Sombra vengadora (Mercenaria 7) Un recuerdo
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Un recuerdo

NO ENCONTRÓ A Rajma-dín en su tienda, pero Rajma-un le dijo que su hermano había salido a caminar.

Se decidió a hallarlo, y en realidad no fue tan difícil.

Lo encontró sentado sobre una roca frente a una fogata, con un odre de vino en la mano.

A su alrededor, algunos guerreros que no estaban de turno, quienes también bebían y comían.

El menor de los gemelos, sin embargo, se había sentado no tan cerca de ellos, y contemplaba el fuego en silencio.

—Hola, khar-ime-tán —le dijo al verla acercarse.

Apenas se le notaba un ligero arrastre en la voz, por la bebida. Ella conocía bien al gemelo. Era buen bebedor. Lo había visto ingerir tarro tras tarro de aguardiente sin que pareciera afectarle en lo más mínimo. Rajma-dín miró a su alrededor, buscando un lugar donde pudiera sentarse.

—Allí hay un banquillo —dijo apuntando uno que no estaba ocupado.

—Me sentaré aquí.

—¿En el suelo?

—Sí —dijo haciéndolo—. No es como que haya recién lavado mi túnica.

Él asintió:

—Si les pides un poco de vino, te darán con gusto. No es muy bueno, pero mejor que nada.

—No soy de paladar refinado.

—Tampoco yo.

—Pero estoy bien. Ya bebí lo suficiente.

—¿Se puede beber lo suficiente? No lo sabía.

Ella se rio. Él permaneció impasible. Los dos gemelos eran hombres serios, pero su hermano mayor mucho más. Rajma-dín era dado a sonreír con más facilidad, y tenía un llano sentido del humor.

—¿Todo bien? —preguntó ella.

—Todo bien, princesa. Cansado.

—Pensé que te encontraría en tu tienda, listo para dormir.

Él se encogió de hombros:

—Me vine un rato a pensar. Luego al catre.

—¿A pensar?

—Sé que es mi hermano el que piensa, y yo el que habla. Pero cuando has estado cerca de la muerte varias veces en poco tiempo, te da que pensar, ¿no crees, khar-ime-tán?

—Definitivamente.

—Cuando era niño soñaba con algún día estar en la guerra.

La Guerra de los Clanes era una cosa del pasado, de la leyenda.

Pero a mí la paz me parecía… aburrida. Mi padre decía que la guerra era horrorosa, y que la paz había costado mucha sangre, la sangre de nuestros antepasados, derramada por todas las montañas.

En cambio a mí me emocionaba pensar en el combate, y me frustraba tener que prepararme para una guerra que nunca llegaría.

—Y de repente llegó.

—De repente llegó —repitió Rajma-dín, sus ojos reflejando el crepitante fuego—.

Y resulta que mi padre tenía razón. Apenas hemos visto los inicios de ella, y ya es horrorosa.

No me quito de la cabeza a esos niños de la aldea…

empalados. Ni siquiera tuvimos tiempo para sepultarlos.

Y a los prisioneros, no fuimos capaces de rescatarlos. Quién sabe qué harán con ellos.

—Los vengaremos. A todos y cada uno de ellos.

Hubo un silencio. Rajma-dín había olvidado su odre. Miraba el fuego con la intensidad de un hechicero ante un orbe mágico.

—He estado enojado muchas veces en mi vida, princesa —levantó la vista, y la miró—, pero la furia que siento en mi interior, la ira —crujió los dientes—, es algo que no había experimentado antes. Así me haga Eluvá y aún me añada, si no estoy dispuesto a dar mi vida por vengar a mis hermanos.

—Lo haremos, Rajma-dín. Lo juro por los espíritus eternos.

El menor de los gemelos afirmó con la cabeza. Regresó su vista al fuego, y le dio un largo sorbo al vino.

—Es por eso —añadió— que iré contigo, khar-ime-tán.

Haliná arqueó las cejas y sonrió:

—¿Irás conmigo? ¿Adónde?

—Adonde sea que viniste a pedirme que vayamos.

—¿Y cómo es que lo sabes?

—¿Por qué otra razón me habrías buscado esta noche, si no fuera por eso? De lo contrario estarías ya en tu segundo o tercer sueño.

—Hablas como si me conocieras de toda la vida, Rajma-dín.

—Así también me parece a mí —dijo, una leve sonrisa apareciendo por primera vez en su rostro. Se puso serio de nuevo y agregó—: Iremos por Oshrek, ¿no?

—Por los espíritus. Sí que me conoces. Voy a pensar que eres adivino.

—¿Ya le informaste al comandante?

—Horladán sabe… en parte.

—¿Qué le dijiste?

—Que iríamos al valle de Hinam, para tener ojos sobre el ejército enemigo. Para darles información certera cuando venga él con mi padre y los ejércitos de nuestro pueblo. Y en parte, eso haremos. Solo que… más de cerca de lo que le dije a mi hermano.

—Muy bien. Entonces vamos.

—Si podemos, lo rescatamos.

—Está bien.

Ahora fue ella la que se quedó pensativa por un momento. Le pedía al menor de los gemelos que arriesgara de nuevo su vida. ¿Y por qué? Por rescatar al hijo de un venerable del que se sentía responsable.

Y Rajma-dín ni siquiera lo cuestionó. Simplemente le había dicho que sí.

—Me siento intranquila con haberlo dejado —dijo ella.

—No tienes que explicarme, princesa. Tú eres la khar-ime-tán.

—Pero estoy pidiendo que arriesgues tu vida.

—Eso hacemos los guerreros. No estás pidiéndome nada que vaya más allá de mi deber como hara’lutze, y de mi deber hacia ti, princesa guerrera. Además, entiendo la razón.

—¿A qué te refieres? —preguntó, entornando los ojos.

—La razón por la que quieres regresar por él.

—¿Porque es el hijo de un venerable de nuestro pueblo?

Ser hijo de un venerable del clan era un gran privilegio en el pueblo.

Los gemelos eran también hijos de uno de los diez miembros del Consejo del Fuego, excepto que su padre, Kharum, era ya un hombre entrado en años que pasaba la mayor parte de su tiempo en su tienda.

Tenía un par de años que ya no asistía al Consejo debido a su salud.

Rajma-dín la miró de soslayo:

—Esa no es la razón, khar-ime-tán. Es una razón. Pero no es la razón.

—¿Y cuál es la razón, si se puede saber? —le dijo, curiosa.

—El corazón nos pide hacer cosas raras. Cosas que no necesariamente tienen sentido. Pero no podemos evitarlo. Porque así somos. Así nos ha creado Eluvá.

—Sigo sin entender…

Se pasó los dedos por su barba roja. Sin mirarla, el menor de los gemelos continuó:

—¿Recuerdas aquella vez que lanzaste a Oshrek al lodo?

—Sí. Cómo olvidarlo, con las veces que me lo recuerdan.

—Rajma-un no vio todo. Solo vio cuando lo empujaste. Pero yo sí. Yo vi por qué lo empujaste.

Haliná sintió que toda la cara se le ponía roja, y la piel se le erizaba.

—Mientes.

—He guardado tu secreto todos estos años, princesa. Dime —la miró—: ¿te mentiría?

Ella no supo qué responder.

—Yo… —balbuceó—, yo no…

—Yo también alguna vez sentí algo por ti. Fue corto y fugaz.

Lo recuerdo , pensó ella. Allí había estado, esa memoria, escondida en algún rincón de su mente. Pero repentinamente el recuerdo floreció. Sé que fue corto y fugaz, pero fuerte. Éramos unos críos. No sabíamos todavía distinguir entre el amor y la amistad.

Sabía que ese sentimiento no estaba vigente. Rajma-dín, desde su regreso, nunca la había mirado ni con un susurro de deseo. Él y Rajma-un la trataban, realmente, como una hermana menor.

—Lo recuerdo —susurró Haliná.

—Y te puedo decir, princesa, que si fueras tú la cautiva, si esos malditos engendros de las profundidades del infierno te tuvieran en sus garras, haría todo, cualquier cosa, por rescatarte.

Ella se quedó sin habla.

—Así que vayamos y rescatemos a Oshrek. Iré contigo. Y si me cuesta la vida, que así sea.