
—Solamente dile que fuimos a obtener información. ¿Entendido?
—Entendido, khar-ime-tán.
—Bien. Entonces, vamos.