Un campamento
GRACIAS A LOS fuertes caballos que el jefe Jarum les dio, les tomó tres días llegar al valle de Hinam.
Haliná y Rajma-dín salieron antes de que amaneciera, al mismo tiempo que su hermano y Rajma-un, pero ellos rumbo al norte, al Gran Círculo.
Se desearon la buena voluntad de Eluvá, y partieron, cada quien a su destino.
En la mañana del segundo día pasaron frente al monte Voldun, y continuaron en dirección oeste, con la cordillera Blanca a su izquierda, majestuosa, de picos altos y nevados.
Arribaron al valle de Hinam cuando el sol descendía, brindándoles una hora más de luz.
—Vaya —dijo Haliná al ver la muralla—. No pensé que fuera tan grande.
—Lo es —dijo el menor de los gemelos—. Esta es la tercera vez que la veo, y siempre me sorprende.
La muralla de madera estaba construida en un valle entre las laderas grises de la cordillera.
Era una empalizada de troncos anchos y endurecidos por el tiempo.
Se extendía por una milla, aproximadamente, con torres de vigilancia que sobresalían a intervalos regulares.
En la parte superior de la muralla corría un adarve angosto pero efectivo.
—Se construyó justo después de la Guerra de los Clanes —dijo Rajma-dín.
—Hace cien años.
—Aproximadamente, sí.
—¿Desde entonces siempre ha sido resguardada, cierto?
—Sí.
Divisaban el campamento hara’lutze, de este lado del muro, y para sorpresa de ella, un buen número de catapultas, cuyos proyectiles estaban siendo preparados por guerreros, apilándolos junto a las estructuras de madera.
—El campamento está activo —dijo Haliná.
—No dudo que los vigías hayan dado ya el reporte de un ejército que se aproxima.
—Si no es que ya ha llegado.
—No me sorprendería.
—¿Qué hay del otro lado?
—Una zanja, y estacas de defensa. Aunque no estoy seguro en qué condición esté la zanja, considerando que no se ha usado por años.
Estaban todavía a la distancia cuando del campamento salieron cinco soldados que cabalgaron hacia ellos.
Uno llevaba en el brazo una banda marrón con un símbolo que lo identificaba como uk-karais, rango que correspondería a un sargento.
—Identificaos.
—Soy Haliná aj’Halidán. —Hizo una pausa, y al ver el semblante de sorpresa en el soldado, agregó—: Khar-ime-tán del pueblo. Él es Rajma-dín hijo del venerable Karhum, del Gran Círculo.
—Por el Gran Creador —dijo el sargento desmontando—. Khar-ime-tán, oímos sobre su regreso a las montañas. Pero… ¿qué hace aquí? ¿Y por qué está sola?
—No está sola —dijo rápidamente Rajma-dín.
—Mi intención no fue faltarle el respeto, Rajma-dín hijo de Karhum —dijo el soldado—. Simplemente… ¡es la hija del Khar!
—¿Cuál es tu nombre, sargento? —le preguntó Haliná.
—Soy Ornel hijo de Orun.
—Veo mucho movimiento en el campamento —dijo Haliná—. ¿Qué sucede?
—¡Guerra, khar-ime-tán! —Sacudió la cabeza—.
Parece imposible, pero es verdad. Hace tres días nuestros espías nos avisaron sobre un ejército que se acercaba.
Luego recibimos un cuervo con un mensaje advirtiéndonos de un ejército que se aproximaba.
Y sí, ayer por la mañana llegó, y está al otro lado, habiendo puesto ya su campamento.
—¿Me llevarás con el ek-karai? —preguntó Haliná, refiriéndose al comandante de la compañía.
—Por supuesto.
El sargento dio la instrucción para que dos guerreros se bajaran de sus monturas, y momentos después, Haliná, Rajma-dín y el sargento cabalgaban hacia el campamento.
Los llevó directamente a la tienda del comandante, la cual se encontraba en el centro, la más grande de todas.
El ek-karai era un hombre de mediana estatura, robusto, con la nariz torcida por algún golpe. Llevaba el cabello corto y salpicado de blanco encima de las orejas.
Les pidió que se sentaran a la mesa redonda, junto con tres capitanes.
—Bienvenida al campamento, princesa —dijo el ek-karai, llamado Fargal.
—Gracias por recibirme, comandante.
—Es un privilegio y, debo agregar, una sorpresa tenerla entre nosotros, princesa.
—Es una historia larga. ¿De cuánto es el ejército enemigo?
—Estimamos que deben ser casi tres mil.
—Vaya —dijo ella—. Más de los que pensamos.
Miró al gemelo, quien asentía en confirmación.
El comandante entornó los ojos:
—¿Quiere decir que… ya sabíais?
—Sabíamos que un ejército enemigo venía en esta dirección. Cruzamos la Garganta del Viento, y nos encontramos con ellos del otro lado de la cordillera Blanca.
Al ver la expresión de sorpresa del comandante, Haliná dijo:
—Probablemente deba explicar un poco lo sucedido.
—Por favor, princesa, si es tan amable —dijo Fargal.
Resumió el viaje. No le sorprendieron las caras de los presentes, en especial cuando mencionó la masacre de Thalé, y aún más cuando habló sobre los loboides. También les dijo que su hermano Horladán iba de camino al norte para reclutar todos los guerreros posibles.
—Por los espíritus eternos —dijo Fargal, los ojos saltones, y las mejillas rojas—. No me esperaba esto. ¿Monstruos que hablan? ¡Por el Gran Creador! ¿Y dices que capturaron a un príncipe?
—Sí. Oshrek.
—¿El Rompecuellos?
—El mismo, comandante.
Fargal lanzó un juramento, y agregó:
—Que el Gran Creador lo proteja. Por lo que estoy oyendo, esos monstruos sin alma son inmisericordes.
—¿No dijeron los vigías algo al respecto? —preguntó Rajma-dín.
El comandante miró a su capitán primero, el cual negó con la cabeza y dijo:
—No lo mencionaron. Pero tampoco se acercaron mucho al enemigo.
—El ejército que nosotros vimos era de unos mil guerreros. Pero el que ha acampado es de tres mil —dijo Haliná.
—Así es —confirmó el comandante.
—Significa que están uniendo compañías para hacer un ejército más grande —dijo Rajma-dín.
—La pregunta es si vienen más —dijo Haliná.
—Probablemente sí —comentó el comandante—. Me sorprendería mucho que Rejnaji se atreva a atacarnos con solo tres mil soldados.
—Ojalá no sean muchos más —dijo Rajma-dín.
—¿Cuántos hay aquí, comandante?
—Somos quinientos —respondió.
Por los espíritus eternos , pensó Haliná. Si no llegan refuerzos pronto, incluso con la empalizada, será difícil aguantar.
—Ya hemos solicitado refuerzos, princesa —continuó Fargal—. Estoy seguro de que en los próximos días tendremos cientos de espadas extra.
—Necesitaremos miles —dijo ella.
—Vendrán —dijo Rajma-dín—. No hay un solo hara’lutze que sepa usar la lanza que no esté dispuesto a usarla contra un rejnaji.
—Por ahora, nos estamos alistando para la embestida —dijo el comandante—. Los arqueros están listos. Las catapultas lo estarán pronto. Cuando se acerquen, dejaremos llover sobre ellos toda la furia de nuestro poder.
Pero , se preguntó ella, ¿será suficiente?